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ZAPATOS TRISTES

Para Eduardo Luis Duhalde

1

Aún no había empezado a llover, cuando ella dijo: “Tengo frío”. El hombre joven –sin quitarse de la boca el largo y blanco cigarro con filtro– dijo: “Toma mi impermeable del asiento de atrás”.

Poco después detuvieron el automóvil a la orilla de la laguna. Descendieron y caminaron juntos, pero sin tocarse, hasta el restaurante. De pronto, él la miró y comenzó a reír: el sucio arrugado impermeable parecía en ella el abrigo de Charlot. Apenas se le veían las puntas de los dedos.

Ella rió, estaba bonita. Mucho. Cuidadosamente, dobló las mangas del impermeable hasta que sus manos bailaron con libertad.

Estaban muy alegres cuando escogieron una mesa resguardada del viento y la lluvia, que aún no había empezado.

No había mucho de qué hablar. Él, en el fondo, procuraba entender la mirada de los ojos de ella: un ojo bueno, un ojo malo. Estaba muy impresionado.

2

Antes todo parecía más fácil. Bajábamos los tres –René, Simón y yo– al Helvética. Ellos dos siempre pedían Smuggler con hielo. Yo prefería cerveza de barril. Simón solía pedir queso.

Después de un día lleno de sorpresas, nos gustaba hablar sobre cualquier cosa. René juraba que algún día el futbol de su país sería reconocido como noble y valioso. Reíamos los dos. Después, Simón nos hablaba y compartíamos sus recuerdos sobre una ciudad que había sido la mejor del mundo pero que había desaparecido.

Recordaba el mar y las arenas de la playa y los cafés llenos de borrachos y amigos.

“Aquéllos fueron buenos tiempos”, decía, “y ustedes, hermanitos, ustedes no estaban”.

Discutíamos cualquier cosa. Era una manera de espantar el miedo y el coraje. Aquellas idas al Helvética, que ya no existe, eran una gran alegría.

3

–No podemos dejar espacio para más muertes, ni para más derrotas –decía yo.

–Estoy cansado de todo eso –decía René.

4

Los dos se miran, ríen y no saben qué decir. El mesero los contempla con paciencia. Se miran una vez más y no se tocan. Actúan con naturalidad mientras esperan la lluvia. Ella recoge sus cabellos sobre la nuca y pregunta:

–¿No tendrás algún segurito?

Sus cabellos caen divididos por la mitad, y cubren sus ojos.

–Necesito cortármelo, estoy harta de tanto cabello.

Él ríe y dice:

–Déjatelo como está, está bien.

La mira de nuevo y sonríe.

5

La ciudad estaba sitiada: en cada esquina había un grupo armado montando guardia. A las ocho en punto de la noche comenzaron los tiros. Nunca se supo cuántos murieron. Nunca se supo quién disparaba a quién. Cualquier sombra movediza se convertía en blanco. Ahí comenzó todo y todo se perdió. O tal vez antes.

René llegó un día soleado, cuando yo me iba. Vino a ver la guerra y trajo a la mujer. Bromeamos con él.

–Aquí hay tiros en la noche, se dice que hay gente murién-dose –dije.

Y él respondió:

–Qué va, hermanito, yo vengo de una tierra en donde todo el mundo está acostumbrado a lo que ustedes cuentan de aquí. No pasa nada.

Era una tarde de sol y nos sentamos a tomar cerveza. Él reía con alegría.

Esa noche murieron 17, pero él estaba acostumbrado.

6

El hombre joven y la muchacha conversan sobre cualquier cosa. Fuman del mismo cigarro, comparten la misma cerveza. La muchacha es lindísima y él le dice:

–Eres muy, muy bonita.

Ella lo mira de frente y dice:

–Antes lo era más.

Él termina el vaso de cerveza y dice:

–Eres muy bonita ahora. Y no importa, antes yo también era más feliz.

7

Antes había un rosario de puntos firmes en qué creer. Una tierra y otra y otra y otra. Y una a una, se fueron cayendo todas pero sería inútil e imposible hablar de eso ahora.

Ella dice:

–Claro, claro, tú andas muy preocupado con tus asuntos, con tus grandes cosas.

Él dice:

–Estás muy bonita.

Los dos se miran otra vez y ríen de nuevo. Después, él susurra:

–No importa: un día será nuestro turno. Derrotados, no. Tendrán que destruirnos uno por uno, uno por uno. Porque nosotros no perdemos. Ah, no: perder, no. Acabar con nosotros, eso sí pueden. Es lo que están haciendo. ¿Qué es de nosotros? Cada uno por su lado, cada uno quién sabe dónde. Casi, casi doblegados, pero todavía somos muchos los que estamos vivos y eso basta. Derrotados, no.

Él paga la cuenta y los dos caminan otra vez hacia el carro. Poco a poco llega la lluvia. Ella levanta el cuello del impermeable. Mira hacia el cielo oscuro y sonríe una vez más. Él piensa: “Cada vez está más bonita: es una lástima que deba irme ahora, otra vez”.

8

¿Cuántos años fueron? ¿Seis, siete, ocho? ¿Por qué creímos tanto? ¿Por qué creímos?

Porque alguna vez sentimos que no había otra salida y que nada podría terminar como está. Y porque supimos que poco a poco soplaría un viento fuerte, un viento sin fin, que lo habría de cambiar todo, todo.

Ésta es una tierra extraña y hay un mar infinito separándonos. ¿Aquello era necesario? ¿Es necesario que sea así?

Camino el día entero, y puedo estar alegre o triste como si todo fuera como antes. Pero hay una hora en la que es de noche y regreso a casa. Siempre hay algo, una esperanza cualquiera, un recuerdo suelto.

Siempre está ese momento en el que uno se quita un zapato, y luego el otro.

Permanecen los dos, uno al lado del otro, al pie de la cama. Zapatos tristes y vacíos. ¿Buscando qué?

9

El automóvil rueda despacio bajo la lluvia. Después de algún tiempo se detienen en otro bar, a una cuadra de la playa.

–Voy a echar de menos este mar, este ruido sinfín.

Ella escucha en silencio.

–Voy a echar de menos caminar por estas calles. De hecho, ahora mismo echo de menos una infinidad de calles desparramadas por tantas ciudades.

Y entonces ella dice:

–Estás lleno de resentimiento. Como si hubiera un letrero: “Cuidado, pintura fresca”.

Y después dice:

–No creas que sólo eres tú, no creas que el mundo se detuvo ahí. Yo también ando cansada, todo el mundo lo está. Es más, incluso ya estoy enferma.

Y después pregunta:

–¿Eres capaz de acordarte de toda esa alegría? Dime: ¿qué fue de aquella alegría? ¿Dónde está la alegría?

10

Al cabo de dos años, él enfrenta otra vez la vida: reasume su nombre, vuelve a peinarse como antes, se quita los lentes de vidrio. Después de dos años, por primera vez, dormirá sin la pistola en la mesita de noche.

–Mi arma siempre allí, al alcance de la mano. Si ellos vinieran de madrugada, si llegasen de noche, yo lo sabía: no tendría salida. Lo único que podría hacer sería dispararme un tiro en la boca. Porque caer vivo, no. Aunque yo dijera todo, mi mujer y mi hijo siempre estarían ahí para que ellos hicieran más y más. Aunque yo no supiera nada, ellos irían hasta el final, destrozando todo y a todos, mi mujer, mi hijo.

Después de dos años, estamos del otro lado del mar y bebemos un brandy llamado Don Vital. Él habla sobre la pistola y tantos amigos asesinados. Pero no importa: “Estamos vivos”, dice al final.

Queremos reír y estar alegres. Es casi una obligación. ¿Será posible?

11

Ella extiende la mano sobre la mesa. Es de madrugada. Él recorre, con su dedo índice, cada uno de los dedos de la muchacha.

Y piensa: “Exacto, es como un juego, una alegría”.

12

Ahora, una vez más, nos despedimos: hay que desparramar gente por el mundo, hay tanto trabajo por hacer. Aquí será diferente: nada de alegrías inmediatas, esperanzas.

Aquí, sobre todo, un par de zapatos en la orilla de la cama, cada uno mirando hacia su lado; tristes y cansados.

Aquí, de una manera u otra, hay que comenzar todo de nuevo.

13

Él la mira y piensa: “¿Cómo explicarlo?”

–Algún día te apareces por allá –dice–, o yo vuelvo por aquí.

Ella lo mira, pasa con suavidad la mano por su cuello y después ríe:

–No trajiste los seguritos. Ahora sí, me voy a cortar el cabello.

Y después dice:

–Es mejor así.

Cuando ella se fue, él pensó: “Estoy cansado, y tanto, de tanto nunca más”.

Bangladesh, tal vez

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