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Los estereotipos se forjan según la posición… y la de España era superior

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El hispanista sueco Sverker Arnoldsson encuadra en Italia el origen de la Leyenda Negra. No solo porque gran parte de aquel territorio era español, sino porque otros poderosos del momento también lo eran. Por ejemplo varios papas, algunos no precisamente modélicos, como Alejandro VI, cuyo comportamiento incoherente contribuyó a forjar una imagen del español sensual e inmoral.

Medio siglo después de este papa español, el pontífice italiano Paulo IV encarnaría, según Arnoldsson, ese complejo de inferioridad de Italia ante la España líder, conquistadora y exitosa:

«Los denuestos de Pablo IV contra los españoles expresan lo que muchos italianos cultos durante el apogeo y el ocaso del Renacimiento sentían ante el poder español: la pesadumbre de que su propio país —de civilización antiquísima y heredero de Roma— estuviera dominado por un pueblo de calidad inferior en cuanto a cultura, religión y raza. La hegemonía española en Italia era para los sostenedores de tal idea una catástrofe cultural y moral. Los ataques literarios contra los españoles asumían en ocasiones verdaderos caracteres de oposición cultural».51

Si el origen negrolegendario contra España se localizó en Italia, con autores como Girolamo Benzoni,52 fue en los Países Bajos donde cuajó. El historiador alemán Heinz Schilling explica que las imágenes propias y ajenas (estereotipos) de los países europeos se empezaron a fraguar en el comienzo de la Edad Moderna y se basan en dos factores: esos clichés se acuñaron según la posición que cada país adoptó en el siglo XVI, y la imagen de España fue especialmente marcada porque se expuso más que ningún otro en Europa. Su liderazgo mundial entonces hizo que fuera un país «admirado y envidiado por sus riquezas de ultramar y cuestionado por su amplia presencia en todas las plazas europeas como potencia político-militar, cultural y religiosa. En consecuencia, los juicios y prejuicios que surgieron al respecto fueron igualmente nítidos y perfilados y determinaron la imagen de España».53

Schilling considera que, en la formación de estados y naciones, España desempeñó un papel precursor, gracias a la acción unificadora de los Reyes Católicos y a la movilización interna que supuso la Reconquista frente a los musulmanes. Los pueblos europeos percibieron en primera línea las consecuencias de estos desarrollos por la presencia militar española. La experiencia fue ambivalente. Por una parte, la pionera organización de los Tercios producía admiración. Por otra, como las Fuerzas Armadas españolas se componían de tropas de mercenarios y no de reclutas feudales, el resto de Europa se asombraba de la pujanza económica y del poderío logístico de España al movilizar y mantener sus ejércitos. Todo ello era compatible con desequilibrados balances de ingresos y gastos referidos a la acción militar en el XVI, con bancarrotas en 1557, 1575 y 1596. Por suerte para Felipe II, sus contemporáneos apenas atisbaban los problemas de las finanzas españolas. Sin embargo, padecieron directamente sus terribles consecuencias, de las que, por otra parte, «la propaganda antiespañola informó con tanta mordacidad como correspondía a la época».54

Lejos quedaban los años en que alemanes y españoles celebraban su sintonía como pueblos en torno a Carlos V:

«Hispani hat uns gegeben «España nos ha dado
Vier frummer Kaiser reich cuatro píos emperadores.
Karolus noch am Leben Carlos, aún en vida
Nie fand man seiner gleich». no tiene parangón».

Especialmente en los Países Bajos, se consideraba a Felipe II un completo extranjero, no como a su padre, nacido en Gante, hoy ciudad belga.

La progresiva configuración de alianzas y bloques entre las potencias europeas facilitó la difusión internacional de la imagen de España, tan negativa para protestantes como positiva para católicos. Cada bloque generó, con desigual éxito, su campaña informativa. La Europa protestante, abanderada por los Países Bajos, sistematizó a conciencia la producción de contenidos (visuales y textuales), el rastreo de publicaciones españolas críticas con su propio país para traducirlas y difundirlas, la creación de palabras, expresiones y mitos que denigrasen a España, la exageración de verdades negativas y la omisión de las positivas sobre el Imperio hispánico, el apoyo a obras literarias y musicales que supusieran un altavoz cualitativo de permanencia en el tiempo, etc. Todo ello con prioridad de acción política, y fundamentalmente apoyo económico y financiación a medio-largo plazo.

Por su parte, la Europa católica, liderada por España y los Austrias-Habsburgo, pensó que bastaba ser para parecer, infravaloró la comunicación, no previó las consecuencias de la imprenta en la opinión pública futura, priorizó criterios éticos como la verdad, se apoyó en argumentos dirigidos a intelectuales y no al público general, y —en batalla sustancialmente asimétrica— no atacó con propaganda, o apenas lo hizo, a sus enemigos.

Aunque el político francés Talleyrand pensaba que todo lo exagerado es insignificante, la Leyenda Negra constata que exagerar con picardía, constancia y verosimilitud conlleva efectos demoledores para el prestigio legítimo de personas y organizaciones.

Mentiras creíbles y verdades exageradas

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