Читать книгу Bangladesh, tal vez - Eric Nepomuceno - Страница 8
COSAS QUE SABEMOS
ОглавлениеAhora ya no pienso tanto en eso, pero todos sabemos cómo fue.
Lo sabemos muy bien. La gente que estuvo ahí en ese entonces sabe lo mismo que tú y yo. Y los que después estuvieron ahí también. Es imposible no saberlo.
Aquello fue algo único y hasta la fecha, en las noches que no puedo dormir, imagino los gritos y el estruendo de piedras siendo partidas. En las noches que no puedo dormir escucho ese estruendo como si ocurriese ahora.
No podíamos hacer nada y todos lo sabíamos. Lo sabía yo y lo sabías tú. No podíamos hacer nada.
Por las noches, en toda la ciudad, se escuchaban gritos y aquel estruendo de piedras partiéndose. Era una cadena de fuertes detonaciones y yo imaginaba el camino recto y breve de aquel fuego nocturno como el masticar de un bicho enorme. Los muchachos disparaban desde los tejados mientras todos sabían que no podíamos hacer nada. Pero ellos estaban dispuestos a todo: ya no pensaban.
En los días siguientes aparecieron los cuerpos en el río. Los traía la corriente, hinchados y violáceos. La gente se asomaba sobre el murallón de los puentes y contaba los cadáveres. Algunas mujeres lloraban y gritaban; y ése es el grito que escucho las noches que no puedo dormir.
Algunas mujeres contaban en voz alta los cuerpos que venían. Era como una antigua letanía alucinada.
Una tarde, entre los cuerpos, vino flotando el de un perro hinchado. Había también pedazos de una cama. Entonces la mujer señaló el perro y comenzó a reír bajito; después esa risa fue creciendo hasta transformarse en un aullido infinito. Ella estaba allí, en el puente, contando cadáveres desde hacía tres días y dos noches.
Cuando el cuerpo del perro apareció rondando en el agua, la mujer comenzó a reír. La cabeza del animal golpeaba los pedazos de la cama. El sonido de la cabeza hinchada contra la madera mojada parecía el de una fruta madura que cae en el barro blando. Era muy divertido. No había nada más divertido. Nada en el mundo podría haber sido más gracioso.
Con el tiempo, los cadáveres comenzaron a desaparecer. Poco a poco, la gente fue abandonando los puentes: la esperanza se fue. Pero la mujer siguió allí durante muchos días más, incluso cuando ya no se veían más cadáveres y el río había vuelto a ser un simple río sucio.
Allí estaba ella de pie, sola, dejando oír a ratos aquella risa de la primera vez.
Allí estaba ella de pie, sola, cuando los soldados vinieron a llevársela.