Читать книгу ¿Quién traicionó a Ana Frank? La investigación que revela el secreto jamás contado. - Rosemary Sullivan - Страница 16

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Te lo pedían y decías que sí

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En su diario, Ana Frank hace una descripción conmovedora de la vida en la Casa de atrás, una vida que era, de hecho, una forma de encarcelamiento. Sonidos temibles atravesaban las paredes. A veces oía resonar con ritmo siniestro el ruido de las botas en el pavimento cuando pasaban soldados alemanes. En cierto momento cuenta que se asoma por entre las cortinas de la oficina, cuando el personal ya se ha marchado, y ve pasar a toda prisa a unos judíos atemorizados. Al avanzar la guerra, los aviones de la RAF sobrevolaban de noche los Países Bajos camino de Alemania y el zumbido de sus motores y el estruendo de las baterías antiaéreas era espeluznante.[1] A menudo, los cazas Mustang de la USAF —la Fuerza Aérea estadounidense— arrojaban bidones de combustible vacíos sobre la ciudad para soltar lastre y ganar en maniobrabilidad, y el ruido inesperado que hacían los proyectiles que no habían estallado y la metralla al caer desde lo alto y estrellarse contra el suelo era continuo.

En las calles de Ámsterdam reinaba un miedo distinto. Miep recordaba que en esa época la Policía Verde y las SS solían hacer redadas por sorpresa en pleno día. Era el mejor momento para sorprender en casa a los judíos más vulnerables: a los ancianos, a los enfermos y a los niños pequeños. De ahí que muchos se echaran a la calle para no estar en casa si los alemanes iban en su busca. Solían preguntar a los transeúntes si habían visto patrullas alemanas o soldados y dónde.

No era difícil ver lo que estaba pasando, pero tras la brutal represión alemana de la huelga de febrero de 1941 el miedo lo había invadido todo. La mayoría de la gente miraba para otro lado. Sabían que tenían que ser prudentes. Por más que quisieran ayudar, se metían en sus casas y cerraban la puerta.[2]

Miep ofrece uno de los testimonios más elocuentes acerca de cómo era la vida fuera de la Casa de atrás, pero su pena y su sentimiento de fracaso eran tan agudos que durante cuarenta y dos años se resistió a hablar de estos acontecimientos. Según su hijo, era una herida que no podía restañarse.

Recordaba, por ejemplo, que en los primeros tiempos de la ocupación, antes de que la familia Frank se escondiera, Otto se vio obligado no solo a arianizar sus empresas, sino también a despedir a Esther, su única empleada judía.

Recuerdo cuando Esther nos dijo adiós. Tuvo que marcharse porque era judía. La despidieron. Sí, así eran las cosas. No volvió, creo. No sobrevivió a la guerra. Todavía estaba el día de mi boda (…) Me regaló un estuche con un espejo, un peine y un cepillo que era de su familia (…) No podía quedárselo (…) Era todo tan doloroso… Nos enteramos de su despido, pero no hablamos más de ello. No sabías lo que iba a pasar. Cedías, tenías que aceptarlo. Los alemanes eran los que mandaban y tú tenías miedo, un miedo atroz.[3]

Los ánimos cambiaron gradualmente durante la ocupación. Cuando Otto pidió ayuda a sus empleados, estos aceptaron por un motivo muy sencillo: Otto era su amigo. Tenían que ayudarle. Y así aprendieron a vivir en mundos separados, a dividirse en distintos planos: eran de una manera en la Casa de atrás, de otra con sus amigos y de otra delante de los funcionarios.[4] Como explicaba Miep, uno aprendía muy pronto qué era lo que podía decir y lo que no. «Ya no guardábamos silencio. Habíamos perdido la costumbre de hablar. ¿Entiendes la diferencia?».[5]

Jan siguió trabajando para los Servicios Sociales, pero pronto empezó a colaborar con un grupo de la resistencia, el NSF, aunque después de que acabara la guerra rara vez hablaba de ello. Explicaba, eso sí, sus motivos cuando se lo pedían. No era el heroísmo, decía, lo que impulsaba a una persona a pasar de la pasividad a la acción. Era algo más sencillo. Te lo pedían y decías que sí. El problema entonces pasaba a ser en quién confiar. «Nunca sabías con toda seguridad de quién podías fiarte (…) [pero] aun así, de algún modo, lo sabías».

Sabíamos, por ejemplo, que esa gente del otro lado de la calle era buena gente. ¿Por qué? Es difícil decirlo. Se ven cosas… Se oyen cosas. Oyes a la gente hablar y así deduces el talante de ciertos individuos. No es una regla infalible al cien por cien, pero a mí en general me funcionaba. Tuve suerte (…) Tenías que limitar mucho tus contactos. No hablar con todo el vecindario. Y luego, claro, hacía falta también un poco de suerte. Pero yo tenía muchísima con lo que decía, porque nunca podías estar seguro del todo. Y la verdad es que nunca me he equivocado con la gente.[6]

Más o menos en esta época, Miep y Jan acogieron en casa a un estudiante holandés, Kuno van der Horst. En realidad, el piso en el que vivían se lo habían subarrendado a la madre de Kuno, que vivía en Hilversum, al sureste de Ámsterdam. Daban cobijo a Kuno a cambio de que su madre ocultara a un conocido suyo que era judío. Nunca se lo contaron a Otto. Era otro compartimento estanco de su vida.

Miep contaba que para ellos era «lógico» y «evidente» que tenían que ayudar. «Podías hacer algo y ayudar a esas personas. Estaban indefensas (…) Eso es todo, no hay más misterio».[7]

Y añadía: «Sí (…), a veces te angustiabas. Pensabas, “¿Cómo puede continuar esto?” (…) Pero la preocupación por esas personas y la compasión por lo que estaban pasando eran más fuertes. Se imponían».[8]

El miedo, sin embargo, no desaparecía: «Yo no intentaba disuadir a mi marido. Tenía muchísimo miedo por él, porque lo quiero. Si no lo hubiera querido, quizá no habría podido soportar preguntarme aterrorizada cada día si iba a volver».[9]

Los ocho habitantes de la Casa de atrás dependían por completo de los de fuera para su sustento físico y moral. Estaban siempre deseosos de saber qué ocurría en el mundo exterior, y Miep, Jan, Bep y los demás sabían que no podían endulzarles la verdad. Miep contaba que era consciente de sus ansias de noticias y que les hablaba de las redadas que hacían los nazis en distintos barrios de la ciudad; del último edicto que ordenaba desconectar las líneas telefónicas de titularidad judía; o de los precios que alcanzaban los documentos falsos. Cada vez que apartaba la estantería para entrar en el anexo secreto, tenía que componer una sonrisa y aparentar un buen humor que ya era imposible sentir en la ciudad ocupada. Para no preocupar a sus amigos, se esforzaba por disimular su angustia.[10]

Johannes Kleiman llevaba a su mujer de de vez en cuando, los fines de semana. Después de la guerra, recordaba la curiosidad insaciable de Ana:

Procurábamos, claro, acordarnos de lo duro que era para la chiquilla (…) Echaba muchísimo de menos el mundo exterior, convivir con niños de su edad y, cuando venía mi mujer, Ana la recibía con una curiosidad casi molesta. Le preguntaba por Corrie, nuestra hija. Quería saber lo que hacía, qué amigos tenía, qué pasaba en el club de hockey, si Corrie se había enamorado… Y, mientras te preguntaba, se quedaba allí parada, delgada, con su ropa descolorida de tanto lavarla y la cara blanca como la nieve porque llevaban mucho tiempo sin que les diera el aire. Mi esposa siempre le llevaba algo, un par de sandalias o algo de ropa, pero los cupones escaseaban y no teníamos dinero para comprar en el mercado negro. Habría sido estupendo poder llevarle una carta de Corrie de vez en cuando, pero Corrie no podía saber que los Frank no estaban en el extranjero, como pensaba todo el mundo, sino en Ámsterdam. No queríamos que tuviera que cargar con ese secreto casi insoportable.[11]

Los de fuera, los encargados de cuidar de los Frank, se repartieron entre todos la tarea de conseguir alimentos. Kleiman llegó a un acuerdo con W. J. Siemons, un amigo suyo dueño de una cadena de panaderías, para que les llevara pan a la oficina dos o tres veces por semana. Para comprar comida durante la ocupación, hacía falta tener dinero y cupones de racionamiento, que supuestamente garantizaban el reparto equitativo de los alimentos. Al principio, Jan conseguía las cupones en el mercado negro y luego, desde mediados de 1943, a través de sus contactos en la clandestinidad.[12] Cuando ya no bastaba con los cupones, el panadero aceptó que le pagaran en metálico después de la guerra. El pan para alimentar a ocho personas podía pasar por el suministro normal para los empleados de la empresa, que eran nueve en total. Pero, como es lógico, los trabajadores que no estaban enterados de lo que ocurría se preguntaban dónde iba a parar todo aquel pan.

Miep compraba para la gente de la Casa de atrás y para Jan y ella. Para no levantar sospechas, tenía que visitar varias tiendas. Según contaba, era una especie de teatrillo:

Ibas a todas las tiendas y tanteabas un poco al tendero. Para ver hasta dónde podías llegar, qué podías pedir… Hasta qué punto podías mostrar compasión. En qué medida podías fingir estar en una situación desesperada. Sí, era un poco como hacer teatro. Por lo menos así lo sentía yo.[13]

Hermann van Pels la mandó a una carnicería cerca de Rozengracht de la que era propietario un buen amigo suyo, Piet Scholte. Hermann había insistido en que Miep lo acompañara a la tienda antes de esconderse, para que el carnicero supiera quién era. En aquel momento la sorprendió su insistencia, pero después lo entendió todo. Van Pels le dijo que fuera a ver a Scholte y le diera una lista que había preparado. Le aseguró que no haría falta que dijera nada, que el carnicero le daría lo que necesitaban sin necesidad de más explicaciones. Y así fue, en efecto: no hizo falta que cruzaran una sola palabra.[14]

Bep se encargaba de la leche, que les llevaban a diario. Supuestamente, el personal de la empresa la bebía en gran cantidad. El lechero no hacía preguntas. Pero al recrudecerse la escasez de alimentos —los alemanas mandaban muchos productos de primera necesidad a su país—, Bep empezó a ir en bicicleta a las granjas de los alrededores de la ciudad, a ver qué podía encontrar.

Cierto día que volvía a Ámsterdam con las pocas patatas y verduras que había conseguido comprar, la paró una patrulla de las SS. Chapurreando alemán, le dijo al joven agente que la interrogó que en su familia había muchas bocas que alimentar. La dejó marchar, pero se quedó con la mitad de las verduras. Después, el coche patrulla volvió a alcanzarla y el agente le devolvió la comida.

Bep adivinó que era una trampa. En lugar de dirigirse al escondite, se fue a casa. El coche la siguió. Miró a los alemanes poniendo cara de inocencia y entró apresuradamente. La patrulla se marchó por fin.[15]

Bep y Miep llegaron a estar muy unidas a Ana, como queda claro en el diario. Cuando la joven se empeñó en que se quedaran a pasar la noche, ambas cedieron a sus ruegos. Bep describió la noche que pasó en la Casa de atrás como «absolutamente aterradora». Tendida en el colchón, junto a Ana, oía los tañidos de las campanas de la Westerkerk, que cada quince minutos rompían el silencio de las habitaciones.

Crujía una viga o una puerta, y luego se oía algún ruido fuera, en el canal, una racha de viento que movía un árbol, o un coche que se acercaba (…) Cada chirrido y cada crujido (…) te hacía pensar «me han delatado» o «ahora seguro que me han oído».[16]

El miedo era casi insoportable.

Miep también se quedó alguna vez a pasar la noche, con su marido. Después de colocar los paneles de oscurecimiento que sellaban la Casa de atrás como una prisión cerrada por dentro, Miep y Jan se acostaron en la habitación de Ana. Miep contó tiempo después que esa noche oyó las campanadas del reloj de la Westertoren hora tras hora. No logró conciliar el sueño. En medio del silencio sobrecogedor del anexo, oía la lluvia y el viento que arreciaban fuera. El temor que reinaba en aquella casa era tan sofocante que ni siquiera pudo cerrar los ojos. Supo así lo que se sentía siendo un judío escondido.[17]

¿Quién traicionó a Ana Frank? La investigación que revela el secreto jamás contado.

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