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Capítulo 13
ОглавлениеADHARA KUDROW. LEYENDAS MEXICANAS
Domingo, 21 de junio de 2015
Nombre: Adhara Kudrow
Edad: 36
Raza: Hispana
Nacionalidad: Estadounidense
Antecedentes: Ninguno
Huellas dactilares: No tiene (ni en manos ni en pies)
Tatuajes, cicatrices o lunares: Cicatriz en ceja y labio
Delitos: Homicidio en primer grado de doce personas, entre ellas dos policías del estado de Nueva York
Un tipo mexicano apellidado García me empujó por un pasillo. Me sentía en casa. Su placa reluciente mostraba su nombre y apellido. Era moreno, con bigote y barba muy perfilados y bastante bajito. Fuerte y con mala leche, mexicano puro.
Estiró de la cadena de mis esposas y me empujó a una silla.
—Ya basta de jugar con la justicia, niña. ¿Qué te crees, que todos te tenemos miedo? La gente dice muchas tonterías, dice que hay un cambio de energía cuando tú estás, que estás maldita, que tu carisma les hace sentir acorralados... La gente cree en demasiados cuentos, en esas historias que se inventan las supersticiosas madres mexicanas. Como la leyenda de los ojos del diablo. ¿La has oído?
—Sí.
—Cuéntamela.
—No la recuerdo.
—¡Que me la cuentes!
—Creo que empezaba así: «El ángel caído para volver a entrar en el cielo separó sus miembros. Cada cierto número de años nacen personas que contienen una de sus partes. Candelaria Cruz tiene sus ojos, es parte del alma del demonio. Ya al nacer destrozó a su madre por dentro, esta tardó cuatro años en morir. La mano derecha del diablo la tenía el padre de Candelaria, que estuvo en la cárcel toda su vida para que el pueblo pudiera dormir tranquilo. Candelaria tiene el don de sembrar la muerte a su paso. Todos desvían la mirada. Nadie quiere los ojos del diablo en su casa».
—Exacto. ¿Eres de México?
—No. Soy de El Paso, Texas.
Escupió en el suelo y continuó.
—¿Esa cicatriz?
—Es de pequeña.
—¿Te pegaron?
—Sí.
—¿Cómo fue?
—Conocí al amante de mi madre, le pegué con una fusta en la cara, y él me partió el labio y la ceja.
—¿Y tu madre admitió eso?
—Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. Mi pelea con su amante fue después.
—¿Estaba enferma?
—Sí.
—¿Y tu padre sabía lo de su amante?
—No lo sé. Estuvo en la cárcel la mayor parte de su vida.
—Cuéntame un recuerdo que tengas de tu padre.
—Le llevaba tabaco a la cárcel todos los martes a las seis.
—¿Con qué edad?
—Murió un año después que mi madre.
—¿Así que tenías cinco años?
—Sí.
—¿Y te fuiste con tus abuelos?
—No tenía abuelos, ni tíos, ni familia. El amante de mi madre siempre me traía comida, y me obligaba a lavarme las manos antes de comer. También me enseñó a bañarme antes del anochecer en la fuente. Yo vivía en la calle, vivía de lo que me daban.
—¿Dónde dormías?
—En la calle.
—¿Nadie se hizo cargo de ti?
—El amante de mi madre no me llevó a su casa porque su mujer me odiaba.
—¿Él quería adoptarte?
—Sí.
—¿Y se lo propuso a su mujer?
—Sí.
—Y ella se negó porque tú eras la hija de su amante.
—Sí.
—¿Y él renunció a ampararte en su casa?
—Sí. Siempre dice que le gustaría querer menos a su mujer.
—Y sin embargo la engañaba con tu madre.
—Supongo que por eso cuando mi madre murió se sintió culpable y comenzó a aprender a querer a su mujer.
—¿Cómo has aprendido inglés?
—Soy de Texas, Estados Unidos.
—Yo creo que eres mexicana. Creo que eres de esas güeras, blanquitas de piel. Y te tiñes el pelo para parecer gringa. ¿Cómo acabó en México ese tipo?
—¿Qué tipo?
—El amante de tu madre.
—Él es de Texas, como yo.
Me dio un bofetón inesperado.
—Que cómo acabó en México.
—No lo sé.
—¿Te enseñó a leer?
—Sí.
—¿Cómo se llama el amante de tu madre?
—Smith, David Smith.
—¿En serio? Y ahora me vas a decir que eres caucásica y no hispana, ¿verdad? ¿Sabes qué creo? Creo que me estás tomando el pelo y creo que ese tipo, el amante de tu madre se llama John Connelly. Y creo que tú te llamas Candelaria Cruz. ¿Sabes? Hay otra leyenda sobre tu nombre, la leyenda de Candelaria Cruz. ¿Por qué no me la cuentas?
—No la recuerdo.
—Entonces te la contaré yo, las madres mexicanas se la repiten a sus hijos cada noche para dormir.
—No hace falta. No tengo sueño.
Esperaba otro bofetón después de aquella gracia, pero se limitó a acercarse a mi cara mientras me recordaba la leyenda. Tanto que tuve que girar un poco la cabeza para que mi nariz y la suya no se rozasen.
—Nació una niña con la fuerza interior del salvaje. Vivía en la calle. Una noche de fuerte lluvia, un viento atroz se llevó a la niña. El diablo prometió que, si la niña volvía, le enseñaría todo lo que él sabía. La niña apareció a los tres días, sabía conjurar el viento y la lluvia con la mirada. Se llevó a los niños que no dormían y a los niños malos. Nadie sabe lo que hace con ellos, solo se sabe que nunca les volvemos a ver. ¿Quieres que te lleve Candelaria Cruz?
—Muy bonito.
—¿Conoces a Candelaria Cruz?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y si te digo que tengo pruebas de que tú eres Candelaria Cruz? Que ese tipo, el amante de tu madre se llama Connelly y es un gringo de Texas que tuvo que refugiarse en México porque era un policía corrupto. Que tú naciste en México y no has pisado Texas en tu puta vida. Ese tipo te enseñaría inglés y por eso tienes ese acento. Es cierto que tu madre murió y él se hizo cargo de ti, pero me corto un huevo si tú no eres la pinche Candelaria Cruz.
Giré la cara de nuevo hacia él. Mi nariz y la suya se tocaron. Incliné la frente hacia delante hasta juntarla con la suya. Le miré a los ojos y le dije muy despacio:
—Ni lo sabes ni lo podrás probar nunca, no hay nada que identifique a Candelaria, ni huellas digitales, ni ADN, ni fotos de ella.
Abrí mucho los ojos para hacerle entender que no me daban miedo sus tácticas preparadas. Él se separó de mí y se sentó en una silla enfrente. Sonrió. Se cruzó de brazos y me miró divertido.
—No me importa una mierda, desde ahora este caso pertenece a la CIA y se te va a juzgar como terrorista porque representas una amenaza para el país.
No entendí nada de aquellas palabras, pero no moví ni un músculo de la cara.