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LA CEREMONIA

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Había un muro amarillento, de pintura descascarada. Había manchas verdosas junto al suelo, al pie del muro, y el pasto estaba crecido. Cuando llovía, el agua se encharcaba junto al muro. Detrás del muro había un patio de tierra, y al fondo, donde alguna vez estuvo su continuación, o quizás otro muro, sólo había pedazos de ruina. Al fondo, junto a esos pedazos de ruina, había también un caserón sin ventanas y con tejas sueltas y rotas en el techo. El caserón también era amarillento.

El camino que llevaba al muro del frente era sinuoso, colina arriba. Era un camino estrecho, de tierra, con pasto alto en los bordes.

Era mayo y faltaba poco para el comienzo de las lluvias. Las mañanas parecían comenzar más temprano, y el camino colina arriba, el que llevaba al muro y al caserón, amanecía mojado: el pasto de sus márgenes escurría agua al amanecer.

Éramos doce subiendo la colina, por el estrecho camino de tierra. Éramos un grupo silencioso y nuestra respiración despedía pequeñas nubes de vapor mientras caminábamos con prisa. Caminábamos en fila y nadie decía nada. Eran cuatro los soldados que abrían la fila y cuatro los que la cerraban. Dos llevaban metralletas. Los otros fusiles. En ese amanecer todos eran personas nerviosas, como nosotros tres. Éramos jóvenes, los tres, y acompañábamos a los otros ocho soldados, con los músculos y los nervios tensos.

Demoramos diez minutos en subir desde el asfalto, donde nos había dejado la camioneta, hasta la mitad de la colina.

Había otra persona, además de nosotros tres y los ocho soldados: era un hombre flaco, con la piel quemada por el sol. Tenía los brazos cruzados en la espalda, sus manos estaban atadas, iba descalzo y caminaba mirando el suelo.

Cuando nos detuvimos en medio de la subida me miró por primera vez, pero era una mirada vacía, como si atravesara mi rostro y continuase por la campiña mojada por el rocío: primero colina abajo, después colina arriba.

Fue mínima, la parada. El soldado que abría la fila era gordo. Fue él quien, después de hacer un gesto con la mano para que nos detuviéramos, miró al muro. Debe haber visto algo que yo no vi. En seguida, y siempre sin decir palabra, nos indicó, con un gesto corto y veloz de su mano izquierda, que debíamos continuar.

El resto fue rápido.

Bordeamos el muro y el hombre con los brazos cruzados y atados a la espalda pisó un charco de lodo. Iba delante de mí. Logré evitar el lodo. Bordeamos el muro y entramos al terreno que alguna vez fue el patio de un antiguo caserón de hacienda.

Había amanecido un poco más, y salieron cinco soldados del caserón.

Uno de ellos sonrió y volvió a meterse en el caserón, después salió acompañado por un sargento y un teniente. El teniente era joven, tenía bigotes finos y usaba lentes negros.

Lo que más me impresionaba era el silencio: gestos mudos dirigían aquel extraño concierto.

Todos miraban al hombre de las manos atadas. El teniente hizo otro gesto y nosotros nos apartamos del grupo. El teniente nos llevó junto al muro y encendió un cigarro sin filtro. Y fue entonces que escuché las primeras palabras que parecían llevar un siglo en el aire, hasta llegar a mí:

–Hay que esperar un poco más. Un poco, nada más. La otra patrulla está por llegar con los otros. Acabamos rápido, no se preocupen. No podemos demorar. Aquí es peligroso.

Nos quedamos los tres apartados en un rincón del terreno, y el teniente se incorporó al grupo de soldados.

Todavía estaba amaneciendo, era un amanecer que no se decidía a amanecer. Escuchamos ruidos en el pasto.

Hubo un súbito alboroto entre los soldados que se desparramaron por el terreno buscando la protección del muro y las ruinas, y por un instante el hombre con las manos atadas quedó solo al frente del caserón: parecía más abandonado que nunca.

Surgió otro grupo por atrás de las ruinas, otros diez soldados. Entre ellos había una mujer, también con los brazos atados a la espalda, un joven flaco que cojeaba y tres niños. El menor de los niños debía tener unos seis años; el mayor, unos diez.

Cuando el sargento se rascó la oreja derecha, entendí que era un gesto de irritación. El teniente caminó rápido para hablar a los soldados que llegaban. Conversó con uno. Después el teniente se nos acercó y habló mirando de manera extraña por encima de nuestras cabezas:

–Hubo un imprevisto. Hubo que traer a los niños. Las órdenes eran claras: no traer niños. Pero no hubo más remedio.

Volvió al segundo grupo y todos los soldados estaban a su alrededor. En seguida, entraron todos los del segundo grupo, junto al teniente, en el caserón.

El hombre descalzo me miró por segunda vez. No dijo nada. Uno de los niños se quejó. La mujer dijo: “Quieto, Pedro, quieto”. Parecían terriblemente calmos, el hombre, la mujer y el muchacho que cojeaba. Los niños estaban callados.

Del caserón salió primero el teniente. En seguida salieron el sargento y cuatro soldados. Separaron a la mujer y a los niños, que fueron llevados hasta la pared del caserón, al lado de lo que algún día había sido una puerta. Entonces vi el rostro de la mujer. Era un rostro joven, increíblemente joven.

Ella miraba al hombre flaco y descalzo. Uno de los niños, el mayor, comenzó a llorar en silencio. El teniente hizo un gesto áspero, pero el niño continuó su llanto agudo.

El sargento y uno de los soldados fueron a hablar con el hombre descalzo y el muchacho que cojeaba. Hablaban en voz baja y el sargento gesticulaba mucho. Desde donde estábamos, no oíamos nada. El hombre descalzo no abría la boca, apenas si miraba al sargento. El sargento hizo un gesto con una mano y el soldado, a empujones, llevó a la mujer junto al hombre descalzo.

El sargento gesticuló y habló. El hombre descalzo siguió callado. El sargento hizo otro gesto y de la puerta del caserón salió otro soldado, que se acercó a los niños.

El soldado no tenía más de quince años y a la distancia advertí, en aquel brazo que empujaba a los niños hacia el caserón, un aire como de afecto. El niño mayor lloró, ahora en voz alta, y el soldado joven le acarició los cabellos, calmándolo, y desaparecieron dentro del caserón.

Cuando los tres niños ya estaban adentro, el sargento habló con suavidad con el hombre flaco y descalzo. De repente, pegó una rápida patada en las rodillas del muchacho cojo; el muchacho quiso protegerse, como si sus manos estuvieran libres, perdió el equilibrio y cayó.

El muchacho intentaba levantarse cuando el sargento de un solo manotazo abrió en dos el vestido de la mujer. El hombre descalzo no quitó los ojos del sargento ni por un instante.

El sargento miraba con furia y no decía nada. El teniente que contemplaba todo a distancia se acercó. La mujer, indefensa, intentaba recoger el cuerpo, los brazos atados a la espalda, para proteger sus pequeños senos desnudos. El teniente dijo alguna cosa al oído del hombre descalzo.

El muchacho consiguió por fin levantarse y quiso cubrir el cuerpo de la mujer, desnudo y desamparado de la cintura para arriba, y entonces el sargento le dio un empellón y lo derribó otra vez.

El teniente continuaba hablando al oído del hombre descalzo, que miraba el muro. El teniente miró a los dos soldados, hizo un gesto mínimo con la cabeza, el soldado se aproximó a la mujer por detrás, la abrazó de un zarpazo y le clavó las manos en los pequeños senos. La mujer se debatió y gritó y el hombre descalzo intentó patear al soldado que la agarraba por detrás y desde el caserón llegó el llanto de un niño.

El teniente gritó alguna cosa y dos soldados se abalanzaron sobre el hombre descalzo y otros dos sobre la mujer.

El teniente dijo:

–Vamos rápido, vamos de una vez.

Nosotros tres no nos movimos ni dijimos nada. Ni siquiera nos miramos.

Fue todo muy rápido. El hombre descalzo y el muchacho que cojeaba fueron vendados y llevados junto al muro. En ese instante la mujer empezó a gritar y uno de los soldados le tapó la boca con un pedazo de trapo marrón, mientras otro se metía dentro del caserón para acallar a los niños que también gritaban.

Cuando el hombre descalzo y el muchacho que cojeaba fueron colocados junto al muro, un soldado les cerró las bocas con tiras de paño blanco y después les quitó las vendas de los ojos. El hombre descalzo y el muchacho que cojeaba pudieron ver lo mismo que nosotros estábamos viendo: cómo arrastraban a la mujer al medio del patio. El hombre descalzo lloraba en silencio mientras el sargento penetraba a la mujer.

El sargento estaba sentado sobre el vientre de la mujer; y otro soldado se acercó a la cabeza de la mujer y se sentó sobre su rostro. El soldado reía, después empezó a saltar sobre la cabeza de la mujer. Desde el muro, el muchacho que cojeaba volvió el rostro al suelo.

Cuando salió de la mujer, el sargento sonreía. En el suelo, la mujer todavía intentaba protegerse, la boca cubierta por el trapo marrón, las manos atadas a la espalda. Un soldado la levantó por la cintura, le arrancó los restos de ropa y la penetró por atrás.

Nosotros tres continuábamos en silencio, pero cuando el soldado levantó a la mujer por la cintura y la penetró por atrás, yo volví el rostro al caserón y sentí que iba a vomitar.

La mujer fue colocada de bruces en el suelo y entonces el teniente, que había quedado parado con las manos en la cintura y las piernas abiertas, hizo un gesto de impaciencia y nueve soldados formaron fila frente al muro.

La mujer fue arrastrada, desnuda, junto al hombre descalzo. Alguien la levantó, apoyó su cuerpo contra el muro. Ella temblaba y lloraba y agitaba la cabeza. El hombre descalzo estaba quieto. El cuerpo desnudo de la mujer se escurrió y se sentó sobre el suelo de tierra. Dos de los soldados salieron de la fila y volvieron a levantarla. Entonces ella quedó parada, al lado del hombre descalzo que miraba al frente. El teniente levantó la mano y de repente la bajó: nueve estruendos sonaron como uno.

Los cuerpos quedaron junto al muro. El cuerpo del hombre descalzo se agitó un instante. El cuerpo de la mujer quedó doblado hacia adelante. El sargento se acercó y apoyó su pistola en la nuca del hombre descalzo, pero no disparó. Nunca entendí por qué diablos no disparó. Tocó con la punta de la bota el cuerpo de la mujer joven, que se desplomó de lado.

El teniente nos dijo:

–Ahora vámonos, rápido.

Pregunté por los niños. El teniente dijo:

–Después, después. Ahora vayan, bajen, rápido.

Uno de mis compañeros insistió:

–¿Y los niños? ¿Qué van a hacer con los niños?

El teniente dijo:

–Para ustedes tres, se acabó. Esto va a ponerse feo. Váyanse ya.

Mi compañero, el que había insistido, dijo:

–No, no. No se acabó. Quiero saber de los niños.

Mi compañero se quedó, mientras nosotros dos bajábamos por el camino, acompañados por cuatro soldados. No hablamos nada mientras bajábamos rápido hacia el asfalto donde la camioneta nos esperaba.

Esa misma noche, en el hotel, mi compañero nos contó el final de la ceremonia. El menor de los tres niños había recibido un tiro en la frente; los otros dos, en la nuca.

El menor de los niños cayó para atrás, los brazos abiertos. El niño que se llamaba Pedro se despidió de los soldados cuando el sargento se acercó con la pistola. Esta vez, el sargento disparó.

Pedro le había dicho al soldado joven:

–¡Dile que no, dile que no!

Y cuando vio que el sargento apoyaba la pistola en su nuca, dijo apenas:

–Hasta luego.

Bangladesh, tal vez

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