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ОглавлениеCOCINA ILUSTRADA
En los márgenes de la programación, a horas poco hábiles y entre dos platos fuertes, hay que ir a buscar frecuentemente las perlas de la televisión. En estos momentos, uno de mis programas preferidos es la página de iniciación culinaria Con las manos en la masa, que dirige Alvaro de Aguinaga.
No he sido cocinero antes que crítico, ni se me dan las artes del perol (me avergüenzo de ser solo capaz de preparar un plato complicado: el shepherds pie inglés o pastel del pastor, que aprendí al cabo de ocho años de estancia británica). Tampoco soy, al contrario que otros comentaristas del medio y escritores de mi generación, cofrade de buenas mesas ni gourmet exigente, aunque, eso sí, estoy muy de acuerdo con el verso de Gerard Manley Hopkings: «Paladar: cubil donde anida la lujuria del gusto».
Pero esa media hora semanal que se guisa y se come Elena Santonja con su invitado de turno me parece un ejemplo de cómo es posible lograr, sobre bienes fungibles como el alimento, palabras e imágenes especiosas, sazonadas y frescas. Santonja, hija y nieta de pintores y artista pintora ella misma, concibe el programa como un breve cuadro en tomo a la experiencia cultural del comer. Un día ilustra la patata con un film de Colón, otro día nos trae el gaditano Quiñones para hablar del pescado de su tierra, y en ocasiones chef y expertos responden con autoridad a sus preguntas pertinentes y llenas de humildad.
Tiene el programa, además, otras virtudes. Su aroma literario no excluye la utilidad práctica, los comentarios están salpicados de humor y bonhomía, y la canción del título (compuesta por Vainica Doble y cantada espléndidamente por Joaquín Sabina y una de las componentes del dúo) es una auténtica delicia. Con sus recetas ilustres e ilustradas, Elena Santonja bien puede convertirse en la Alice B. Toklas española.
Para emular a aquella improvisada cocinera de la literatura, que llevó hasta el fogón su amor por Gertrude Stein, inventando comidas para ella y sus amigos (Picasso y Hemingway, entre otros de peso) y escribiendo el libro de cocina más bello de la historia, a Santonja solo le falta una cosa: desafiar la reciente batalla que José Barrionuevo ha emprendido contra los paraísos artificiales, e incluir en su recetario el pastel de hachís, el manjar, sin duda, más sabroso que cocinó la Toklas.