Читать книгу Bangladesh, tal vez - Eric Nepomuceno - Страница 10

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Antes yo pensaba: “Cada vez que sienta el olor a pasto y meada de vaca, cada vez que sienta frío y hambre, me preguntaré: ‘¿De quién fue la culpa?’”

Después me di cuenta de que llevaba en mí el olor a pasto mojado y meada de vaca, y el frío y un poco de hambre a donde quiera que fuese. Y supe entonces que la pregunta que habría de hacerme, donde fuera que estuviese, vendría de una mezcla de culpa y olor a sudor y sangre; que siempre me encontraría con aquellos ojos duros y fríos como dos faroles viniendo al encuentro de los míos, penetrando mi boca y mi garganta; esos ojos duros y fríos siempre estarían ahí, atravesándome.

Tal vez si Emilio fuera menos valiente, o menos loco. Tal vez si yo no hubiera confiado tanto en Enrique y en todos los demás. Si no hubiera llovido tanto aquella noche, la primera. Si nunca hubiera salido de casa para ir a defender aquello que decían que debía ser defendido.

Otra vez siento mis botas pisando el pasto. De nuevo tengo que atravesar esa reja. El teniente manda a dos hombres para abrirla, y a otros dos más para cubrirlos. Caminamos casi sin parar desde hace una tarde y una noche. No hay señal del enemigo, desde hace mucho tiempo. Hay quien empieza a preguntarse si el enemigo existe.

Emilio y yo vamos a abrir la reja, Enrique y El Negro Raúl nos cubren. Mis botas pisan el pasto. El alicate en la reja; alambre de abajo, alambre de en medio, alambre de arriba: el camino es nuestro. Frente a nosotros el pasto continúa, verdoso, desierto. Allí, adelante hay una arboleda. “Vamos a esperar entre los árboles”, dice el teniente.

¿Esperar qué? Corremos agachados, de dos en dos, hasta los árboles. “Mis valientes veintidós”, dice el teniente.

Emilio siempre fue parlanchín, y siempre fue valeroso. De los veintidós del teniente, el único valiente era él. Enrique era más flaco, más pobre y menos bigotón. Hasta la fecha nos seguimos viendo, de vez en cuando. No me cae bien. Emilio me da miedo. A los otros nunca más los volví a ver.

Empieza a llover, de nuevo, justo después de que llegamos a la arboleda. Nos dieron la orden de esperar ahí. Yo, por segunda vez en la vida, uso zapatos: las pesadas botas de soldado.

Bangladesh, tal vez

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