Читать книгу Historias malditas y ocultas de la historia - Francisco José Fernández García - Страница 19
ОглавлениеEL DESPERTAR DE UNA ÉPOCA
Edad Media (476-1492)
Las almas ruines sólo se dejan conquistar con presentes.
Sócrates
FAUSTO, UN PACTO DIABÓLICO
Fausto es uno de esos personajes en los que realidad y fantasía se funden, y resulta imposible saber dónde comienza el hombre y dónde termina el mito. Su figura ha quedado enaltecida por la literatura a la vez que sumergida por una espesa niebla de misterio, pero lo que sí sabemos con certeza, mientras no se demuestre lo contrario, es que nació en la ciudad de Würtemberg en el año 1480 y se formó en la Universidad de Ingolstadt, donde, según se dice, se llevó abundantes bofetadas a pesar de tener una mente brillante. Como eso no le gustó demasiado, decidió buscarse un mecenas que le costeara la matrícula en la Universidad de Heidelberg, haciéndole creer que tenía vocación religiosa; pero en realidad eso no iba con él. Así que cuando terminó sus estudios de filosofía se dedicó a la docencia, profesión que ejercería de manera efímera. Un buen día tropezó con un curioso personaje, un tal Cornelius Agrippa, que decía ser médico y mago, y hacía portentosos alardes de sus increíbles poderes. No se sabe quién de los dos sedució al otro en el mundo de lo esotérico, pero el caso es que ambos decidieron marcharse a Praga para continuar sus estudios sobre tan intrigante mundo. Fue en esa ciudad donde se les unió un nuevo fichaje, Teofrasto Paracelso, un personaje que llegaría a entablar una buena amistad con ambos, ya que compartía las mismas inquietudes y aficiones por lo esotérico.
Sobre el primer amigo de Fausto, Agrippa, corría un rumor inquietante. Se decía que tenía un perro de enormes proporciones, un alsaciano de color negro, y con poderes sobrenaturales. Hay quien afirma que este can era Lucifer que había tomado dicha apariencia. Todo este asunto del perro provocó que Agrippa fuese enviado a prisión y que se anulara su licencia médica.
Mientras, nuestro protagonista seguía con sus estudios esotéricos, y llegó a sumergiéndose tanto en ellos que consiguió fama de mago negro y seguidor del diablo. Una leyenda nos cuenta que Fausto se valió de una ceremonia o rito satánico para invocar a los demonios. Acudió a su llamada uno que respondía al nombre de Mefistófeles, con el que realizó un pacto que tuvo como testigo al mismísimo Satanás, que estuvo presente durante todo el proceso. Dicho pacto consistía en que, una vez realizada toda la ceremonia, Fausto dispondría, durante un tiempo limitado, de poderes fantásticos y sobrehumanos; pero a cambio, pasado ese periodo de tiempo debería entregar el alma a su nuevo dueño: Satanás.
Las personas que le conocieron afirman que realmente existió tal pacto, pues a raíz de aquello, alrededor del año 1525, Fausto comenzó a demostrar en público proezas imposibles. Dilapidaba el dinero como si nada y en una ocasión que estaba reunido con unos amigos, afirmó haber viajado a los infiernos y, pese a las enormes llamas, no haber sufrido lesión alguna —seguramente estaría escogiendo apartamento para cuando se le acabase el plazo pactado con el demonio—. ¿Cómo sería firmar un pacto con el diablo? Dejemos que sea el Fausto literario quien nos lo cuente:
Fausto.- (...) ¿Qué quieres de mí, maligno espíritu: bronce, mármol, pergamino o papel? También dejo a tu elección si debo escribirlo con un estilo, un buril o una pluma.
Mefistófeles.- ¡Cuánta palabrería! ¿Por qué te has de exaltar de este modo? Basta un pedazo de papel cualquiera con tal de que lo escribas con una gota de sangre.
Fausto.- Si así lo quieres...
Mefistófeles.- La sangre es un fluido muy especial.
Se cuenta una anécdota muy curiosa ocurrida en Leipzig, cuando Fausto se topó con un tabernero y sus ayudantes, que estaban en un gran apuro, pues cansados y sudorosos eran incapaces de sacar de la bodega un barril de vino de grandes dimensiones. Fausto se ofreció a bajar a por el barril y subirlo él solo. El tabernero dijo que eso era imposible y que si lo conseguía se lo regalaba. Fausto bajó a la bodega, se montó en el barril y lo subió como si fuese a caballo. Esto impresionó tanto a la gente que lo plasmaron, en forma de pinturas, en las paredes del establecimiento. Seguramente fueron estos dibujos los que inspiraron la leyenda, o quizás el mito.
En cuanto al final, tal y como se esperaba, fue trágico. El pacto, que constaba de un periodo de 24 años, estaba a punto de expirar, y así lo anunció un mensajero de los infiernos. Horas antes de que acabara, Fausto invitó a sus amigos a una gran y última cena en la que les contó todos los pormenores del compromiso satánico; además, los hizo partícipes de su arrepentimiento tardío. No obstante lo afrontó con valentía y les dijo que si escuchaban sus gritos por la noche no se preocupasen, que no salieran de sus habitaciones y no les pasaría nada; y así lo hicieron. A media noche se dejaron oír los gritos angustiosos y desgarradores del pobre Fausto pidiendo socorro y haciendo que cundiera el pánico entre sus invitados, que siguiendo el consejo dado por su anfitrión se encerraron en sus habitaciones para quedar a salvo. Por la mañana el espectáculo que se encontraron era dantesco: había sangre por todos lados, medio cerebro servía de cuadro en la pared, trozos de huesos estaban esparcidos por los suelos y el resto del cadáver que había sido tirado por la ventana y fue a parar al cercado de un estercolero.
Una vez enterrado hubo quien afirmó que el ataúd, junto con el cuerpo, desapareció para siempre. Desde ese momento las gentes del lugar dicen que el fantasma de Fausto vaga sin rumbo aparente, por las viejas calles de la ciudad. ¡Como vemos, no sólo vendió su alma, sino también su cuerpo!