Читать книгу Siempre es invierno en tu sonrisa - Helena Pinén - Страница 9

7

Оглавление

WINTER

( 20 de n oviembre de 2010)

Subió al coche y puso primera nada más encender el motor. Temblaba con violencia y los dientes le castañeaban. No debería conducir cuando apenas podía enfocar la mirada, pero sabía que sí no se largaba de allí cuánto antes, terminaría muy mal.

Quizá... bajo tierra.

El coche chirrió antes de salir disparado calle arriba y las marcas de los neumáticos se imprimieron en el suelo húmedo. Había llovido toda la tarde, como si el cielo predijera la desgracia que iba a caer sobre ella esa noche.

Siguió recto cuando llegó al cruce que la llevaría hasta una de las avenidas principales. No se atrevía a ir a casa. Tampoco fue en busca de su mejor amiga. No quería que nadie la viese en ese estado tan deplorable: tenía la ropa rota, el maquillaje corrido, el labio partido y de seguro que ya comenzaba a aparecerle un moratón en la mejilla.

Al fin, se detuvo en una gasolinera que quedaba lejos de Denver. Winter tardó varios minutos en darse cuenta que llevaba una hora conduciendo y que había huido de la ciudad.

Miró, sin ver en realidad, el surtidor de gasolina por de la ventanilla antes de esconder el rostro contra el volante. No había sido capaz de llorar, estaba en shock. Ahora estaba interiorizando lo ocurrido y el miedo se estaba volviendo más palpable.

Como si fuera un río espeso y negro lleno de veneno que inundaba cada vena y artería de su organismo. Se sentía ajena a su cuerpo, como si estuviera viéndose a través de otra persona.

Un coche salió del lugar y sus faros lo llenaron todo. Winter vio un reflejo sobre el asiento del acompañante. Su bolso se había abierto: vio las llaves de su casa y otras más.

Unas que podrían ser su salvación.

Se secó las lágrimas y con dedos temblorosos buscó entre aquellas cosas esparcidas. Cogió el pequeño monedero y bajó del coche. A pesar de las botas, el frío la caló hasta los huesos, pues había puesto los pies en un charco. Ya no llovía.

Para Winter, la tormenta no había hecho más que empezar.

Respiró hondo varias veces mientras se agarraba al manillar de la puerta. Tenía frío y estaba aterrorizada, las piernas apenas la sostenían. Trastabilló varias veces hasta que logró llegar a la cabina telefónica que había en un rincón. Esperaba que funcionase. No era habitual encontrarse con una de esas, estaban obsoletas. Y a Winter se le había quedado el móvil sin batería de camino a casa de Fly.

Su padre no respondió. Saltó el buzón de voz. Winter cerró los ojos mientras se concentraba en buscar las palabras en su garganta y darles forma para salir de entre sus labios.

—Papá —era un susurro roto—. No puedo con… todo esto. Me… he marchado…

Se apoyó en la fría pared que quedaba al lado. Su columna protestó, todo el peso recaía sobre ella como una losa. El cable telefónico se le clavó en la barbilla y tuvo que recoger el auricular del suelo cuando le resbaló, pues las manos le temblaban con exageración.

—Estaré en… Serene. No me… busques. Yo… —miró el cielo, las nubes eran grises y empezaban a descargar una nueva llovizna que no limpiaba ni su rostro ni su cuerpo sucio y maltrecho. Se cambió el teléfono de oreja. Tragó saliva—. Regresaré cuando todo… acabe.

Colgó. No se movió del sitio, se quedó quieta, con los ojos cerrados. Reviviendo una y otra vez lo sucedido horas antes.

Algo hizo clic en su cabeza, como un interruptor encendiéndose: tenía que echar gasolina e irse de allí. Era lo más sensato que podía hacer. Si regresaba moriría y Dash se odiaría por ello mientras se pudría en la cárcel.

Consiguió repostar e intentó esquivar a un señor mayor que le preguntaba si se encontraba bien.

¿Si estaba bien?

No, claro que no. Ninguna chica estaría bien si estuviera en su piel. Su hermano mayor estaba detenido, acusado de haber matado un hombre que no conocía.

Y Winter se había enfrentado sola, en su nombre, a un matón sádico y despreciable.

—¿Muchacha? —el hombre quiso tocarla.

Ella se apartó y casi gritó. Huyó de él como si fuera la personificación del peligro.

Echó el cerrojo en las cuatro puertas del coche en cuanto estuvo tras el volante. Contuvo la respiración, esperaba que el hombre llamase a su ventanilla. No lo hizo, por suerte para Winter, que por fin pudo respirar con regularidad y cuyo pulso recuperó su ritmo constante.

Observó el marcador de gasolina. ¿Cómo había sido capaz de enfrentarse al dependiente tras el mostrador? Buscó en su mente, pero no podía recordar la conversación, como si no hubiera existido. ¿Lo había mirado a los ojos mientras le extendía un par de billetes? ¿Había vacilado él al ver su rostro amoratado?

Encendió el motor y la calefacción. El aire salió frío y Winter ni se vio con corazón de gruñir. De su garganta solo escapaban débiles sollozos.

No había mentido: iba a ir a Serene Lake, viviría una temporada en la casa que la familia tenía para veranear. Allí gozaría de soledad, nadie vería sus heridas ni le preguntaría qué le había pasado para que tuviera el rostro destrozado y la ropa hecha jirones. Y una vez tuviera el cuerpo curado, se curaría el alma con la paz y el silencio que le daban la casa del lago.

Cuando el miedo de cruzarse a Fly en algún punto de Denver desapareciera, entonces y solo entonces, sería capaz de regresar y fingir que nada había ocurrido.

Siempre es invierno en tu sonrisa

Подняться наверх