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El diablo como símbolo del mal
Las dos caras del mal
ОглавлениеEl Libro de Job tiene la prerrogativa de demostrar que hay varios tipos de mal, y el que está en conexión con la esfera física puede ser la metáfora de los males interiores más grandes, los incurables.
El manantial del mal no puede estar en Dios, y, sin embargo, no hay fuera de Dios otro manantial del ser y de la vida. Pero si el mal no puede tener su fuente en Dios, y si fuera de Dios, no hay otra fuente del ser, ¿cómo se explica el fenómeno del mal? ¿Cuál es la solución a este dilema?[1]
En el Génesis, el mal es introducido por la serpiente, que tienta e induce al pecado a Adán y Eva (grabado de Alberto Durero)
La pregunta de Berdiaeff es legítima, pero no tiene respuesta. La Biblia calla sobre este tema, y de algún modo este silencio puede ser interpretado.
En el Génesis (3, 1) el mal aparece como un exabrupto, sin ningún preámbulo, y quien lo introduce es la serpiente, «El más astuto de todos los animales que el Señor ha hecho», que lleva a los hombres a través de la ambigüedad del pecado. Así, el problema del mal entra en la historia: miles de páginas escritas por filósofos y teólogos, que ni tan siquiera han logrado enfocar el lenguaje.
El mal contrasta el bien: este es el axioma general del que se parte. Según Santo Tomás (1221–1274), el mal no es una realidad en sí, sino que indica la falta «de un bien debido», Summa theologica (I, q. 14–10).
Por lo tanto, el mal como ausencia de algo. Por ejemplo, falta de salud o de amor, que provocan desequilibrios capaces de alterar el curso de la existencia con una maniobra destructiva consentida por Dios, dicen los exegetas, pero no enviada para castigarnos.
Esto, naturalmente, no disipa nuestras incertidumbres ante el escándalo del mal que, si nos es enviado como prueba, provoca hondas ansiedades existenciales, y nos hace jadear a lo largo de la historia con la continua inquietud de saber si formamos parte activa de dicha historia.
Según la Enciclopedia católica, el mal físico se caracteriza por el incumplimiento del ser con respecto a su estructura y a su desarrollo natural. El mal viene dado por el impedimento de alcanzar la perfección debida, por la destrucción de su perfección, por las enfermedades y por la muerte, que es el mal supremo.
El mal moral, en cambio, reside en la deformación de la voluntad con respecto a la regla de actuar y, por tanto, consiste esencialmente en la ruptura del orden de la recta razón (pecado) con la consiguiente privación del fin último (pena).
En consecuencia, el mal es una anomalía de una realidad perfecta, que se expresa precisamente a través de la privación o la reducción de un estatus considerado bien, a través del cual se está seguro de poder vivir de una manera considerada óptima. Todo ello adquiere un sabor muy utópico que, en la continua búsqueda de la perfección (que se considera perdida con el pecado original), nos hace percibir más fuerte el peso del mal.
Hasta este punto hemos visto que el mal entra en la historia imponiéndose, y contamos con una indicación sobre su origen: el diablo. Dios permite que el hombre sea puesto a prueba por el mal, que se caracteriza por una división fundamental: el mal físico y el mal moral.
¿Por qué debe existir el mal si el creacionismo cristiano enseña que todo lo que Dios ha creado es en sí bueno (Génesis 1, 31), y que también el hombre en su principio fue dotado de una rectitud natural según los dictámenes de su razón?
Entonces, dicen los teólogos, el mal indicaría la existencia de una situación de defecto debida a los hombres, y no a Dios.
El mal sería el fruto de un abuso de la libertad, como lo fue para Adán y Eva. La religión del profeta iraní Zaratustra es quizás el primer intento por dar un sentido a la presencia del mal físico y moral en el mundo. La idea central de esta concepción se basa en la conciencia de que la realidad es el escenario de una lucha de dimensiones cósmicas entre el bien y el mal, entre el principio de la luz y el de las tinieblas.
La visión dualista aparece en la historia con Empédocles, un presocrático del siglo V, que concibe la realidad como un inmenso proceso de atracción y de separación animado por dos fuerzas opuestas: el amor y la discordia.
Esta visión será más explícita en Platón, el cual puntualizará que Dios no es el origen de todo, sino solamente de una pequeña parte de las cosas que le ocurren al hombre: los bienes deben considerarse efecto divino, mientras que para los males habría que buscar otra causa.
Platón se relaciona con la interpretación gnóstica, que ve en Dios sólo la fuente de los bienes y no le atribuye ningún mal. Todo el mal se puede adscribir a un eón intermedio caído, el Demiurgo, creador del mundo y, por tanto, regulador de las cosas materiales.
En este sentido, el pensamiento gnóstico se mueve en un fondo dominado por el fatalismo, en el que el mal no aparece originado por una culpa o por el dominio del libre arbitrio, sino por un dualismo metafísico entre espíritu y materia.
La visión zoroastriana-gnóstica, mucho más próxima a nuestro modo de pensar de lo que imaginamos, encuentra su apoteosis en la filosofía maniquea, difundida por un persa, Mani, que vivió en el siglo III, y se presentó como un apóstol de Jesucristo enviado entre los hombres.
En este caso, la luz y las tinieblas también se contraponen. En la lucha eterna están involucrados los hombres, y también las plantas, los animales y las cosas, que pueden contener en su interior almas de un nivel inferior de purificación. La redención consiste en un proceso que se completa y conduce a la liberación y a la luz, junto al Padre de la Grandeza. En el inicio del octavo tratado de la primera Eneada, Plotino (205–270) observa en su texto De la esencia y del origen del mal (VIII, I):
Aquellos que buscan de dónde vienen los males, tanto los que afligen a los seres en general como a una categoría particular de seres, harían bien en iniciar su búsqueda preguntándose, antes que nada, qué es el mal y cuál es su naturaleza. De este modo se sabría de dónde viene el mal, sobre qué se funda, a quién puede afectar, y se llegaría a un acuerdo total sobre el problema por saber si este está en los seres.
Plotino tiene razón, ya que sólo conociendo el objeto de una búsqueda se puede hacer crecer nuestro saber y, a continuación, determinar los instrumentos y los medios para llegar a identificar las motivaciones que están en el origen de la existencia del mal.
En la concepción cristiana no hay indicio alguno de dualismo, porque los demonios también son criaturas de Dios, que se han convertido en malvados por elección propia. La lucha entre el bien y el mal no se presenta como una confrontación externa entre dos entidades diferentes, sino que se lleva a cabo dentro de una realidad común creada por Dios para los hombres. Según el Libro de las crónicas (1, 8, 6), el mal cayó al mundo por mediación de los ángeles rebeldes.
Orígenes (185–253) destaca que si Dios no elimina el mal que hacen algunos es porque sabe que de ello resultará un bien para otros. Si Dios es responsable de todo, incluso del mal, entonces podríamos pensar que Dios no es bueno. Por el contrario, si el mal fuera externo a él – hecho que contrasta con la teología cristiana— entonces Dios no sería absoluto y otra entidad estaría operando contra Él, oponiéndose al proyecto positivo del bien.
Los intentos de resolver la vexata quaestio han sido objeto de estudio de teólogos y filósofos. San Basilio (330–379), en el sermón Dios no es el autor del mal, concreta:
No caigas en el error de suponer que Dios es la causa de la existencia del mal, ni imagines que el mal tiene una existencia propia. La perversidad no subsiste como algo vivo. Nunca se podrá poner delante de los ojos su sustancia como algo que realmente exista. Porque el mal es privación del bien.
San Ambrosio (entre 330 y 340–397) lleva al extremo el concepto de falta en De Isaac et anima (7, 60–61):
¿Qué es el mal, sino la falta del bien, boni indigentia? Los males provienen de los bienes; sólo son malos los seres privados de bienes, quae privantur bonis. Y además, por la comparación, los males resaltan los bienes. El mal, por tanto, es la falta de un bien; se capta definiendo el bien; es la ciencia del bien lo que hace distinguir el mal. Dios es el autor de todos los bienes, y todo lo que existe viene sin duda alguna de Él. En Él no hay ningún mal; y mientras nuestro espíritu permanece en Él ignora el mal. Pero el alma no permanece en Dios, es autora de sus propios males: por esto peca.
El discurso se complica en las puntualizaciones de San Basilio, Homilías sobre el hexamerón (2, 4):
Si entonces – objeta— el mal no está generado y si no proviene de Dios, ¿de dónde saca su naturaleza? Por otra parte, nadie que participe en la vida negará que en realidad los males existen. ¿Qué se puede responder? Que el mal no es un ser vivo y animado, sino una disposición del alma contraria a la virtud que deriva de un apático abandono del bien. No busquemos el mal fuera, no imaginemos una naturaleza primitiva y perversa; a cada cual le corresponde reconocerse autor de la maldad que hay en él […]. La enfermedad, la pobreza, la privación de los honores, la muerte y todo lo doloroso que ocurre a los hombres no debe contarse en modo alguno entre los males verdaderos, ya que no contamos sus contrarios como los más grandes bienes; algunas de estas pruebas tienen su origen en la naturaleza, otras no aparecen privadas de ventajas para quienes las sufren.
De las palabras de San Basilio constatamos que hay varios niveles de mal. El sufrimiento físico se encuentra en un plano inferior que el sufrimiento del pecado, al cual no parece ligado, como, de hecho, lo está hoy, de la manera que quiera verse, especialmente desde el punto de vista laico.
Pongamos por ejemplo los virus: si se tienen en un caldo de cultivo debidamente preparado, son un testimonio extraordinario de los mecanismos de la naturaleza y del milagro de la vida, y, por tanto, son la expresión de una forma positiva.
Pero si estos mismos virus entran en contacto con el hombre pueden causar enfermedades terribles, mortales, con capacidad para diezmar la población de la Tierra, y desde este punto de vista se convierten en imagen muy evidente de la negatividad.
Lo mismo ocurre en la esfera moral: una declaración honesta puede contribuir al triunfo de la justicia y, por tanto, es un acto positivo. Pero si el testimonio se altera, entonces puede producir injusticia y aniquilación de la verdad.
El mal, pues, sustituye a la normalidad del bien, infringe el iter normal, es una entidad privativa.
El dolor aparece como una realidad cruel que se manifiesta a través de la perversión y se configura en dos elementos: el conocimiento y la consiguiente conciencia de la carencia de un bien que existía previamente.
Pero, volvamos a la angustiosa pregunta de Job: «Dios, ¿por qué?».
¿Qué es lo que induce a Dios a permitir el mal? ¿Por qué afecta a un hombre y no a otro? Con toda seguridad, la mayor conquista del hombre sería entender el entramado de un designio cósmico, que nos afecta cada día con sus torbellinos oscuros e impenetrables.
La teología no advierte que el mal viene del demonio, y Dios, igual que un padre convencido del valor de sus hijos, no detiene el poder del maligno, sino que permite la prueba, seguro de la fuerza del hombre. Sin embargo, podemos preguntarnos, con el riesgo de ser considerados nihilistas, ¿esta fuerza la poseemos realmente? ¿O bien, a veces el escándalo del mal es demasiado fuerte, violento e injusto para ser soportado?
La figura de Job y su renegar de la vida invocando la muerte es totalmente comprensible. El mal que todos sufren, de una manera u otra, permite ver en Job el símbolo de toda la humanidad ante aquel dolor que ninguna filosofía es capaz de atenuar.
Ciertamente, sí que existen motivos para quedar desorientados si, por ejemplo, leemos o escuchamos las palabras de la Biblia (Isaías 45, 7): «Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago el bienestar y provoco la demencia, yo, el Señor, hago todo esto».
En la especificación «provoco la demencia» hay una gran contradicción, porque provocar o consentir tienen significados muy diferentes. Pero la exegesis cristiana, pese a tener en la Vulgata una afirmación perentoria (creans malus), niega que Dios sea el autor del mal.
1
BERDIAEFF, N., Spirito e libertà, Milán, 1947, pp. 237–239.