Читать книгу Veintisiete noches - Natalia Zito - Страница 14
5.
ОглавлениеCuando a Sarah le tocó ser madre se propuso ser diferente a como había sido la suya.
—Diferente, nada más.
A veces, Sarah usa las palabras como si tuviera que devolverlas, como quien estudia de un libro ajeno, o como quien teme el espesor de lo que se dice y, entonces, prefiere librarse de eso cuanto antes. No sabe si funcionó, si pudo ser diferente. No sabe o no quiere pensar o no lo quiere decir.
—Diferente, con más libertad —y luego calla lo que piensa y se le nota, y en ese silencio la libertad parece más para ella que para nadie.
Algunos piensan que ha sido una madre excesiva, con esa repulsión hacia las hijas, propia de lo excedido, que hubo épocas en las que no las dejaba en paz, que —ya grandes— las trataba como si fueran menores de edad, que siempre tenía una opinión sobre las parejas, que por momentos era una furia de reclamos y desaires si no se hacía lo que ella quería.
Las hijas —dicen— llevan una vida teniéndole paciencia.
—¿Por qué te parece que ambas, Olga y Miriam, viven lejos de Sarah? —dijo, perspicaz, Gerardo Tespano, amigo de la familia, una de las personas que más sabe de la obra de Victoria Ocampo y uno de los autores de la revista Sur.
Mientras los cheques de cifras exorbitantes se multiplicaban, en esa distancia de rivalidades resueltas a fuerza de silencios, las palabras del psiquiatra, la sugerencia de tranquilidad se diluía en cada grito, en cada insulto, cada grosería de Sarah, cada rechazo a cualquier intención de acuerdo o muestra de preocupación. Y, en esa disolución, crecían las preguntas.
¿Qué hacer? ¿Aceptar que despilfarre la mitad de la fortuna? ¿Dejarla que haga lo que quiera, con el riesgo de que se aprovechen de ella? ¿Permitir que se case aún con la sospecha de que no es querida? ¿Hasta dónde llegaría esta gente? ¿Cómo arrogarse el derecho de decidir por ella? ¿Cuándo es el momento de comenzar a tratar a una madre como si fuera una niña? ¿En qué momento alguien deja de ser dueño de su propia vida? ¿Llega ese momento? ¿Arriesgarse a no hacer nada? ¿Cuál es la prioridad? ¿La prioridad para quién? ¿Desde los cincuenta o sesenta años se puede ver y decidir sobre la vida a los casi noventa?
Todas esas preguntas y otras llegaron a oídos de Augusto Perez Blas, amigo cercano de la familia, médico dedicado a la neurobiología, que en ese momento era rector de la facultad de medicina. Perez Blas conocía el brillo joven y la formación que Orlando Narvaja había conseguido en el exterior. Todo indica que, teniendo en cuenta su propia formación y quizá una serie de ideas acerca de los límites no solo de los diagnósticos sino de la mirada psiquiátrica, Perez Blas consideró oportuno que cambiaran de especialidad, de eje, de punto de vista. Es así como Olga y Miriam, después de consultar a dos psiquiatras, llegaron a Orlando Narvaja, un neurólogo.