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ОглавлениеWINTER
( 10 de d iciembre de 2010)
Se llevó la taza de té a la orilla del lago para calentarse las manos. Le gustaba dar largos paseos y observar el agua apaciguada, sin oleaje. La calma que transmitía la imagen paralizada del Serene Lake la ayudaba a mantener a raya sus demonios.
El invierno estaba al llegar, pocos días faltaban para Navidad. Ya caía aguanieve. Se echó la capucha sobre la cabeza y se sentó a un par de metros de donde el agua lamía la tierra.
Una lágrima salada cayó en la infusión caliente.
No estaba recuperándose a la velocidad que había creído. No podía olvidar lo sucedido aquella noche; su cabeza solo pensaba en ello aun cuando intentaba distraerse.
Era como si su mente viviera en bucle y reprodujera imágenes, ruidos y olores una y otra vez.
Volvía a estar con Fly en aquel sucio garaje, a su merced de todas las formas posibles. Volvía a sentirse indefensa, vulnerable, hecha pedazos.
Incluso en la distancia, él la dominaba.
Apenas dormía. Tenía pesadillas cada vez que se rendía al cansancio y empezaba a temer la hora de acostarse. Era incapaz de probar bocado, sobrevivía a base de infusiones y fruta. Había perdido más de cinco quilos en las tres semanas que hacía que había llegado al lago.
Se hospedaba en la casa familiar. Era enorme, contaba con demasiados dormitorios. Tenía todas las puertas cerradas a cal y canto, le aterrorizaba pensar que Fly la había encontrado y que se había escondido en alguna de ellas.
¿Y si estaba allí y salía a buscarla cuando estuviera dormida?
Suspiró y le dio un sorbo al té. Ya no estaba tan caliente.
Sabía que era una estupidez tenerle miedo a la soledad cuando era precisamente lo que buscaba. Pero estar sola sin ningún vecino alrededor, sabiendo que pronto caería nieve, cuajaría y se quedaría incomunicada, no era muy alentador.
Se recordó que no se imaginaba en ningún otro sitio.
Un rayo cayó a lo lejos, haciéndola temblar. Winter miró hacia su derecha y se dio cuenta de que ya no podía distinguir la luz que había caído de entre las nubes.
No obstante, sí quedó a su vista la cabaña de madera que había a unos pocos metros.
Era de una anciana que aprovechaba el verano para alquilarla a empresarios de prestigio, que buscaban desconectar de la vida urbanita que tantas jaquecas les provocaba.
Sonrió con tristeza al recordar a los Brock, que se había hospedado allí hacía unos años.
La dueña del lugar era una señora que prefería alquilar la cabaña cada verano. Pero hubo uno, años atrás, que permitió a su familia hospedarse allí a cambio de que le arreglasen los desperfectos.
Aquella familia era gente amable y humilde. El matrimonio tenía un único hijo. Hayden había llegado a Serene Lake de malhumor, en contra de su voluntad. Su padre creía que haciéndolo trabajar duro lo animaría a ir a la universidad, ya que el estudio era más atrayente que llenarse las manos de callos: el chico era un bala perdida que solo salía de noche y arreglaba de tanto en tanto los coches de los vecinos.
Era, sin embargo, un cerebrito. No le gustaba estudiar pero dominaba varios idiomas, que había estudiado de más joven movido por la curiosidad.
Hayden, que no había alardeado de sus capacidades intelectuales ni físicas, hizo migas rápidamente con su hermano. Y, de paso, también con ella. Lo cierto era que no había pensado demasiado en él todos esos años, desde que creyó que la había telefoneado para luego colgar. De eso hacía ya cuatro, los mismos que Hayden y ella se llevaban.
Sonrió y se frotó el rostro. La manga le rozaba y se hizo daño.
Winter había ido allí para superar la muerte de su madre. Su hermano la había acompañado mientras que su padre se había quedado en Denver, trabajando como un poseso para superar a su manera la viudedad.
Después de seis meses soportando el pésame de compañeros de escuela, profesores y familiares, aquel lugar le había dado paz interior. La había necesitado, realmente estaba agobiada en la ciudad, siendo el centro de atención.
Estar lejos de una gran multitud y ser amiga de Hayden la había ayudado a hacerse a la idea de que su madre ya no era más que una estela de sonrisas, perfume caro y conocimientos infinitos que le habían hecho ganar una gran fama como catedrática. Pese su ausencia, era un ejemplo a seguir para Winter; la señora Lane había sido toda inteligencia, bondad y elegancia. Ojalá pudiera parecerse a su madre, ser tan fuerte como ella para superar lo sucedido con Fly.
Además, Hayden Brock no la había tratado como si fuera a romperse en cualquier momento, no medía sus palabras a la hora de dirigirse a ella. Era refrescante. Regenerador, incluso.
Eso era lo que Winter había estado buscando: ser tratada como alguien normal.
Hayden, ella, y su hermano, habían congeniado.
Con el paso de los años, ya lejos de Serene, su hermano Dash se había torcido. Hacía tiempo que ya no era un buen ejemplo. La prueba de ello era que sus huesos terminarían debilitándose en el suelo de una celda fría y mohosa.
Por eso era más sencillo fantasear con que Hayden había terminado yendo a la universidad y no se había relacionado con delincuentes. Quería pensar que su vida se había acabado enderezando, a diferencia de la de Dash o la suya propia.
Si tan solo hubiera seguido en su vida, si lo hubiera tenido cerca para continuar siendo tan amigos, posiblemente Hayden no hubiera permitido que Dash entrase en aquella maldita banda.
Se levantó y se sacudió la tierra de la ropa. Era el momento de volver a casa. La tempestad se desataría pronto y quería comprobar que los seguros de puertas y ventanas estaban bien echados. También quería asegurarse de tener a mano el rifle del tío Moby, por si las moscas.
Winter se odió por ser tan cobarde, por permitir que Fly se colase en cada recodo de su ser de aquel modo. Por dejar que el recuerdo de sus viscosas manos sobre su cuerpo la condicionase.