Читать книгу Historias malditas y ocultas de la historia - Francisco José Fernández García - Страница 14
ОглавлениеUn historiador es un profeta al revés.
José Ortega y Gasset
HERÓDOTO, ESPÍAS Y MILAGROS
Seguramente Heródoto (480-430 a.C.) ha sido el hombre más inquieto y con más ansias de conocimiento de toda la Historia. Es por ello que decidió recorrer todas las ciudades y puntos neurálgicos del momento. Fue una hazaña parecida a la que realizó el personaje de ficción Willy Fog con su vuelta al mundo, aunque tardó bastante más que los 80 días y sin apuestas de por medio.
Este viajero incansable nació en la costa suroeste de Asia Menor, en Halicarnaso más concretamente, y puede decirse que su primer viaje lo realizó por la fuerza tras verse envuelto en un golpe de estado contra el tirano Lígdamis. Según todos los datos, ese intento fracasó, por lo que Heródoto fue desterrado y tuvo que marchar a la isla de Samos. Fue ahí donde comenzó su periplo imparable por el mundo conocido: viajó por el Bajo y Alto Egipto, así como por Asia Menor, Babilonia, partes de Escitia (Olbia, Crimea), Cirene, Creta, las islas del Egeo, casi todo el continente griego y la Magna Grecia. Sus historias —él mismo nos lo dice en su obra— son fruto de múltiples viajes por todos estos lugares y de conversaciones con sacerdotes, viajeros y personas de muy diversos pueblos y orígenes. Es por ello por lo que se le considera el padre de la Historia, ya que nos narra los acontecimientos y sucesos de los hombres, buscando las razones por las que éstos realizan sus actos, actos que hasta entonces sólo habían estado reservados a las figuras y hazañas de los dioses. Heródoto sentó con sus libros las bases de la ciencia y creó la Historia Universal.
Toda la extensa obra de Heródoto consta de nueve libros y fue realizada, según nos cuenta el autor en el prólogo del primero de sus libros, para evitar que con el tiempo los hechos humanos quedasen en el olvido y sus empresas relevantes sin realce.
En estas obras podemos encontrar multitud de leyendas, sucesos extraordinarios y prodigiosos, todos dignos de ser leídos y conocidos. Lógicamente es imposible exponerlos todos aquí, pero lo que sí puedo hacer es poner algunos ejemplos que me parecieron muy curiosos y simpáticos; espero con ello abrirles el apetito por su obra:
Pero voy a volver a un punto de mi relato en el que antes quedó omitido un detalle. Los lacedemonios fueron los primeros en tener noticias de que el Rey se disponía a atacar Grecia (de ahí que despacharan consultores al oráculo de Delfos, donde recibieron el vaticinio que cité hace escasos capítulos). Y tuvieron noticias de ello de una manera singular. Demarato, hijo de Aristón, había buscado asilo entre los medos y en mi opinión… no sentía simpatías hacia los lacedemonios, por lo que cabe preguntarse si su gesto se debió a razones de simpatías o si lo hizo con un propósito mordaz.
Resulta que, cuando Jerjes decidió llevar a cabo su expedición contra Grecia, Demarato, que se encontraba en Susa, se enteró de lo que se proponía y quiso informar a los lacedemonios. El caso es que no podía alertarlos así como así (pues corría peligro de que le pillasen), por lo que se le ocurrió la siguiente idea: cogió una tablilla de doble hoja, le raspó la cera y, acto seguido, puso por escrito, en la superficie de madera de la tablilla, los planes del monarca; hecho lo cual, volvió a recubrirla con cera derretida, tapando el mensaje, a fin de que el transporte de la tablilla, al estar en blanco, no ocasionase el menor contratiempo ante los cuerpos de guardias apostados en el camino. Cuando la tablilla llegó definitivamente a Lacedemonia, los lacedemonios no acertaban a dar con una explicación, hasta que, según tengo entendido, al fin Grogo, la hija de Cleómenes y esposa de Leónidas, comprendió por sí misma la treta y les sugirió que raspasen la cera, porque encontrarían —les indicó— un mensaje grabado en la madera. Ellos, entonces, siguieron sus indicaciones y pudieron descubrir y leer el mensaje, por lo que, acto seguido, informaron de su contenido a los demás griegos. Así es, en definitiva, como, según cuentan, sucedieron estos hechos.
Pero sigan, aún hay más… Aquí tienen otra historia igual de intrigante que la anterior, digna de la mejor película de espías:
Aristágoras, pues, no se encontraba en condiciones de cumplir la promesa que le había hecho a Artáfrenes; pero es que, además, las demandas que le hacían para que sufragara los gastos de la expedición le ponían en un aprieto; estaba, por otra parte, seriamente preocupado debido al fracaso que había sufrido el ejército y por haberse enemistado con Megábatas; y, finalmente, suponía que iba a verse desposeído del poder que detentaba sobre Mileto.
Ante aquella serie de motivos de preocupación, tomó la determinación de rebelarse, pues coincidió que por aquellas fechas acababa de llegar el hombre de la cabeza tatuada, a quien Histeo había enviado para encargarle a Aristágoras que se sublevase contra el Rey. En efecto, Histeo, que deseaba incitar a Aristágoras a rebelarse, en vista de que los caminos se hallaban vigilados, sólo encontró un medio para transmitirle el encargo con garantías de éxito: afeitarle totalmente la cabeza al más leal de sus esclavos, tatuarle un mensaje, y esperar a que le creciera de nuevo el pelo; y, en cuanto le creció lo suficiente, le envió a Mileto, dándole como única orden que, una vez llegado a Mileto, indicase a Aristágoras que le afeitara el cabello y le echase una ojeada a la cabeza...
Pero no crean, no todo es espionaje. También hay historias relacionadas con milagros y sucesos paranormales. La Historia es lo suficientemente larga para encontrarnos de todo. Juzguen ustedes mismos.
Mientras Creso daba estas explicaciones, los bordes de la pira, presos ya del fuego, comenzaron a arder. Entonces Ciro al oír de labios de los intérpretes lo que Creso había dicho, cambió de opinión y reconoció que él, un hombre al fin y al cabo, estaba entregando en vida al fuego a otro hombre que había gozado de una prosperidad no inferior a la suya; como sentía, además, el temor a una venganza divina, y considerando que, entre otras cosas humanas, no hay ninguna que sea estable, ordenó apagar a toda prisa el fuego que alumbraba y hacer bajar de la pira a Creso y a los que con él estaban. Pero quienes lo intentaron no podían ya controlar el fuego.
Entonces, según cuentan los lidios, Creso, al percatarse del arrepentimiento de Ciro —pues veía que todo el mundo trataba de apagar el fuego, si bien ya no podían dominarlo—, invocó a gritos a Apolo, suplicándole que si alguno de los presentes le había sido grato, acudiera en su ayuda y le librara del peligro que le acechaba. Y mientras, entre lágrimas, invocaba al dios, de pronto, en un cielo despejado y sereno, se amontonaron las nubes, estalló una tormenta, descargó un fuerte aguacero y se apagó la hoguera. Como Ciro vio, por este hecho, que Creso era caro a los dioses y un hombre de bien, le hizo bajar de la pira…
¡De buena se libró Creso! Hoy en día con tanta sequía… ¡quién sabe!