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SEGUNDA CADENA Y TERCER SEXO

Las cadenas televisivas deberían tener una filosofía o un sexo definido. En España hay, hoy por hoy, dos cadenas canónicas y otras, las autonómicas, extramatrimoniales (hablo del matrimonio hasta ahora monógamo entre el Estado y las ondas electrónicas), y TVE-1, como suele ser natural en la legítima, resulta un cuerpo amplio y fofo, con una línea perdida, multiuso. Por eso la libido del telespectador adulterino se lanza a la segunda en busca de aventura. Lo que encuentra es un concubinato casi igual de casero, insinuante a veces pero a la postre casto. La segunda cadena acaba siendo un híbrido, un raro machihembrado entre el primer canal cuyas sobras y segundas vueltas recibe con demasiada frecuencia y unas pocas iniciativas que deberían constituir su imagen de marca y no pasan de ser brillos insólitos.

Echemos un vistazo, para justificar nuestras palabras, a la actual programación. Desde el punto de vista cultural, que debería, claro está, ser una de las bazas fuertes de un canal de alternativa, lo que TVE-2 ofrece es desolador. Con la excepción del veterano (¿o ya pura y simplemente viejo?) La clave, faltan en ese canal los grandes espacios de debate sobre cuestiones actuales y originales, ya que raramente cumplen tal función las discusiones, por lo general artificiosas y de oficio, que siguen a los videoclips o telefilmes seleccionados por La ventana electrónica. Mejor cubierto está el flanco de la información cultural, pues cuenta con un programa de la variedad y la soltura de Fila 7, con el adecuado espacio teatral Candilejas y con el desigual pero necesario Metrópolis, que trata de cumplir el difícil papel de mensajero de la postmodernidad. Se trata, sin embargo, de espacios limitados por su formato y su estricta misión de servir datos y nutrirse de lo que hay. ¿Dónde están los grandes reportajes monográficos, las series que informen de la fauna y la flora de las artes, las investigaciones filmadas sobre empresas culturales producidas fuera de nuestras estrechas fronteras, el fichaje de un mayor número de programas foráneos semejantes al que ahora vemos en la madrugada del jueves, Seis clases de luz, dedicado con inteligencia a explicar el trabajo de otros tantos maestros de la fotografía cinematográfica?

No es mejor el balance en el terreno de los programas de creación y experimentación. Tatuaje, la caja de sorpresas que José Miguel Ullán viene presentando desde hace varias semanas los miércoles, cumple ese papel en algunos capítulos, y también el equipo de Tablón de anuncios, en una vena más juvenil y hasta scoutista, se permite locuras saludables. Pero en ese apartado yo echo de menos más sorpresa, más riesgo, más programa sin moraleja o finalidad aparente, sin justificación ni afán educativo. Más programas, en suma, como el nuevo e irresistible Suspiros de España, dirigido por Gonzalo Sebastián de Erice, que contó en su debú, hace tres meses, con el raro honor de tener al director de la cadena, Enrique Nicanor, de presentador, en una intervención tan sibilinamente prudente que a mí me sonó, más que a espaldarazo, a disculpa ante el temor de protesta o escándalo.

Y, sin embargo, Suspiros de España no puede ser más sencillo, más inocuo. Cada semana una furgoneta abre sus portezuelas en distintos puntos de España a todo el que –en un minuto– quiera contar su vida, cantar por alegrías, hacer el sinvergüenza (ha habido muchos de estos), protestar por el paro y otras plagas modernas, prometer a la novia de un próximo regreso, asegurar al novio fidelidad eterna, quejarse –esto, los niños– de las muchas tareas y los cates que el profesor impone. El pie forzado del tiempo y el fondo neutro (de fotomatón), unido a la apabullante variedad de voces, fisionomías y caletres, configura un programa que ni por un momento deja indiferente, y en muchos conmueve por la vía patética o la vía humorística.

También sería deseable una mayor envergadura y ambición en los espacios musicales, sobre todo de música clásica, confinada casi exclusivamente al previsible concierto de los sábados y a las espaciadas transmisiones operísticas. De ello resulta que el repertorio clásico que se ve incluye muy poca música nueva y atrevida, y que TV-2, como su hermana mayor, renuncia a intervenir (por ejemplo, al modo de Inglaterra, comisionando óperas para televisión). ¿Y qué decir de la programación cinematográfica? Para mí, pura y simplemente, toda película extranjera que se ve doblada en esta única cadena estatal no mayoritaria y supuestamente cultural es una afrenta, una muestra acentuada de la cobardía propia de los responsables cinematográficos de TVE, que no hacen nada para cambiar los perniciosos hábitos heredados del franquismo. Y así, tras el prometedor esfuerzo del homenaje a Rossellini, los clásicos franceses actuales, el largometraje dominical y hasta los más rebuscados ciclos de Cine club se nos sirven con la flagrante desvirtuación del doblaje.

Espero con ansiedad el inicio del próximo trimestre, con lo que supone de nuevo curso y, presumiblemente, nueva programación. Y hay un enigma pendiente. Si hacemos caso a lo que dijo José María Iñigo en su pataleta de despedida y a lo que insinuó Tola al final de la segunda etapa de Si yo fuera presidente, Enrique Nicanor tiene unas directrices que pretende marcar en su cadena. ¿Habrá por fin telediarios diferenciados de los de la primera, más agresivos, más inventivos, con más fondo? ¿Serán esas directrices simples normas de urbanidad telegénica o calarán más hondo, hasta constituir un cuerpo doctrinal, una auténtica filosofía de lo audiovisual? Ojalá esas y otras preguntas posibles tengan respuestas rotundas que marquen al fin la diferencia entre los géneros. Mientras tanto, pasemos el verano contemplando el andrógino.

Fan fatal

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