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Claroscuros de la acción humana

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El historiador francés Pierre Vilar describe el liderazgo español y su momento dorado, cuando «el castellano es la lengua noble de todas partes. En la Isla de los Faisanes —veamos los tapices de Versalles—, la vieja distinción de la corte castellana anula el lujo sin gusto de Luis XIV y de su séquito. Tendrá que pasar mucho tiempo para que los nuevos ricos, que son Inglaterra, Países Bajos y la misma Francia, perdonen esa superioridad».43 En la penitencia española por aquella hegemonía cabría encuadrar la Leyenda Negra. El autor galo pondera la controversia entre las posturas más extremas:

«Lo esencial, de hecho, es distinguir entre una práctica brutal (pero no más brutal que cualquier otro tipo de colonización) y una doctrina, e incluso una legislación, de intenciones sumamente elevadas (que ha faltado frecuentemente a colonizaciones más modernas). Como la leyenda negra se ha apoyado sobre todo en las denuncias unilaterales de [Bartolomé de] Las Casas, ha sido fácil poner en tela de juicio los horrores, cuyos vestigios concretos resulta difícil encontrar históricamente. Por el contrario, los textos de las leyes y las afirmaciones doctrinales son de indiscutible autenticidad. Negar la leyenda negra no es por eso más objetivo que aceptarla sin crítica».44

El intelectual y revolucionario cubano Roberto Fernández Retamar abunda en la tesis de los claroscuros:

«Los crímenes existieron, sí, y fueron monstruosos. Pero, vistos desde la perspectiva de los siglos transcurridos desde entonces, no más monstruosos que los cometidos por las metrópolis que sucedieron con entusiasmo a España en esta pavorosa tarea, y sembraron la muerte y la desolación en todos los continentes: en comparación con las depredaciones de Holanda, Francia, Inglaterra, Alemania, Bélgica o los Estados Unidos, para mencionar algunas ilustres naciones occidentales, si algo distingue a la conquista española no es la proporción de crímenes, en lo que ninguna de aquellas naciones se deja aventajar, sino la proporción de escrúpulos. Las conquistas realizadas por tales países tampoco carecieron de asesinatos ni de destrucciones: de lo que sí carecieron fue de hombres como Bartolomé de Las Casas, y de polémicas internas como las que encendieron los dominicos y sacudieron al Imperio español, sobre la legitimidad de la conquista: lo que no quiere decir que tales hombres, siempre minoritarios, lograran imponer sus criterios, pero sí que llegaron a defenderlos ante las más altas autoridades, y fueron escuchados y en cierta forma atendidos».45

El también poeta cubano remite a numerosas referencias de otros autores, como Laurette Séjourné, arqueóloga italiana que, tras cambiar su nombre al casarse con su primer marido, francés, se naturalizó mexicana:

«Nos hemos dado cuenta también de que la acusación sistemática a los españoles desempeña un papel pernicioso en este vasto drama, porque sustrae la ocupación de América a la perspectiva universal a la cual pertenece, puesto que la colonización constituye el pecado mortal de toda Europa [...]. Ninguna nación lo hubiera hecho mejor [...]. Por el contrario, España se singulariza por un rasgo de importancia capital: hasta nuestros días ha sido el único país de cuyo seno se hayan elevado poderosas voces contra la guerra de conquista».46

El tono deseable para abordar realidades históricas es el propuesto por el historiador mexicano Francisco de la Maza sobre la figura de Hernán Cortés: ni elogiarlo sin más ni más, ni insultarlo sin menos ni menos. Explicarlo.

Mentiras creíbles y verdades exageradas

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