Читать книгу Refuerza tu sistema inmunitario - Patrick Holford - Страница 21
Оглавление5 CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LA INFECCIÓN
Hay un propósito subyacente para cualquier cosa, incluida la enfermedad. El objetivo habitual del dolor físico o mental es llamar la atención sobre un desequilibrio corporal que ha de corregirse. La enfermedad es la manera que tiene el cuerpo de advertirnos de un ataque, en general por parte de fuerzas externas, como los gérmenes. Pero algunas veces nos avisa de que hay algo que no hacemos bien y que nos está causando un mal funcionamiento.
Al enfermar, nuestra energía disminuye porque la necesitamos para mantener el calor corporal, incrementando la actividad de las células inmunes a medida que aumenta la temperatura. Nos duelen o pesan las extremidades porque nuestras reservas disponibles de calcio y magnesio acuden en auxilio de nuestras defensas, privando a las articulaciones de estos minerales esenciales. También pueden experimentarse pérdida de apetito y problemas digestivos, ya que no tenemos energía de sobra para hacer la digestión. Perdemos peso porque usamos las reservas de energía en las etapas iniciales, en vez de dedicarlas a digerir inmediatamente los alimentos (que, de todos modos, no suelen digerirse correctamente en esos casos). La lengua queda recubierta por una fina capa y la piel se deteriora, al ser estas las principales zonas de eliminación de toxinas.
CAUSAS DE LA INFECCIÓN
Hay varios tipos de «gérmenes» (en el aire, la comida, el agua o cualquier otro lugar) que están a la espera de atacar a seres humanos susceptibles: bacterias, virus, parásitos, protozoos y hongos. Estos microbios vivirán o convivirán con nosotros durante un tiempo, se replicarán o reproducirán, y luego pasarán a colonizar otros huéspedes humanos.
Infección bacteriana
Las bacterias son la causa más conocida de enfermedades infecciosas. Algunas intentan eludir al sistema inmunitario rodeándose de una cápsula protectora, por ejemplo, los estreptococos que causan dolor de garganta y las bacterias que causan la gripe, la neumonía y la meningitis. (Hay virus que también pueden provocar estas enfermedades). Otras bacterias poseen paredes celulares resistentes a la digestión gracias a las enzimas intestinales, por ejemplo, la salmonela y las bacterias causantes de la tuberculosis (Mycobacterium tuberculosis) y la lepra (Mycobacterium leprae).
Otras bacterias producen sustancias químicas que intentan inmovilizar al ejército inmune. Entre ellas están el tétanos (Clostridium tetani), la difteria (Corynebacterium diphtheriae) y el cólera (Vibrio cholerae). Sus toxinas siguen siendo dañinas incluso después de la erradicación del microorganismo. Algunas bacterias muy resistentes como las pseudomonas, la listeria y E. coli solo dan problemas cuando el sistema inmunitario está en baja forma por alguna razón, como inmadurez, embarazo, enfermedad o edad avanzada. A menudo se utilizan antibióticos para combatir las infecciones bacterianas. Sin embargo, no todas las bacterias tienen propiedades específicas y muchas pueden abordarse muy eficazmente con un sistema inmune capacitado.
Infección vírica
Los virus son otra causa común de enfermedades infecciosas. Son muy pequeños y, por lo tanto, más difíciles de estudiar. Sin embargo, no existen «proyectiles mágicos» (como los antibióticos) para destruirlos, por lo que todo depende del sistema inmune. La primera línea de defensa contra los virus es el interferón, una forma de acción no específica que permanece inactiva en el cuerpo hasta que tropieza con un virus. Cuando se activa mediante la presencia de partículas víricas, genera una proteína que, de hecho, evita que el virus se replique: lo inactiva. El interferón también evita que la célula huésped (infectada) se reproduzca, por lo que a la larga muere. Es una sustancia muy potente, que depende en gran medida de la cantidad suficiente de vitamina C y manganeso.
Puesto que los virus que causan enfermedades como paperas, sarampión, viruela, herpes, polio, tifus y fiebre amarilla están en la sangre, los anticuerpos pueden atacarlos. El éxito de un virus depende de su capacidad para introducirse en una célula huésped, donde puede utilizar su ADN para replicarse. En efecto, practican uno de los trucos más antiguos del mundo: el caballo de Troya. Llegados a este punto, la única célula inmune capaz de reconocerlos y destruirlos es la célula T citotóxica.
Algunos virus permanecen en el cuerpo incluso después de una infección ostensible y pueden reactivarse en una fecha posterior, causando síntomas idénticos y a veces distintos. El virus del herpes, que causa úlceras bucales, es un buen ejemplo de ello. Y el virus de la varicela puede presentarse en una etapa posterior en forma de herpes zóster, cuando se tienen las defensas bajas.
Los rinovirus (que causan resfriados y gripe) son sumamente resistentes porque cambian constantemente el código de reconocimiento en su superficie. Tan pronto como la ciencia médica encuentra una cura para un tipo de gripe, el virus muta y los investigadores tienen que volver a empezar basándose en una nueva cepa.
Otros agentes infecciosos
Hay menos de veinte protozoos que causan enfermedades en el hombre. En nuestra latitud, no constituyen un problema importante. Cuando atacan, cuesta combatirlos porque sus células son parecidas a las nuestras. Así, lo que los elimina también atacará y destruirá a nuestras propias células. Los más temibles son los protozoos transmitidos por insectos que causan malaria (Plasmodium), fiebre del flebótomo (Leishmania) y enfermedad del sueño (Trypanosoma).
La toxocariasis (que se transmite a los humanos a través de los perros) es la infección parasitaria que más preocupa en el Reino Unido. (Los parásitos necesitan un huésped no humano para reproducirse). Los animales domésticos deben ser desparasitados periódicamente porque las larvas de toxicara se esconden en los vasos sanguíneos del intestino, luego migran al hígado y algunas veces se introducen en los pulmones, los ojos o el cerebro, donde pueden causar daños irreparables.
El pie de atleta, la tiña y la candidiasis bucal son probablemente las infecciones por hongos más conocidas. Las infecciones por cándida (el hongo que causa la candidiasis bucal), en particular, están experimentando un rápido crecimiento. Posiblemente se deba en parte al uso de antibióticos, que eliminan tanto las bacterias buenas como las no deseadas, y que no afectan a los hongos. A menos que se actúe inmediatamente, los hongos son capaces de reproducirse y ocupar todo el espacio colonizado por las bacterias beneficiosas. Tras un tratamiento con antibióticos, es sumamente importante tomar una gran cantidad de yogur, así como un suplemento de vitaminas del grupo B para recuperar el nivel de bacterias y evitar que los hongos ocupen su lugar. Si no se tratan, las infecciones fúngicas persistentes activan la producción de complejos de anticuerpos, que pueden formar granulomas, los cuales, a la larga, se calcificarán y causarán dolores de tipo reumático en las articulaciones.
AVANCES PARA COMBATIR LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS
En el siglo XVIII, los científicos Robert Hooke y Antony van Leeuwenhoek fueron los primeros que abrieron la puerta al misterioso mundo de los microbios, pero sus «nuevos bichitos» solo podían ser reconocidos y observados con microscopios muy sencillos. Se creía que estas bacterias eran las criaturas vivas de menor tamaño hasta que Martinus Beijerinck describió un «líquido vivo contagioso» que causaba la enfermedad del mosaico del tabaco en las plantas. No fue hasta mediados del siglo XX cuando se descubrió que este fluido contenía partículas víricas infecciosas.
Los avances médicos en la lucha contra las enfermedades infecciosas han sido excepcionales desde los albores de la microbiología. Con anterioridad, las epidemias exterminaban a poblaciones enteras. Durante la era de Justiniano, la peste mató a dos tercios de los habitantes de las principales ciudades romanas. En la Europa del siglo xiv, la lepra era un temido asesino. Lo mismo sucedía con la peste, entonces conocida como la «peste negra», que acabó con la vida de veinticinco millones de personas durante la Edad Media. La escarlatina, el sarampión y la tuberculosis fueron los grandes temores del siglo XIX, pero hoy podemos prevenir, tratar o curar todas esas enfermedades. El sida pasará a la historia como la enfermedad del siglo XX, aunque el cáncer y las enfermedades cardiacas, sin ser contagiosos, se cobran un mayor número de vidas.
Sin embargo, la batalla contra las enfermedades infecciosas se ha ido librando por etapas. A finales del siglo XIX, Robert Kock, que estaba estudiando la tuberculosis, concibió la «teoría de los gérmenes» como origen de estas enfermedades. A principios del siglo XX, Joseph Lister descubrió los antisépticos; antes de tal hallazgo, las infecciones se cobraron la vida de muchas personas. Su descubrimiento supuso un avance crucial para la higiene y la salud pública, aspectos que han seguido mejorando hasta nuestros días.
Paul Erlich sentó las bases de la quimioterapia. El descubrimiento de la penicilina por parte de Alexander Fleming señaló el comienzo de los antibióticos modernos, que, desde entonces, se administran con tanta eficacia para eliminar las infecciones bacterianas. Y Edward Jenner introdujo las vacunas, que proporcionan resistencia frente a determinadas enfermedades y hoy se usan ampliamente como medida preventiva.
Sin embargo, a pesar de estos grandes avances, los microbios atacan de nuevo: cambian y se vuelven resistentes a nuestras armas. Se han empezado a buscar alternativas y otras formas de tratamiento y prevención para combatir estas enfermedades nuevas o alteradas. Hay varios caminos que seguir: principalmente, se trata de encontrar otros métodos para eliminar o desarmar a los agentes causales y estimular los propios mecanismos de defensa. Los investigadores no solo miran hacia el futuro, sino también a los tratamientos que usaban los antiguos griegos, egipcios y romanos, así como a los actuales métodos de otras culturas. En la tercera parte de este libro, se describen algunas de estas líneas de investigación.