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1.9. Justo Sierra: discursos del Centenario

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Hay en la historia de los pueblos años cruciales que cambian su destino. Los más memorables son los de mayor dramatismo, aquellos en los que se transcurre de la gloria a la derrota en un instante. Para México, uno de esos años es el de 1910, en el que en unas cuantas semanas se pasó de la celebración del Centenario —el momento estelar de nuestra Belle Époque— al estallido de la Revolución. No es éste el lugar para examinar las múltiples significaciones políticas, sociales y culturales de las fiestas del Centenario. Me limito a señalar el hecho obvio, pero no por eso menos importante, de que las fiestas del Centenario fueron, entre otras cosas, una celebración de la libertad de los mexicanos. Pero ¿cuál libertad? En páginas anteriores he afirmado que según la visión oficial del porfiriato, la libertad se da siempre dentro de un orden que la acota y que este orden ha de entenderse dentro de un proceso de evolución social. Pero en 1910 algunos mexicanos estaban redefiniendo el concepto de libertad, de tal manera que la celebración pública de ella por un régimen dictatorial se veía como una grosera contradicción.128 El principal responsable de la reconceptualización del termino “libertad” en el espacio público mexicano fue Madero. Él fue quien volvió a darle a esa palabra un nuevo significado y lustre; él fue quien inspiró a miles de mexicanos de todas las clases sociales y los hizo participar en la lucha política. Mas como veremos, casi al mismo tiempo, aunque desde otra trinchera, los ateneístas también luchaban para redefinir el término “libertad” de una manera no muy diferente de la de Madero. Es esta coincidencia la que nos permite trazar una conexión entre la filosofía del Ateneo de la Juventud y el inicio de la Revolución mexicana.129 En la siguiente sección me ocuparé de analizar esta conexión, pero antes quiero examinar algunas ideas expuestas por Sierra durante las celebraciones de 1910.

Después de Porfirio Díaz, el principal protagonista de las fiestas del Centenario fue Justo Sierra. 1910 significaba para Sierra la coronación de un esfuerzo de años para definir una política educativa y cultural con alcance nacional, para crear las instituciones indispensables para llevar a cabo dichos objetivos y para formar los cuadros que operaran dichas instituciones.130 Es interesante comparar los dos discursos oficiales leídos por Justo Sierra, con pocos días de diferencia entre sí, en el mes de septiembre de 1910. Uno lleva el título de “Conquista de la patria por la educación” y fue leído en la sesión inaugural del Primer Congreso Nacional de Maestros de Primaria, organizado por el ministerio de Educación. El otro es el famoso discurso de inauguración de la Universidad Nacional de México.

En “Conquista de la patria por la educación”, Sierra llama a los maestros de primaria a borrar de los niños de origen indígena la visión de la naturaleza como poblada de espíritus favorables o desfavorables. Dice Sierra:

Reemplazad esas supersticiones con esta noción fundamental: las leyes de la naturaleza son inmutables; noción sin la que la ciencia no existiría, y con esta otra: si esas leyes son obra de un supremo legislador, éste no ha podido promulgarlas para hacerlas y deshacerlas a su antojo en el minuto de eternidad que le ha tocado vivir a nuestra humanidad sobre el planeta; tal es el magno cimiento de la labor que debéis a la patria, soldados del ejército de la verdad, soldados de abnegación y sacrificio.131

Esta afirmación de Sierra contrasta con la doctrina de Boutroux, muy en boga en aquella época, de que las leyes de la naturaleza son contingentes. Pero Sierra no estaba para esas sutilezas. Los maestros de primaria tenían que enfatizar la visión cientificista de la naturaleza porque esa era la única manera por la cual los mexicanos aprenderían a dominar y transformar la naturaleza y, por lo tanto, de ser capaces de constituirse en un organismo social fuerte, capaz de resistir el embate de la nación del norte. El asunto era, a fin de cuentas, de alta política. Para que México siguiera existiendo como nación independiente debía ser un país poderoso y eso requería transformar la mentalidad de los mexicanos. Más aún, para que en México floreciera la verdadera libertad, había que educar a los mexicanos, sobre todo a los más desfavorecidos, para que aprendieran a dominar y transformar la naturaleza. Ya lo decía Sierra al final de su Evolución política del pueblo mexicano: “…educar es fortificar, la libertad, médula de los leones, sólo ha sido, individual y colectivamente, el patrimonio de los fuertes.”132 Es por ello que Sierra alerta a los maestros de la pervivencia de las ideas indígenas en el subconsciente de los mexicanos. Él pensaba que el mestizaje biológico no había borrado, a pesar de los siglos, la cosmovisión indígena del fondo de la conciencia de los habitantes del país. Mexicanizar, era, para Sierra, eliminar lo indígena de la cultura mexicana. La conquista de la patria por la educación es la conquista de aquella mitad de la población que vivía de acuerdo con la concepción prehispánica del mundo. La conquista de manera pacífica de esa otra mitad que no son en verdad mexicanos, que no saben lo que es la patria, que no comparten con los demás una visión del mundo, de la sociedad, de la organización política. Mexicanizar, desde esta perspectiva, es educar, pero, en específico, educar para formar individuos con características comunes: el idioma, la racionalidad, los valores. Dicho de otra manera, se buscaba formar a los ciudadanos imaginados por la Constitución de 1857. Y si jaláramos el hilo de argumento, eso también suponía eliminar la cosmovisión católica que dominaba las mentes de la casi totalidad de la población.

En el discurso de inauguración de la Universidad, Sierra sostuvo que no se fundaba ésta con el fin de construir una torre de marfil para una élite. Los nuevos universitarios no tendrían los ojos pegados al telescopio o al microscopio ignorando lo que sucedía a su alrededor, no serían indiferentes a los problemas nacionales. La Universidad, dijo Sierra, deberá impulsar una mexicanización del saber. Esto significa por lo menos dos cosas: una, que los universitarios mexicanos produzcan conocimientos propios; la otra es que los universitarios estudien a México en todos sus aspectos naturales, desde el subsuelo hasta sus cimas más altas, y que estudien todas la manifestaciones de lo humano en México, para descubrir de esta manera lo peculiar de la nación, lo propio del mexicano. Para lograr esta mexicanización del saber en la Universidad, no era suficiente el sistema de ciencias del positivismo de Comte. La Universidad también debía acoger a la filosofía no positivista. El proyecto de la Universidad, la corona del proyecto educativo del régimen porfirista, no estaría completo sin el cultivo de todas aquellas filosofías que se interrogaban sobre el sentido del universo, sobre el destino humano, sobre el sitio del hombre en el cosmos, preguntas que habían sido ignoradas en las escuelas oficiales. La Universidad ya no tomaría como un dogma teórico, ni siquiera como una guía metodológica, al positivismo. Con este discurso, Sierra declaraba oficialmente acabado el predominio positivista en el estrato superior de la educación pública. No en balde los viejos positivistas vieron con recelo la creación de la universidad.

Sin embargo, todo esto contrasta con la defensa que Sierra había hecho días antes de la tesis positivista de que la razón humana conoce un conjunto fijo de leyes de la naturaleza. Para entender la aparente discrepancia entre ambos discursos hay que tomar en cuenta los distintos públicos a los que iban dirigidos. El primero, estaba compuesto por maestros de primaria, muchos de ellos maestros rurales. El segundo, por intelectuales, científicos y estudiantes de nivel superior. Puede decirse que en 1910 Sierra tenía algo así como una doble estrategia educativa, y, por lo mismo, una doble estrategia de mexicanización. En el campo de la educación básica y, en especial, de la educación rural, Sierra pensaba que los fundamentos del proyecto ilustrado de Barreda aún estaban en pie: había que rescatar al indio y al mestizo esclavizados por el fanatismo y el animismo, traerlos al territorio de la razón, de la ciencia positiva, del materialismo mecanicista. Pero por lo que tocaba a la educación superior ya no era posible sostener de manera ortodoxa el programa de Barreda, era tiempo ya de dar lugar a la filosofía y, por lo mismo, a la reflexión acerca de los límites de la razón, de la ciencia positiva, y del materialismo. Y todo esto era compatible con el pensamiento spenceriano. Es más, podría decirse que Sierra pensaba que a los diversos grados de evolución de los distintos sectores de la sociedad mexicana había que darles distinta educación y que a cada uno de ellos correspondía un proyecto de mexicanización diferente.

Hay otro elemento del discurso de Sierra que hay que subrayar y es que, sin usar el término, defiende una idea de la universidad como autónoma frente al Estado que asume para sí el deber de mantenerla.133 La universidad, para Sierra, se entiende como un espacio de libertad, de creación, de descubrimiento. Esto la distingue de la universidad virreinal, en la que no había lugar para la discusión, en donde las verdades estaban fijas para siempre por decreto eclesiástico y monárquico. Dice Sierra:

…aquí, por circunstancias peculiares de nuestra historia y de nuestras instituciones, el Estado no podría, sin traicionar su encargo, imponer credo alguno; deja a todos en absoluta libertad para profesar el que les imponga o la razón o la fe.134

No puede haber, entonces, una filosofía o una ideología oficial en la universidad; ni el positivismo, ni ninguna otra en el futuro. Ésta es la lección que luego Antonio Caso reformularía en su polémica con Vicente Lombardo Toledano. Y podría decirse que cuando la Universidad alcanza su autonomía en 1929, lo que se logró no fue sino la materialización del ideal de libertad que expresó Sierra en el discurso inaugural. Es desde esta perspectiva que hemos de entender el agradecimiento final a Porfirio Díaz en el discurso de inauguración. Cuando Sierra se dirige a Díaz, no sólo le habla al hombre, sino que también le habla a la personificación del Estado mexicano. Lo que agradece Sierra es que, al autorizar la creación de una universidad definida desde su origen como un entorno de libertad, el Estado se desprende voluntariamente de un espacio público que queda fuera de su control, a pesar de que es el propio Estado quien lo sostiene. Lo dice así Sierra:

….el Estado espontáneamente se ha desprendido para constituirla, de una suma de poder que nadie le disputaba, y vos no habéis vacilado en hacerlo así, convencido de que el gobierno de la ciencia en acción debe pertenecer a la ciencia misma.135

Para un régimen como el de Porfirio Díaz, en el que no sucedía nada importante sin su conocimiento y autorización, semejante concesión no podía dejar de tener trascendencia.136 No olvidemos que Porfirio Díaz era el mismo a quien se atribuía la tenebrosa frase “mátelos en caliente”, un hombre al que no le temblaba la mano para mandar matar o callar de otras maneras a quien se opusiera a su poder.137 Cuando Sierra le agradece al presidente por haber permitido la creación de una universidad que se gobernara a sí misma, no lo hace por mera cortesía sino porque, en efecto, se trataba de un acto político sin precedentes.

Sin embargo, fueron pocos los que en aquel momento entendieron la importancia de la creación de la Universidad no sólo para la vida intelectual, sino para la vida política mexicana. Tendrían que pasar décadas para que los propios universitarios y, luego, el resto de los mexicanos lo comprendieran. Pocas semanas antes del estallido de la Revolución, la comparación que hace Sierra entre la Universidad Pontificia y la Universidad Nacional suena casi como una comparación entre el decrépito régimen porfirista y el que aspiraban construir los revolucionarios. Dice Sierra:

Los fundadores de la Universidad de antes decían: “la verdad está definida, enseñadla”; nosotros decimos a los universitarios de hoy: “la verdad se va definiendo, buscadla”. Aquéllos decían: “sois un grupo selecto encargado de imponer un ideal religioso y político resumido en estas palabras: Dios y el Rey”. Nosotros decimos: “sois un grupo de perpetua selección dentro de la substancia popular, y tenéis encomendada la realización de un ideal político y social que se resume así: democracia y libertad.138

¿Cómo entender la aseveración de que la universidad tenía un ideal de democracia y libertad? ¿Mera retórica? ¿Acaso una declaración con intención política?

La defensa que hace Sierra de la libertad de pensamiento en este discurso se encuentra todavía dentro de la esfera conceptual del liberalismo del siglo XIX, que planteó la cuestión de cuál es el límite del poder de la sociedad sobre el individuo. En el caso de Sierra, lo que a él le interesaba era el límite del poder del Estado sobre el individuo en el contexto de la educación, la investigación y la creación. Su defensa de la autonomía universitaria iba en contra de la concepción de Barreda de que, para cumplir con sus fines, el Estado mexicano debía garantizar que la instrucción pública, en todos sus niveles, estuviese orientada por la doctrina positivista. El Sierra del discurso de inauguración ya no acepta que el Estado imponga en el sistema de educación superior —aunque, como vimos, no extiende su argumento al sistema de la educación básica— una doctrina, ni la positivista ni ninguna otra. En esto Sierra coincide, por ejemplo, con John Stuart Mill, quien en su célebre ensayo On Liberty se deslinda de Comte por la defensa que hace del poder que puede ejercer el Estado sobre el individuo, incluso en la esfera del pensamiento.139 Pero en lo que Sierra sigue siendo un positivista es en su convicción de que la libertad se va ganando poco a poco. Es decir, en el proceso evolutivo de la sociedad los primeros en alcanzar los mayores grados de libertad deben ser los que están más arriba en la escala del progreso social. Sólo cuando los que están en las escalas inferiores vayan progresando, podrán ir alcanzando la libertad que gozan los de las escalas superiores. Recordemos que On Liberty, Mill afirmaba que el despotismo puede ser una forma legítima de gobierno para un pueblo bárbaro, siempre y cuando sea un medio para el mejoramiento de dicho pueblo. Fue en contra de esta convicción de los positivistas que estalló la Revolución mexicana. El pueblo bárbaro al que, según Sierra y los científicos, había que civilizar mediante la educación positivista, ya no esperó la culminación de su supuesta evolución y exigió libertad, exigió democracia, y las exigió de inmediato. Pero para que ese pueblo fuese capaz de plantear esa exigencia y de actuar en concordancia hacía falta que dispusiese de los instrumentos conceptuales para ello. Es en este punto en donde hemos de examinar la obra del Ateneo de la Juventud.

La Revolución creadora: Antonio Caso y José Vasconcelos en la Revolución mexicana

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