Читать книгу Bangladesh, tal vez - Eric Nepomuceno - Страница 21
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ОглавлениеCada vez hace más frío. La poca claridad que queda se desparrama en finos pedazos.
La fogata de Jorge El Flaco, con fuego de hierba, no ayuda mucho. Deseo que la noche llegue pronto.
Alguien grita: “¡Eeeia!”
No reconozco la voz. Pero veo que todos corren, y corro junto a ellos. Cada uno lo hace con su mosquete; el mío lo tiene El Negro Raúl. Corremos todos hacia la silueta perdida al final del pasto ralo, allá, lejos.
Ella espera parada, asustada por la algarabía de los seis soldados que corren y gritan. El primero en hablar es Enrique, el jefe. Pero ella no entiende nada y se queda mirándolo. Es pequeña, tiene el cabello lacio, amarrado tras la nuca y los ojos grandes y negros. Su ropa parece un arcoíris. No usa sombrero.
Enrique, el jefe, pregunta por la aldea, quiere saber dónde está el capitán Antonio Torres, la tropa, General Álvarez; dónde hay luces, gente. Ella lo mira sin entender y Enriquito asesta: “Está bromeando, vamos a llevárnosla hasta la fogata”.
Ella viene, sin entender ni resistirse, Jorge El Flaco ríe enfurecido, Renato está asustado. Andrés tiene los mismos ojos sombríos de siempre. El Negro Raúl jadea.
Hay bastante camino entre donde estamos y la fogata. Enriquito insiste, El Negro Raúl grita y Andrés golpea con la mano el rostro de la india: es el primer golpe en el rostro, después viene otro, y otro.
La india no dice nada, no entiende nada. ¿Tendrá miedo? ¿Mucho?
De repente, Jorge El Flaco agarra a la india por atrás, la jala de los brazos y los dos caen al suelo. Enrique, el jefe, observa. Andrés grita, El Negro Raúl grita, Enrique grita y grito yo.
La india y Jorge El Flaco se retuercen. Él ríe, todos reímos. La india se levanta e intenta correr. Raúl la derriba, ella cae de bruces. Jorge se avienta encima de ella, y ése es el primer golpe, en la nuca. Después vienen más, en la espalda. Ella forcejea con sus piernas. Andrés pisa la pierna izquierda de la mujer y ríe. Jorge El Flaco le reparte más golpes. Enrique, el jefe, le extiende los pies, y con el pie derecho pisa fuertemente la espalda de la mujer.
Jorge, porque tiene el derecho, es el primero. Ella forcejea, grita y aúlla; y muerde: Jorge se levanta mostrando las marcas de los dientes en su brazo.
La india se queda sentada en el suelo. Amaga con levantarse, pero es el turno de Andrés, y éste le patea la barriga. Ella cae. Andrés salta encima de ella: cumple. Ella grita, Andrés le pega, El Negro Raúl le pega, Jorge El Flaco le pega, y Enrique, el jefe, le pega en la cara, con manos y codos, y en el cuerpo. Andrés se transforma en un potro feroz cuando cabalga a la mujer.
Ahora es el turno del Negro Raúl. La mujer está quieta. De espaldas contra el pasto mojado, mientras su nariz y boca sangran, jadea como lo hace un caballo después de haber galopado. De espaldas contra el pasto, húmedo de sudor, sus piernas rollizas y morenas aparecen entre los jirones del vuelo de la falda: unas piernas desolladas por las botas de los soldados, y una falda ensangrentada.
Cuando El Negro Raúl avanza y cae sobre la india, ella no habla ni grita. El Negro Raúl ríe. Ella extiende una mano de dedos cortos, delgados y áridos, y con la uña araña el párpado izquierdo del Negro Raúl hasta hacerlo sangrar.
Entonces, los cuatro la golpean de forma simultánea, mientras Renato y yo miramos. Tengo miedo, cuando menos me doy cuenta estoy gritando.