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Capítulo Uno Hacia 1910 1.1. Introducción

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Se dice que la Revolución mexicana, a diferencia de la rusa o la china, no estuvo orientada por una ideología definida —como el marxismo— y que sus líderes no desarrollaron versiones particulares de ella —como el leninismo o el maoísmo—. Para algunos, esa aparente falta de directriz ideológica hace que la Revolución mexicana no haya sido una revolución genuina, sino más bien una revuelta o un conjunto de ellas.1 No me convence la tesis de que una revolución sin una ideología oficial no sea una revolución stricto sensu. Pero aunque la Revolución mexicana no siguiera los dictados de una ideología, ello no implica que careciera de ideas sobre el ser humano, la sociedad, el Estado, la educación, etcétera. Por lo tanto, quizá no sea la noción de ideología la que sea de más utilidad para entender la dimensión de ideas de la Revolución mexicana.

No confundamos las ideas con los motivos que llevaron a los mexicanos a la lucha armada. Estos motivos fueron de muchos tipos: dependen de la zona geográfica, la actividad económica, las creencias religiosas, la pertenencia a asociaciones políticas, la relación con los cacicazgos regionales y las lealtades locales y familiares.2 Aunque los motivos hayan sido múltiples, es un hecho que, por lo menos, algunos de los combatientes tenían ideas y, sobre todo, ideales en torno a la Revolución. Ideas sobre la construcción de un orden más libre, más justo y más compasivo; con menos pobreza, humillaciones y servidumbre. Hay numerosos testimonios sobre la manera en la que estas ideas inspiraron a los mexicanos antes o después de tomar las armas: se hallan en los corridos, en los libros de memorias, en la literatura del periodo, etcétera.

Thomas Kuhn describió a las revoluciones científicas como cambios de paradigma.3 Extendamos esta noción para incluir ideologías entendidas como concepciones filosóficas, políticas, sociológicas, económicas y axiológicas. ¿Fue la Revolución mexicana un cambio de paradigma en este sentido? Esta manera de concebir el proceso ideológico de la Revolución se ha complicado mucho en años recientes. Hoy en día ningún especialista serio respondería de manera tajante que la ideología del viejo régimen fue el positivismo. Esta sería una respuesta simplista que tendría que matizarse para que pudiera adquirir verosimilitud. Por otra parte, cuando el especialista buscara la ideología que sustituyó al positivismo porfiriano, no hallaría un término simple para denotar a la supuesta ideología revolucionaria. Más que una ideología revolucionaria lo que hubo fue una mezcla de diversos elementos del liberalismo, socialismo, nacionalismo, positivismo y humanismo. Es por ello que la historiografía revisionista ha afirmado que no se puede encontrar algo parecido a un cambio de paradigma sino más bien cambios de poca envergadura que no justificarían hablar de una revolución en el campo de las ideas. Mi posición es diferente. Considero que para entender la peculiaridad de la historia intelectual de la Revolución es indispensable utilizar otras nociones teóricas. En vez de hablar aquí de una ideología entendida como un paradigma, hablaré de un clima de ideas presente en los albores de la Revolución.

¿Qué es un clima de ideas? Como otros conceptos teóricos el de clima de ideas tiene una raíz analógica. Un clima de ideas, como el clima en sentido meteorológico, está conformado por diversos elementos que interactúan para formar un sistema en constante cambio. Lo que sostendré sobre la base de esta analogía es que hay periodos históricos en los que aparecen, predominan y luego se alejan, oleadas de intuiciones, preocupaciones, interrogantes que conforman esos climas que envuelven, como nubes o tormentas, los campos intelectuales. Pierre Bourdieu acuñó el concepto de campo intelectual para referirse a los espacios sociales de producción de bienes simbólicos. Los integrantes de esos campos son intelectuales, artistas, académicos, editores y burócratas culturales o universitarios que tejen diversas redes de relaciones, coincidencias y discrepancias. Como es de esperarse, dentro de estos campos hay competencia y conflictos, pero también hay colaboración y acuerdos.4 Es así que hacia 1910 se percibía ya un dramático cambio en el clima de ideas que envolvió a los campos intelectuales del país, incluyendo en ellos a figuras tan disímiles como Justo Sierra, Francisco I. Madero y los jóvenes del Ateneo de la Juventud.

La Revolución mexicana amalgamó elementos de diversas ideologías en una combinación peculiar.5 En algunos momentos ciertas tesis tuvieron más preponderancia que otras y si bien hubo enfrentamientos entre las diferentes visiones adoptadas por los revolucionarios, se generaron distintos acomodos entre ellas.6 Este carácter dialéctico, múltiple, híbrido de la Revolución permitió que ella no desarrollara doctrinas dogmáticas y que, por lo mismo, no produjera dogmas ideológicos ni verdugos fanáticos, como sucedió en otras revoluciones del siglo XX. Para algunos críticos de la Revolución, esta falta de orientación ideológica fue una de sus debilidades. Algunos de ellos hubieran preferido que la Revolución mexicana hubiera adoptado una ideología bien definida que le diera una orientación lineal al movimiento, sin sus vaivenes y contradicciones. Pero la Revolución mexicana no careció de orientación: sí la tuvo y también poseyó un carácter especial que le permitió extenderse durante decenios. Y ahora, desde el balcón del siglo XXI, también podemos valorar que no haya cometido genocidios inspirados en el tipo de ideologías que algunos hubieran querido para ella. De todas las revoluciones del siglo XX, la mexicana fue acaso la menos violenta, la menos autoritaria, la menos dogmática. Sin duda esta característica de la Revolución mexicana tiene que ver con el hecho de que no tuvo una filosofía oficial, e incluso de que no impidió que otros grupos formularan posiciones independientes e incluso antagónicas a ella. La Revolución mexicana siempre dejó abierto un campo a la libertad de conciencia. Es más, podría decirse que esa libertad fue uno de sus objetivos.

Es obvio que si la Revolución no careció de ideas, tampoco careció de intelectuales: los tuvo y de varias clases. Pero ¿qué es un intelectual? Un intelectual es alguien con una formación literaria, artística o profesional que participa en el espacio público con un discurso comprometido. Esta figura del intelectual es reciente. No parece adecuado calificar de intelectual a alguien que haya vivido antes de la Ilustración; por ejemplo, describir a Cicerón o a Erasmo como intelectuales resultaría un anacronismo. Algunos dirían, incluso, que hasta antes del caso Dreyfus, no había intelectuales en el sentido actual de la palabra.7 Hasta mediados del siglo XIX, los intelectuales mexicanos fueron sacerdotes, abogados, maestros o literatos; pero hacia el final del siglo XIX surgió una nueva clase de intelectuales procedente de otras profesiones como la medicina, la ingeniería o la administración. Algunos de ellos fueron lo que Antonio Gramsci llamó intelectuales orgánicos, es decir, divulgadores y defensores de la ideología de un grupo en el poder o que busca el poder. Los llamados “científicos” durante el porfiriato son un ejemplo clásico de esta clase de intelectuales en la historia de México.8 Sin embargo, la Revolución mexicana también tuvo sus intelectuales orgánicos. Quizá el más conocido de ellos sea Luis Cabrera, estrecho colaborador del Presidente Carranza y, luego, un crítico feroz de los demás gobiernos posrevolucionarios. Más adelante, durante el resto del siglo XX, el régimen se rodeó de intelectuales que cumplían con diversas tareas dentro del gobierno, el cuerpo diplomático, el Congreso, los tribunales, las universidades y los medios de comunicación. Pero el concepto gramsciano de intelectual orgánico no basta para describir el escenario mexicano. Tenemos que tomar en cuenta, además, a los intelectuales críticos y a los intelectuales opositores. Un intelectual crítico es aquel que hace un juicio de la nación, el gobierno, la iglesia, la universidad, la cofradía a la que pertenece, pero hace su crítica desde dentro, es decir, como un miembro más de ese grupo. Un intelectual opositor, en cambio, marca su raya y, por lo mismo, se ubica fuera de la organización o del grupo al que critica. Además, no sólo critica, sino que se opone y, a veces, se lanza al combate.9 Un ejemplo de intelectual opositor al porfiriato fue Ricardo Flores Magón, que incluso tuvo que salir del país y padecer la cárcel en tierra extraña. La lista de intelectuales antiporfiristas no es nada corta; incluye, además de los compañeros de Flores Magón en el Partido Liberal Potosino, a otras personalidades como: Diódoro Batalla, Antonio Díaz Soto y Gama, Luis Cabrera. Intelectuales opositores a la Revolución también los hubo y de mucho calibre, entre ellos: Francisco Bulnes, Federico Gamboa, Carlos Pereyra, Jorge Vera Estañol y Nemesio García Naranjo.

Los intelectuales del periodo revolucionario fueron liberales, agraristas, sindicalistas, socialistas, anarquistas, comunistas, nacionalistas, indigenistas, jacobinos, católicos, evolucionistas y positivistas. Sin embargo, estas etiquetas no son excluyentes, ya que muchas veces los intelectuales combinaron en sus escritos elementos de diversas ideologías. No todos escribían en periódicos de la capital, ni eran profesores de la Universidad Nacional. Muchos de ellos eran profesionistas modestos que vivían en pequeñas ciudades, incluso en regiones remotas. La mayoría era sencillos maestros de escuela que tenían prestigio e influencia en sus comunidades.10 Después de la refundación de la Secretaría de Educación Pública, otra generación de maestros participaría de manera decisiva en la construcción del México revolucionario.11

En este capítulo delimitaré el campo intelectual del que nos ocuparemos en esta investigación. Este campo está integrado por un grupo de exalumnos de la Escuela Nacional Preparatoria, todos ellos cercanos a la figura de Justo Sierra, quienes a partir de 1910 se integraron a la Universidad Nacional y, en particular, a la Facultad de Altos Estudios. Se trata de un grupo de la élite intelectual mexicana, y para ser más exactos, de la élite capitalina. Dentro del grupo hay relaciones generacionales y de discipulado que permiten trazar una genealogía intelectual de varias generaciones. Algunos de los miembros de este campo intelectual fueron gestando, desde el inicio de la Revolución, una narrativa que los ligaba a ella.12 Esa narrativa ha sido criticada como una ficción concebida con intereses políticos. Mi propósito aquí es mostrar que dicha narrativa estándar no puede calificarse simplemente como una ficción en el sentido convencional de ser una falsedad. La crítica que se le hace parte de una concepción más bien ingenua de la naturaleza del discurso histórico.13 Por lo mismo, la objeción de que tiene un interés político tampoco se puede aceptar sin reservas. Esa crítica es, a su vez, una narrativa alternativa que sirve a otros intereses políticos y personales.

La Revolución creadora: Antonio Caso y José Vasconcelos en la Revolución mexicana

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