Читать книгу Casiopea y la bóveda celeste - Lautaro Mazza - Страница 15
E L T E M P L E T E G R I E G O
ОглавлениеEl día estaba un poco nublado, el clima era pesado y para ser más exactos 31 °C era la temperatura a las 11:30 de la mañana, a medida que Casio caminaba por el barrio cada vez se hacían más intensos los ruidos de la avenida y los gritos de los chicos en la plaza. El Viejo Derby, un restaurante emblemático de la zona, estaba repleto de gente en sus mesas de la calle. El adoquinado y las vías del antiguo tranvía brillaban siempre y cuando las nubes dejaran pasar los calcinantes rayos del sol.
Casio llegó a la esquina y observó que los caminos serpenteantes del parque Lezama estaban minados de feriantes y hermosas artesanías, el olor a sahumerios, palo santo y garrapiñadas se mezclaban en el aire embriagando a todo aquel que pasara por allí.
Deambulando y disfrutando de la magia de aquel día, Casiopea subió por la barranca del parque hasta llegar a su punto más alto y se topó con un sendero rodeado de figuras alegóricas, entre las cuales se encontraba Palas Atenea y una representación de la primavera entre otras. Aquel camino conducía al famoso templete griego, un espacio único lleno de misterio y solemnidad. Casio atravesó aquel sendero e ingresó en él. Para su sorpresa ese día, no había nadie, así que se sentó contra una de sus ocho columnas y con sus extraños ojos observaba las secuencias que se sucedían a su alrededor, mientras pensaba en la noche anterior, todavía no podía entender cómo las cartas estaban escritas, si hasta hace dos noches solo eran papeles viejos. Luego de estar durante un buen rato bajo la benevolente sombra de la cúpula, se recostó en el pasto en una de las laderas del parque. El sol de mediodía brillaba y su cara de a poco levantaba temperatura. Sus ojos reflejaban un celeste cielo que de a poco se mezclaba con algunas nubes negras, grises y blancas. Por su tamaño estas proyectaban sombras en el parque haciéndolo parecer un dálmata. El calor del sol era tan placentero que Casiopea se relajó de más y por unos segundos dormitó.
De la nada, ella sintió pequeñas gotas de agua en su cara y el recuerdo recurrente del sueño de la noche anterior se hacía presente. A lo lejos una voz le gritó:
—¡Casio, arriba, dale! –Pero ella estaba inmóvil, una mano se posó en su hombro de forma brusca y al tacto reaccionó.
—Ey, hola, dale, nena, vamos que llueve. –Era Micaela, su vecina, una amiga de toda la infancia. Juntas corrieron por la calle de la av. Martín García–. ¡Tengo calor y frío! –gritó Micaela.
—¡Yo también, pero dale, corré! –El vapor brotaba del pavimento, las gotas gruesas de lluvia habían apaciguado las elevadas temperaturas del suelo, todavía podía sentirse la humedad y el olor a tierra mojada.
Entre risas y gritos llegaron hasta la esquina Arzobispo Espinosa y Gaspar de Jovellanos, Casio tentada de risa le dijo a su amiga.
—Mica, es agua, no ácido
—¿Mirá si éramos brujas y nos derretíamos? –le contestó tentada de risa su amiga.
—Vos estás loca, ja, ja, ja, nos vemos más tarde.
—Dale, tomemos un helado en la esquina de la plaza.
Las dos se despidieron e ingresaron a sus casas. Una vez dentro, Marina, la madre de Casio, la vio llegar y le dijo:
—¡Casiopea, estás toda mojada! Te llamé al teléfono y ni bolilla. ¿Dónde estabas? –En ese momento Casio le contó que había ido a pasear al parque como lo hacía con sus abuelos, porque la noche anterior había soñado con ellos. Al ver la nostalgia de su hija, Marina no dudó un segundo en abrazarla.
—Casio, la próxima vez, dejá una nota si no vas a llevar el celular, y acordate siempre de pedir permiso.
—Sí, ma, perdón, no los quise despertar.
—Ya está, hija, andá a cambiarte que estás empapada y te podés enfermar, te amo.
Ya en su cuarto, Casiopea se despojó de su ropa mojada y se cambió.
Se sentó frente a la ventana y observó cómo el cielo se oscurecía cada vez más, la lluvia había parado y Casio recordó que su abuelo siempre le hablaba del clima, y le había enseñado a detectar qué tan cerca o lejos se encontraban las tormentas, luego de cada relámpago que veía ella contaba los segundos hasta que se escuchaba el trueno. Uno, dos, tres, ¡BOOM!
El viento soplaba con fuerza y de repente un flash de luz la encegueció, en una fracción de milésimas de segundos, un trueno hizo retumbar todos los vidrios de la casa. La reacción de Casio fue graciosa ya que se quiso tapar los oídos pero se tapó los ojos, su grito fue casi igual de fuerte que el trueno, la luz se había ido y las gotas de lluvia comenzaron a correr con furia sobre su ventana, aquel plan de verse con su amiga cuando pase la tormenta se había desdibujado. Ahora debía quedarse resguardada hasta que el mal tiempo cese.
En el Feed de su celular, lo único que veía eran informes del servicio meteorológico anunciando tormentas severas, aburrida en su cuarto buscó las cartas y las comenzó a investigar, vio que todas estaban selladas con cera y con relieve de números romanos, las ordenó y leyó sus títulos, La luz Mala, la isla de San Brandán, entre otros, una vez en orden, Casio estuvo a punto de abrir la carta pero su madre la interrumpió.
—¡Casio, vení a ver la caída de tu padre en pleno baile! –Así que tuvo que dejar la lectura para más adelante. La tormenta se desplazó al este siendo devorada por el Río de la Plata y los cielos de a poco se despejaron, a medida que el sol se ponía, tonalidades rojizas, naranjas, rosas y azules se fundían en lo alto. Era la hora mágica, Casio y sus padres vieron una intensa luz cálida entrar por la ventana y se asombraron.
—Miren esa luz naranja, ¿vamos a ver? –Juntos fueron a la terraza a observar el fenómeno en el cielo.
—La hora mágica, hija, a la abuela le encantaba mirar la puesta del sol, qué lindos recuerdos. –Marina y Marcelo se abrazaron y recordaron a sus padres, Casio estaba fascinada apoyada en la baranda de la pequeña terraza y juntos despidieron aquella tormentosa tarde. Por suerte la noche transcurrió con un clima templado, el viento había barrido por completo todo rastro de nubosidad y el cielo estaba impecable, la luna brillaba y las estrellas acompañaban con sus fulgurosos destellos.
La luz había vuelto y la cena había finalizado.
—No puedo más, riquísimas las empanadas. –Casiopea estaba llena.
—Te queda una sola más –le dijo su madre mirándola con ojos saltones.
—No, ya está, la dejo para mañana, ahora ya me voy arriba.
—Bueno, no te olvides de cepillarte los dientes. –Su padre hizo un gracioso ademán con la boca.
—Está grande ya, y… Se vienen los quince…
—¡Qué emoción!
Casio por fin había encontrado la tranquilidad e intimidad que necesitaba, era el momento perfecto para comenzar a leer al menos alguna de las cartas.
Una vez en la cama y con las luces casi apagadas Casiopea recurrió a su pequeño velador de lectura, el cual alumbraba tenuemente la habitación creando un clima propicio para la lectura, tomó la carta y al abrirla el sello de cera se quebró, respiró profundo y el olor añejo del papel la transportó lejos, se acomodó y comenzó a leer una nota previa. Eran instrucciones que advertían cómo debía ser el correcto uso de la caja y sus cartas, algunas de las indicaciones decían:
—Las cartas deben leerse de una por vez, respetar el orden es esencial, solo se pueden leer de noche. Guardar de inmediato las cartas una vez leídas. Esos eran algunos de los ítems o condiciones que sus abuelos le marcaron. Aclarado ese punto, Casio no aguantó, sacó las hojas que había dentro del sobre y comenzó a leerlas, esta se titulaba LA LUZ MALA, en ese momento un escalofrío recorrió todo su cuerpo y la carta emitió una vibración tan fuerte que los ojos de Casiopea de repente se pusieron en blanco y comenzó a leer como si estuviese en trance y sin saberlo su cuerpo se desdobló enviándola a otra dimensión…