Читать книгу Historias malditas y ocultas de la historia - Francisco José Fernández García - Страница 11
ОглавлениеLas guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos.
Bob Marley
ATILA Y LA ESPADA MÁGICA
Atila fue un sujeto peligroso, de aquellos con los que es mejor mantener las distancias y no encontrarse cara a cara; incluso no dudó ni un instante en liquidar a su propio hermano, Bleda, en el año 444. Se dice que este personaje nació en el 404, para desgracia del mundo romano, en las llanuras húngaras de Panonia. Gracias a su carisma e ingenio consiguió unificar a su pueblo, disperso por clanes y tribus, y crear el Imperio Huno, cuya existencia fue breve ya que a su muerte todo se derrumbó. Parece ser que Atila exageró su imagen de bárbaro sanguinario y despiadado sólo para amedrentar e infundir miedo al enemigo, o sea, hizo «un poco de publicidad para que se hablara de él». También se dice que fue un político astuto y un gran guerrero, a veces indulgente y algo refinado, que prefería la negociación al combate.
Autores clásicos, como Amiano Marcelino, han descrito la ferocidad, crueldad y desolación que dejaban los hunos a su paso, y Jordanes nos legó una detallada descripción del aspecto físico de éstos. No tiene desperdicio:
No hacen uso del fuego, sus movimientos de ataque son rápidos, tienen gran destreza en el manejo del caballo así como del arco y gritan ferozmente. Tienen la cabeza muy grande, una nariz achatada, sus ojos son pequeños, de color negro y hundidos, con prominentes y oblicuos pómulos. No tienen barba, pero sí grandes y separadas orejas, sus cuerpos son cortos y cuadrados, con anchos hombros.
Ésa era la descripción que hicieron los romanos de esos hombres a los que llegaron a temer. Tanto fue así que Teodosio II de Constantinopla le concedió a Atila el título de magister militum y llegó a pactar con los hunos una serie de cláusulas en las que convertía a su propio Imperio en vasallo de éstos. Por ejemplo: los romanos debían devolver a los hunos cualquiera de sus súbditos que hubiese huido al territorio imperial, lo que constituía todo un problema debido a la barbarización del ejército; los romanos no podían realizar alianzas en contra de los hunos y los comerciantes hunos tenían los mismos privilegios en las fronteras que los mercaderes romanos.
A pesar de esas generosas ofrendas, los hunos se lanzaron, en el año 441, a saquear los territorios del Imperio. En el 443, el Imperio aceptó pagar fuertes sumas de dinero para mantener a los hunos alejados un tiempo, pero eso no bastó, ya que en el 447 pasaron las Termópilas y llegaron a Constantinopla, con la consiguiente evacuación de gran parte de las orillas del Danubio. Según cuenta Prico de Panonio, los campos estaban devastados y las ciudades llenas de muertos. Cuando murió Teodosio en el año 450, su sustituto, Marciano, dijo que no pagaría los subsidios que le debía a Atila, por lo que éste se puso en marcha hacia Occidente. En fin… éste fue el ejemplo que dio nuestro protagonista en vida; ahora veamos qué nos cuenta la Historia sobre su fin.
Todo indica que Atila murió de una gran borrachera en su noche de bodas, días antes del brutal ataque que tenía planeado contra Roma. Las crónicas relatan que Atila, siguiendo las costumbres de su pueblo, realizó el ritual huno del brindis, que exigía ponerse en pie y vaciar su copa, junto con el invitado de mayor rango. Lo que no había previsto el inventor del ritual era que Atila, a consecuencia de su ceremonia de bodas, había reunido a todos sus generales, que eran bastantes, con sus respectivas tropas para la invasión de Roma. Así que entre brindis y brindis con cada uno de éstos, acabó la noche con una tajada de campeonato. Las historias afirman que esa misma madrugada, y como consecuencia de la abundante ingesta de alcohol, murió en sus aposentos a causa de una hemorragia que provocó que se ahogara con su propia sangre.
Una de las historias mágicas e insólitas que se cuentan sobre Atila explica que era poseedor de una maravillosa espada que sus hombres habían bautizado con el nombre de «la espada del dios Marte» —quien sabe, quizás esto dio paso con el tiempo a la famosa Excalibur del rey Arturo—. Según relata una antigua historia de los hunos, un famoso rey del pasado llamado Marka, que consiguió someter y dominar toda la tierra conocida hasta el momento, ordenó en su lecho de muerte enterrar su prodigiosa espada, pues así se lo habían indicado los dioses, quienes prometieron conceder ese trono y la invulnerabilidad en el campo de batalla al que la encontrara en el futuro.
El relato continúa con un pastor que observó cómo uno de sus animales cojeaba y sangraba por una pezuña. Intrigado por la herida del animal, exploró la zona y encontró parte de la hoja de una espada saliendo de la tierra. Tras avisar a las autoridades y éstas a Atila, se desenterró la espada. Atila con gran devoción la llevó consigo hasta el final de sus días, enterrándose con ella.
Otro misterio es el paradero de la tumba de Atila, que se supone que estaría en algún lugar cercano a la ciudad de Budapest, pero que jamás ha sido encontrada. Esta tumba esconde un fabuloso tesoro, amén de la espada ya mencionada y del propio ataúd, que se cree es de oro. Se dice que los propios soldados que cavaron la tumba de Atila posteriormente se quitaron la vida, voluntariamente, para protegerla de los profanadores.