Читать книгу Mentiras creíbles y verdades exageradas - Enrique Sueiro Villafranca - Страница 12
La verdad no es la equidistancia entre dos mentiras
ОглавлениеEn algunas páginas, como presunto ejercicio de objetividad, brindaré versiones con datos diametralmente opuestos. Soy consciente de que, ante dos proposiciones contradictorias, una al menos es siempre falsa, y a veces ambas. Paradigma de ello es el cálculo de la población indígena en América antes de 1492. La realidad no es la media entre los 13,5 y los 700 millones que exhiben diferentes fuentes, de igual forma que la distancia real entre Pamplona y Madrid (400 km) no es la media ni la mediana entre quienes puedan sostener que son 250 o 550 km. No. La verdad no es la equidistancia entre dos mentiras. A esto se añade la sospecha de parcialidad si no se aportan datos contrarios, por hiperbólicos que sean. Es el caso del número de indígenas muertos por los españoles sin discriminar, por ejemplo, entre los directamente asesinados y los fallecidos por enfermedades, portadas o no por los colonizadores.
También merece recordarse que reproducir fielmente lo que alguien dice no significa que lo dicho sea fiel a la verdad. Por ejemplo, si afirmo que «los Reyes Católicos enviaron el primer hombre a la luna», además de falso es inverosímil. El problema se agudiza cuando algo falso resulta verosímil (similar a lo verdadero), como decir que «durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres». Ambas frases son falsas, pero una de ellas pasa por verdadera para los millones de lectores de la novela que lo afirma, El Código Da Vinci. Hay que estar alerta para rechazar premisas falsas asumidas como incuestionables, no dar por hecho lo que no lo es. Hannah Arendt advierte del terrible impacto de relatos inverosímiles que, sin embargo, cuentan con «suficiente plausibilidad» para la propaganda efectiva.8
En 2002 acompañé a un equipo de la televisión pública austriaca, Österreichischer Rundfunk (ORF), que visitaba Pamplona para un reportaje. Transitando por el céntrico Paseo de Sarasate, encontramos el espectáculo de unas jóvenes bailando flamenco sobre un tablao. Como un resorte, el cámara empezó a grabar. Con intención de contextualizar para quien quizá veía flamenco por primera vez en vivo, le expliqué que ese vistoso baile no era originario ni típico de Navarra, sino de Andalucía. Seguimos adentrándonos por el casco antiguo y, en plena calle de San Nicolás, el reportero observó dos pancartas blancas en sendos balcones. Me preguntó qué significaban la imagen de aquel mapa y la leyenda que lo acompañaba. Se trataba de la representación nacionalista de Euskal Herria, que integra en su proyecto los territorios de Navarra, Euskadi y el País Vasco francés. El texto «Euskal Presoak, Euskal Herrira» venía a reclamar el traslado de los «presos vascos» a Euskal Herria. En este punto añadí dos matices que me parecían relevantes y que conocía bien por haber nacido en Pamplona y haber vivido allí mis primeros cuarenta años. El primero era cuantitativo: esas pancartas eran tan reales como minoritarias allí entonces. El segundo era una explicación obligada para quien desconociera el contexto social y político, ya que esos «presos vascos» no estaban en prisión por ser vascos, sino por pertenecer a la banda asesina ETA.9 La aclaración era y sigue siendo pertinente a mi entender, entre otras razones porque algunos de los años con más asesinatos etarras coincidieron con una triste percepción de esta realidad en otros países europeos. Francia consideraba «refugiados políticos» a los terroristas que asesinaban en España y se escondían en el país vecino. La BBC británica denominaba «grupo separatista» a la banda criminal.
Nunca llegué a ver el reportaje emitido por la ORF, pero muchas veces he pensado en el impacto que aquellas imágenes podrían tener en los televidentes austriacos si se emitían sin un encuadre adecuado.
Ese marco llega con el tiempo, cuando se reúne información clave que en un primer momento es difícil de obtener. La precipitación —tan propia de las redes sociales de nuestro tiempo— explica la desafortunada portada de un periódico como Le Monde al día siguiente de la masacre de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. El titular principal del rotativo parisino informaba de que «los americanos lanzan la primera bomba atómica sobre Japón» y lo calificaba de «révolution scientifique». Quien escribió esas palabras quizá no tardó demasiado en arrepentirse de equiparar aquella matanza con un avance tecnológico.
Portada de Le Monde del 7 de agosto de 1945.
El presidente estadounidense que ordenó aquella acción es el mismo del que se cuenta que, ávido de decisiones sin peros ni matices, pidió un asesor económico manco que a cada afirmación no añadiera «on the other hand» (por otra parte). A Harry Truman no le sirvieron 72 horas para rectificar. El 9 de agosto repitió con otra bomba similar en Nagasaki. Estos dos hitos trágicos eclipsaron otros bombardeos sobre la población civil japonesa, incluso el considerado como el ataque no nuclear más mortífero de la historia: el 9 de marzo anterior, 1.700 toneladas de bombas incendiarias lanzadas sobre Tokio mataron a unas 100.00 personas, hirieron a decenas de miles, dejaron sin hogar a un millón y arrasaron buena parte de la ciudad.10
Qué distinta la reacción de Luka Brajnović, periodista croata en el campo de refugiados de Fermo (Italia), que seguía emisoras internacionales y publicaba noticias de la marcha de aquella guerra. El mismo día de la matanza atómica, tras informar a sus lectores con la máxima precisión posible, escribía en su diario íntimo:
«La conciencia despiadada del hombre de hoy, siguiendo la voz de la pasión, ha elevado la inteligencia humana a un incalculable nivel en su búsqueda del reinado sobre la naturaleza. No estoy reafirmando las frases propagandísticas de la prensa estadounidense, sino que hablo desde la convicción; así como lo siento. Si no maduramos (…), podemos acabar lamentándonos en el sufrimiento y maldiciendo el día en que nacimos».11
Esta finura analítica hizo de Luka Brajnović un maestro inspirador de treinta promociones de profesionales de la comunicación en la Universidad de Navarra, entre los que me cuento. Su huella, acrisolada por sufrir primero la represión nazi y después la comunista, sigue orientando la conciencia de quien se compromete con la verdad, la dignidad y la paz.