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UN MANANTIAL DE MIL MALES

La libertad de imprenta, como se ha visto en otros documentos, fue uno de los temas donde se expresó con mayor nitidez la tensión insoluble entre liberalismo y poder. Así como no caben dudas de su reconocimiento como ideal irrenunciable, también son nítidos los esfuerzos por subordinarla de forma legítima a los principios del orden. Se dibuja así la escena del gran conflicto para los temas de la libertad en este período: fijar los límites de la acción del poder frente a derechos que por su novedad deben ser protegidos, pero también estimulados favoreciendo su pleno ejercicio. Este artículo en tres partes, publicado en El Araucano a mediados de la década de 1830, sintetiza la posición gubernamental sobre la materia, y en él se advierte la tensión ya descrita. De la contemplación elogiosa y su representación como instrumento de emancipación universal, el redactor transita a la ingrata tarea de advertir sus riesgos, especificando la forma en que el ejercicio irresponsable de esta libertad configura un tipo especial de delito que no se puede prevenir o reparar por el simple efecto de la ley. Se escucha aquí la voz de una autoridad que acude a esas formas superiores de convivencia que se deben invocar cuando se construye un nuevo orden sobre cenizas aún ardientes.


De la libertad de imprenta y de sus abusos

El Araucano, Santiago, 27 de noviembre y 11 y 18 de diciembre de 1835, Núms. 273, 275 y 276

Artículo 1°, 27 de noviembre de 1835

Fortuna muy grande y muy rara es

la de un pueblo que puede pensar lo que quiere,

y manifestar lo que piensa con toda libertad.

Tácito

La libertad de imprenta es la garantía más importante de los derechos políticos. Se pudiera muy bien llamar la garantía de las garantías. No es posible concebir libertad política, donde falta el derecho de publicar sus opiniones, para defenderla y sostenerla. La libertad es un sagrario, a cuyo rededor velan incesantemente todos los ciudadanos, para dar el grito de alarma al menor amago de peligro. La seguridad de una fortaleza, por grandes que sean sus medios de defensa, depende de las alertas de sus guardias avanzadas. Si no hay quién señale los pasos del enemigo, la sorpresa es inevitable.

El derecho de publicar sus pensamientos es inherente a todo hombre libre. Entre los antiguos, se ejercía en las plazas públicas por medio del lenguaje: en las sociedades modernas, los ciudadanos hacen uso de todos los recursos que suministra la imprenta, para manifestar al pueblo las ideas que creen útiles a su patria. Por este último medio, una nación entera puede recorrer en pocos días el discurso de un orador, que no sería fácil a un solo hombre recitar en muchos años a todos los individuos esparcidos por los varios puntos de un Estado.

Las ventajas de la imprenta libre son todas las que el hombre debe a la dádiva más preciosa del ingenio y del arte, a la invención más fecunda en todo género de bienes, a la imprenta misma, en una palabra, que parece haber sido tan esencial a la perfección del género humano. Cesando la libertad de expresar sus pensamientos, aquellas ventajas, cesan también, y se mudan en males e inconvenientes de la mayor gravedad. Los malvados abusan de todo. Los medios más eficaces de pública felicidad se vuelven en sus manos instrumentos de opresión y tiranía. Es preciso que los buenos puedan ejercer sus facultades con la mayor libertad, para poder entablar una lucha con los enemigos del bien público, que sea capaz de confundir sus planes, y estorbarles en sus empresas. El resultado de esta lucha ha sido siempre el triunfo de la verdad, y las mejoras de la sociedad.

Los tiranos de los siglos pasados, presintiendo las ventajas que debían emanar de la libertad de imprenta, le juraron siempre el odio más implacable, y la combatieron con todos los medios que tuvieron a su alcance.15 Por el lado opuesto, los filósofos y los verdaderos filántropos no cesaron nunca de favorecerla, y defenderla de los ataques que le han sido dirigidos por los enemigos de la libertad. Mas, en fin, el género humano ha caminado; y de un extremo del mundo al otro no se oye más que una voz: La libertad de imprenta es el mayor de los bienes políticos, y pertenece a todos los pueblos.

Es verdad que hay todavía regiones donde este bien no existe. Entre los pueblos que las habitan es un delito hablar de libertad de imprenta. Sin embargo, en estos mismos parajes tan desgraciados ella vive en el deseo de los infinitos liberales, que aguardan en el silencio una ocasión favorable para dar vida a la patria. No está lejos, no, el momento dichoso en que los habitantes de la España, del Austria, de la Italia y otras naciones de Europa todavía esclavas, recibirán de las manos de la libertad el derecho de pensar como hombres, y expresarse como ciudadanos.

La libertad de imprenta no solo consiste en la libre comunicación de los pensamientos entre los miembros de un cuerpo político por medio de obras impresas, sino que no puede en modo alguno concebirse completa sin la libre circulación de las producciones literarias y científicas entre los varios pueblos de la Tierra, que todos tienen el mismo derecho a gozar de los frutos de la general civilización del género humano, y están igualmente interesados en promover la libertad y los progresos sociales de cada uno.

Para probar la alta importancia que deben dar los pueblos a este derecho de libre y general comunicación de ideas, basta indicar los obstáculos que le han puesto siempre los gobiernos absolutos. En Austria no puede penetrar nada de lo que se imprime en los países extranjeros, sin atravesar una línea interminable de censores, que declaran contrabando todo lo que se halla escrito en un sentido algo liberal. En Prusia se teme más aquella libre circulación de ideas entre pueblo y pueblo, que la misma libertad de imprenta ejercitada en su interior; y los periódicos y las obras que son la expresión de la opinión pública de los demás pueblos, no tienen tampoco permiso de atravesar aquel reino. Lo mismo puede decirse de muchos estados de Italia, y particularmente del reino de Nápoles. Un elector de Hesse-Cassel, imaginó una comisión de censores, encargados de examinar las obras publicadas entre los pueblos más libres, para rechazar de las fronteras de sus estados todos los escritos, cuyos autores hubiesen tenido el atrevimiento de examinar los actos del gobierno. Napoleón, en fin, que ha sido el mayor de los hombres y de los déspotas al mismo tiempo, estableció una censura más rigurosa todavía para las obras extranjeras que para las que se publicaban en Francia; y fue inventor de un sistema de decepción periodística, adoptado en seguida, aunque con muy poco suceso, por los demás déspotas de Europa, que tuvo por objeto favorecer las miras de un gobierno arbitrario y ocultar a un pueblo oprimido todo lo que pensaban o producían los demás pueblos capaz de despertarlo. La tiranía de aquel genio extraordinario que llena él solo la mitad de su siglo, cayó con los odios y antipatías nacionales, las que procuró siempre alimentar y fomentar con perjuicio de todos los pueblos. A medida que los ingleses, los franceses, los alemanes, los italianos y demás habitantes de la Europa han ido conociendo siempre más, que uno solo es el interés político, uno solo el interés industrial de todos los pueblos de la Tierra, el estandarte de la libertad se ha desplegado en nuevos puntos de aquel dichoso continente, y ha extendido su benéfico influjo sobre nuevas regiones de las demás partes del mundo. Aquel inmenso e incalculable beneficio, que importará con el tiempo la perfección del género humano, se debe a la libre circulación de las ideas de los pueblos.

En las repúblicas constituidas bajo el sistema representativo, la libertad de imprenta es de una necesidad tan absoluta, que destruirla sería lo mismo que abolir aquel sistema. No habiendo libertad de imprenta, las asambleas legislativas no son más que consejos privados a los que la opinión pública no puede imprimir movimiento alguno; y no ejercen otro influjo que el que el Ministerio quiere darles. El solo temor de ver publicado un proyecto contrario al bien público; la certeza de que una opinión anti-liberal será el asunto de las críticas y de los ataques de los escritores liberales, es un freno que a veces basta solo para contener en sus avances contra la libertad a los más atrevidos oradores, y hacer abortar los planes más diestros e ingeniosos de los enemigos secretos de la prosperidad y del honor nacional. La libertad de imprenta en el cuerpo de los diputados de la nación es el dios tutelar de la patria, el terror de los malos, la seguridad y la garantía de los buenos, el alma de todos sus trabajos. Sin ella el país que en apariencia es el más libre y el que goza de la mejor constitución, no es más que el juguete de un congreso o la propiedad de un déspota. La nación que no puede asistir a las sesiones de sus representantes por medio de la libertad de imprenta, es una nación esclava.

Con relación a los gobiernos de los pueblos libres, la libertad de imprenta es su mejor garantía y su brújula más segura. Diremos más: sin ella, no pueden llenar el grande objeto, que les es confiado, de la ejecución de las leyes. ¿Qué confianza podrá merecer un gobierno donde no hay libertad de censurar sus actos? ¿Qué influjo podrá tener en la opinión pública, si no es permitido pedirle cuenta de su administración, y asistir al examen de esta cuenta? Solo la libertad de imprenta puede mantener viva la amistad necesaria entre el gobierno y la nación. Solo por ella el gobierno puede conocer las variaciones del espíritu público, las necesidades verdaderas del país y el modo de satisfacerlas. En fin los gobiernos descubren por ella las intenciones perversas de los enemigos del orden público y evitan a tiempo los escollos que se les presentan en una administración borrascosa. Un estado en que se goza de la libertad de imprenta puede compararse a un navío guiado por pilotos hábiles que no se dejan nunca sorprender por la tempestad. Si no hay libertad de imprenta, el naufragio es seguro.

Mas, ¿de qué no abusan los hombres? ¿Qué males no se han causado al género humano bajo el pretexto de la religión y de la libertad? Y sin embargo, ¿qué bienes más preciosos habíamos podido recibir de la Providencia? La libertad de imprenta ha sido también un manantial de mil males. Hasta el día de hoy los legisladores más sabios se han ocupado en preverlos y remediarlos. Después de haber aclarado su índole y las diferencias que presentan en los varios gobiernos, expondremos en otro artículo los recursos que ha creado la ley para aquel objeto, entre las naciones más antiguas en el goce de los derechos políticos: y nos proponemos demostrar que mucho menos tenemos que temer en Chile de los abusos de la libertad de imprenta, de lo que tienen fundamento para temerlos los reguladores de los destinos de los principales pueblos de Europa. Tendremos en el conocimiento de esta verdad una razón más para felicitarnos de nuestro estado.

Artículo 2°, 11 de diciembre de 1835

La ley asegura a cada ciudadano el goce del ejercicio de todas sus facultades físicas y morales. Para lograr este fin, era preciso prohibir que el interés o el capricho de uno estorbase el libre uso de las facultades de los otros. El de la libertad de imprenta no difiere en cosa alguna del de las demás libertades individuales o políticas de un solo miembro de la sociedad o del conjunto de todos. Muévase enhorabuena, hable, escriba, imprima quien quiera; pero que los movimientos, los discursos, los escritos, los impresos de un ciudadano no sean causa de que se altere la tranquilidad, o se disminuya el número de los bienes que hacen felices a otros ciudadanos como él, que tienen por esto mismo un derecho incontestable al libre uso de todos los medios de felicidad que están a sus alcances. He aquí toda la teoría de los delitos y de las penas. La libertad es incompatible con el delito. Cada delito es un golpe que se le dirige. Acabaría con ser la víctima de estos golpes, si el escudo de la ley no le sirviese de defensa.

Cada hombre en sociedad es responsable ante la ley de las resultas de sus acciones. El hombre que ataca la vida, la propiedad o la reputación de otro hombre, a más de perjudicar a un solo individuo, hiere a todo el cuerpo de ciudadanos, lo perjudica promoviendo el desorden, lo corrompe con el ejemplo del mal que es siempre contagioso, y es causa de infinitos daños, mientras en apariencia no ha sido autor más que de uno solo. Si al hecho contrario a la ley se añade evidentemente la intención de infringirla, el grado de la culpa será mayor, el delito es una declaración de guerra a todo el género humano, el delincuente debe ser considerado como un verdadero enemigo de la sociedad a que pertenece.

Hemos demostrado en el artículo anterior las ventajas y los bienes de cada clase que emanan de la libertad de imprenta. ¡Ojalá los daños que suelen producir sus abusos no fuesen a veces [ilegible] y tan sin remedio que no se tuviese razón suficiente para quejarse de la necesidad de admitirla!

La ley no puede conceder más que la libertad de hacer el bien. Cada uno puede publicar sus pensamientos por la prensa, sea porque son útiles a sí mismo sin dañar a los otros, sea porque son útiles a toda la sociedad. A más de esto, cada uno puede elevar su voz contra el enemigo declarado y activo de la religión, contra el que atente al orden político, contra el magistrado injusto, contra el calumniador y contra todo ciudadano perjudicial a la república. Mas el desaforado que se ha hecho reo de estos delitos abusando de la libertad de imprenta, y ha puesto a los buenos y hábiles escritores en la necesidad de hacer servir la misma libertad, sea para rechazar los ataques dirigidos al culto y al orden social, sea para reparar el menoscabo que ha padecido por ella la fortuna o el honor de los particulares, ¿será menos delincuente que el profano que osase quebrar a los ojos del público los vasos destinados al sacrificio de la hostia sagrada, o el demagogo que convocase al populacho para excitarlo a un motín, o el que incendiase el campo ajeno, o el que ofendiese de algún modo la persona de un hombre tranquilo e inocente? Los delitos no mudan de naturaleza por mudar de medios de ejecución. El arte de graduarlos y distinguirlos consiste solo en avaluar el daño causado por ellos y descubrir el grado de perversidad que les ha dado origen. La aplicación de las penas debidas a los delitos de este género debe seguir la misma escala que la de los demás delitos y de las demás penas que sirven para repararlos y castigarlos. Si fuese posible dar la muerte con un folleto como se da con una espada, hubiera un caso en que la pena capital no sería desproporcionado a un delito de imprenta.

Para proceder con orden en la clasificación de los abusos de la libertad de imprenta y en el examen de los medios de repararlos, seguiremos la enumeración que hace de ellos la ley. Las notas que según ella los hacen dignos de pena, son la blasfemia, la inmoralidad, la sedición y la injuria. Veamos, pues, cuál es el daño que puede resultar a la sociedad de cada uno de estos abusos, y cuáles son los medios más aparentes para repararlos.

Hubo un tiempo en que fueron grandes los temores que inspiraban los ataques a la religión. Mas la experiencia ha demostrado que aunque se haya visto por ellos alterarse en algo o destruirse la creencia de uno u otro ciudadano, las masas poco o nada se han resentido de su acción. A pesar de los esfuerzos de los Bayles, Espinosas, Mirabeaus, Dupuis y muchos otros, la religión, circuida y batida por tantos y tan valientes enemigos, ha quedado como un escollo en medio del océano, que la furia de las olas no ha podido dislocar. El tiempo que todo lo destruye, ¿destruirá también en el corazón del hombre la necesidad de los sentimientos y de las esperanzas, que debemos a la más pura y consoladora de todas las religiones? Nos parece que no; y así somos de parecer que los ataques a la religión deberían despreciarse del todo como incapaces de lograr el fin que se proponen con ellos hombres demasiado ilusos; tanto más, que el espíritu por decirlo así positivo e industrial que ocupa casi enteramente las sociedades modernas, hace mirar con una especie de indiferencia y de desprecio muy saludable, tratándose de combates de opinión, las querellas ociosas de los filósofos acerca de cosas que no están al alcance de nuestros sentidos. Sin embargo, el disgusto que provocan el desacato y la audacia de los que la ofenden en público, sin miramiento alguno al respeto que le prestan en compañía de los más de los hombres los mejores y los más prudentes de entre ellos, merece algún castigo.

Con relación a la inmoralidad, mucho es el daño que pueden causar a las costumbres los que intentan favorecerla por medio de impresos. En todos los países del mundo las leyes han tomado a este respecto medidas muy severas. Dígase por honor de la civilización actual, no hay especie de abusos de imprenta que tenga menos partidarios. El ateo, el demagogo más atrevido no deja de tener un interés en que no se corrompa el corazón de sus mujeres e hijas. El mismo libertino, si no ha perdido toda la sensibilidad, quisiera ser el solo de su género. Un clamor que no pueda ser ni más fuerte ni más general, condena y persigue los abusos de imprenta dirigidos a la corrupción de las costumbres. Por esto mismo no deben temerse mucho sus efectos. En cuanto a la aplicación de la pena que la ley les inflige, no presenta dificultad alguna, por ser evidente el grado de perversidad que los ha promovido, y no tener pretexto alguno de error o de opinión sobre que apoyarse.

No sucede lo mismo de los impresos que la ley caracteriza de sediciosos. Entre los abusos de la libertad de imprenta, este es el más peligroso, y por consiguiente el que debe ocupar más a los legisladores de las sociedades modernas, en las que el orden es la primera necesidad de los pueblos, y las revoluciones violentas y subversivas los males que más deben temer. La sed del poder timando por pretexto el más noble sentimiento, e invocando uno de los nombres más sagrados en el corazón del hombre intenta reproducir hoy a cada rato los estragos que en tiempo de ignorancia fueron la consecuencia horrorosa de una religión de humanidad y de paz. La ambición y la sedicia han manchado a nombre de la libertad con la sangre de millones de víctimas los altares del patriotismo. La libertad de imprenta ha sido uno de sus principales instrumentos.

Sin embargo, alguna vez estos excesos han podido en cierto modo ser justificados por la opinión que los ha provocado, y por el objeto que se ha tenido en mira. Las luces se han acumulado y las costumbres se han mudado entre algunos pueblos con una asombrosa rapidez, antes que el tiempo mudase gradualmente su sistema social. Este fue el caso de la Francia en fin de siglo pasado. Fue casi inevitable mudar repentinamente su constitución política por la fuerza irresistible de sus mismas luces y de sus mismas costumbres. A un ejemplo tan terrible no han faltado imitadores. ¡Cuán pocos han podido justificarse como la Francia!

Asentando que en el caso de que acabamos de hablar el uso de la imprenta para excitar al pueblo a subvertir de un modo violento el orden político ha podido en cierto modo ser justificado, no ha sido nuestra intención aprobarlo. ¿Quién quisiera haber contribuido a los efectos espantosos de la Revolución Francesa? Estamos ciertos que si los escritores que la provocaron hubiesen podido prever todas sus consecuencias, hubieran temblado a la sola idea de conseguirla. Mas la antorcha de una reciente y terrible experiencia no había aclarado todavía a los hombres de las modernas repúblicas. ¿Qué verdadero patriota, instruido después con los hechos, no ha preferido siempre la obra del tiempo de la reflexión y de la ley a los horrores inevitables de un ciego y ruinoso entusiasmo?

Pero en nuestros mismos tiempos tenemos el sentimiento de observar, aun en el seno de los pueblos que se hallan incontestablemente más adelantados en la carrera de la civilización y de la libertad, como la Francia, un impulso hacia las revoluciones al que no dejan de contribuir escritores de sumo mérito. Este hecho nos parece muy fácil de explicar. Los principios de la política de los pueblos no han sido todavía adoptados en Francia en toda su extensión. Su gobierno que encierra aun grandes concesiones al antiguo orden de cosas, y al influjo extranjero, se halla en oposición con los principios de la verdadera libertad. A más de esto parece que la particular civilización de la Francia le sirva de garantía contra las resultas funestas de las revoluciones. Su gobierno cumple sin duda un deber sagrado en alejarlas; mas los escritores y el pueblo que los aplaude y secunda, pueden tener una apariencia de razón.

Mas, ¿de qué modo pudieran aplicarse estas reflexiones a los pueblos constituidos sobre los principios de la libertad más ilimitada? De qué modo pudieren justificarse entre ellos los escritores que atentasen al orden político, y quisiesen subvertir por la violencia la máquina de un estado que solo las leyes deben mejorar y perfeccionar con el auxilio de la experiencia y del tiempo.

Artículo 3° (conclusión), 18 de diciembre de 1835

Considerando atentamente la organización de las repúblicas americanas, parece casi imposible que pueda desarrollarse en ellas el germen de las revoluciones. ¿Quién pudiera concebir la idea de inmutar de un modo violento una constitución tan libre y popular como la de que ellas gozan? ¿Qué pueblo, hallándose en plena posesión de todas sus garantías, podrá permitir que se las arranque de una vez la intriga o la fuerza abierta del despotismo? Un orden de cosas creado por la voluntad de todos, arreglado a los principios de la política más pura y liberal, apoyado y favorecido por todas las circunstancias físicas y comerciales de un vasto continente, ¿qué enemigos pudiera tener capaces de lisonjearse con la menor esperanza de alterarlo y destruirlo? Todo esto es incontestable; y sin embargo, no hay país en el mundo que más adolezca de la más terrible de las plagas que pueden afligir la sociedad, el espíritu de la revolución, que la América del Sud. ¿Cuál puede ser la causa de un fenómeno tan extraño?

En todas las sociedades existen dos clases. Los agricultores, manufactureros, comerciantes e industriales de todo género forman la más numerosa. Los hombres que viven del trabajo ajeno, prometiendo emplearse en asegurar sus productos al dueño que debe poseerlos, constituyen la otra. Los primeros son todos, más o menos, ciudadanos útiles, y no tiene interés en engañar a los demás hombres, ni en estorbar el orden establecido. Entre los otros hay hombres virtuosos y ciudadanos dignos de la mayor consideración; mas, entre ellos se hallan también enemigos de todo orden, cuando en él no encuentran los medios de satisfacerse.

Los escritores que pertenecen a esta clase de hombres, y procuran excitarlos y ponerlos en movimiento, ya abiertamente ya con disfraz, con el objeto de mudar el orden político, son los que la ley considera como sediciosos. Mas, ¡Dios no quiera que se confundan en este número a los autores de una oposición tan juiciosa y fundada como enérgica y animosa, dirigida a ilustrar a los gobiernos y a obligarlos por medio de la publicidad a corregir su marcha, si es que no conduce al bien del Estado, a mejorar y perfeccionar la administración, a no descuidar medio alguno de pública felicidad! Mientras los primeros no son más, por reproducir la pintura que hace de ellos uno de los escritores más liberales de este siglo, que unos ambiciosos ligados contra ministros a los cuales se hallan impacientes de suceder, o miserables intrigantes que mendigan los empleos por amenazas y piden las gracias a mano armada, estos últimos constituyéndose en órgano de la opinión, en defensores de la ley, en jueces imparciales y libres de un gobierno desviado, adquieren un derecho a la más viva gratitud de la patria. Nada más fácil que distinguir esta oposición justa, imparcial y decente, que es el ánimo de todo gobierno representativo, de los ataques violentos y personales de una facción enemiga del orden, animada por la discordia y el furor, que no sabe hablar más lenguaje que el del odio, que no se ocupa sino de intereses individuales y miras de partido, y que de todo se muestra capaz menos de contribuir al bien general de la nación, y a disminuir los males que la afligen o a prevenir los que la amenazan. Aunque esta oposición espuria y degenerada se revista de los mismos colores que adornan a la otra, y se atreva a pronunciar también, profanándolas, las voces sagradas de patriotismo y de libertad, nadie puede desconocerla, no encontrando en ella el desinterés, la imparcialidad y la nobleza, que son la calidad característica de todo acto verdaderamente patriótico. El hombre corrompido se descubre bajo la divisa del ciudadano. Las pasiones privadas se traslucen en cada palabra. El bien de todos exige que se quite la máscara a esta falsa, interesada y peligrosa oposición; esta es la tarea de la misma libertad de imprenta destinada a corregir sus abusos; la justicia exige que se castigue un engaño hecho a la nación, esta es la obra de la ley.

Mas, ¿de qué modo será posible demostrar el cuerpo del delito en los abusos de imprenta? No pudiendo estos consistir ni en las palabras, ni en las proposiciones, ni en las ideas mismas del que los comete, y debiéndose buscar siempre en todo esto a más de sus resultados, la intención de quien las ha concebido, aplicado y publicado, el juicio será a veces sumamente difícil, y las pruebas por su misma naturaleza darán lugar a una infinidad de evasiones de la parte del reo que producirán en el ánimo del juez la duda y la incertidumbre, no emanando de ellos aquella luminosa e incontestable evidencia, sin la que declarar la existencia de un delito es un arrojo, y castigar a un acusado puede ser una injusticia. El pensamiento es un Proteo cuyas formas se escapan con la mayor velocidad del ingenio más agudo que procura fijarlas. La ley es casi siempre demasiado vaga para él. Solo el sentimiento y la conciencia pueden desplegar todos sus dobleces, y seguirlo en todos sus vaivenes. Es pues la conciencia sola, independiente de toda indicación particular de la ley y de toda forma judicial, la que debe comenzar, y que comienza realmente entre los pueblos libres e ilustrados, los juicios de imprenta. Tergiverse cuanto quiera, en medio de sus frases encubiertas, de sus anagramas, de sus alusiones y de todas las astucias acostumbradas de los escritores el reo de un delito de imprenta, el juri se convence de su culpa, y no deja al juez la menor causa de duda. El efecto que hace en el ánimo del público un escrito sedicioso, no puede dejar de producirlo al mismo tiempo en el ánimo del juri. El pensamiento ya no puede escaparse.

Mas, con respecto a los delitos por abuso de libertad de imprenta, hay que hacer una consideración, que debe hacerlos distinguir de todos los demás delitos. El daño que pueden causar es tan rápido, tan extenso y deja trazas tan profundas y duraderas, que sería una locura fundar en la sola ley la esperanza de remediarlos. El otro medio que hemos indicado arriba, sirve a veces para castigarlos, más que la misma ley; los persigue hasta donde pueden llegar, y previene sus funestas resultas. Los temores que ha inspirado en los tiempos pasados la libertad de imprenta por los abusos y los peligros que podía ocasionar, han cesado desde que la experiencia ha demostrado que en el uso de esta misma libertad existe un recurso infalible para repararlos y prevenirlos. El remedio, dice Bentham, sale del mal mismo. Los conocimientos ninguna ventaja podrán dar a los malos, sino en cuanto tengan la posesión exclusiva de ellos. Un lazo conocido deja de ser un lazo.

Pudiendo el gobierno hacer uso de aquella misma libertad de imprenta que la ley concede a todos, los impresos sediciosos, pierden una gran parte de su veneno. El pueblo es siempre imparcial; o si, tratándose de una disputa política, tiene a veces alguna inclinación, solo puede ser en favor del orden en que está interesado. El pueblo aplaude siempre a los escritores que atacan con energía y firmeza los abusos que comprometen la propiedad, la seguridad y la libertad de las personas. Si el gobierno incurre en estos abusos, los escritores liberales tienen la opinión en su favor; mas, si los escritores que toman este nombre, han levantado en realidad el estandarte de la sedición y de la anarquía, si por sus impresos se halla amenazado el orden público, la opinión está por el gobierno. La libertad de imprenta puede salvar al Estado.

Nos resta hablar de los abusos de imprenta que atacan el honor y la buena opinión de las personas. Las penas que la ley les inflige deben variar según los lugares y los tiempos; y deben en todo caso asegurar la proporción entre el castigo y el daño que han podido producir. Una ley que ha fijado en seiscientos pesos el maximum de estas penas, parece no haber calculado lo suficiente los perjuicios que puede causar una calumnia. Las leyes de Inglaterra son severas sobre este punto; y sin embargo los escritores de aquella tierra clásica de libertad, no parecen todavía satisfechos con ellas. Yo quisiera, dice Cobbet, que la pena de la publicación de una falsedad voluntaria fuese la deportación, cada vez que con ella se hiere realmente la reputación de un hombre, sea cualquiera su posición social. Una venganza completa es debida a los sentimientos de un hombre falsamente acusado. ¡Dichoso el país donde el honor se estima en tan alto precio!

Cuando íbamos a ser libres

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