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WINTER

(10 de septiembre de 2005)

—Mamá nos está mirando.

Winter desvió los ojos hasta su madre. Saltaba a la vista que estaba enferma. Su piel luminosa ahora era casi translúcida; sus ojos llenos de vida eran dos cuencas vacías que apenas tenían esperanza. Su sonrisa era tirante. Su cuerpo se había vuelto más delgado y huesudo. Estaba sentada en la silla de mimbre, sosteniendo la mano de su marido. Ciertamente, observaba a sus dos hijos con adoración pese al agotamiento físico y mental.

—No quiero hacerlo —murmuró, cruzándose de brazos.

Su hermano suspiró y se interpuso en su campo de visión.

—Winter, vamos —le acarició la mejilla—. Es el cumpleaños de mamá y quiere que bailemos. Esta es nuestra canción —le recordó.

La melodía era suave y la voz del cantante era igual de dulce. Llegaba a través de los altavoces del jardín con potencia. Desde pequeños bailaban aquella letra en las fiestas especiales, como cumpleaños o navidades. Nunca recordaban los pasos de la vez anterior, se dejaban llevar.

Su madre podría morir. Los médicos habían confirmado que aquel iba a ser su último cumpleaños. Por eso Winter no quería bailar ni fingir una alegría que no sentía. Sus sentimientos iban en dirección contraria. Quería esconderse en el agujero más profundo del mundo y huir de la tristeza presente y venidera.

—No quiero.

—Winter, haz un esfuerzo —Dash insistió con paciencia.

Ella negó con la cabeza.

¿Por qué todo el mundo se comportaba como si nada? Su padre, su hermano mayor, sus tíos y tías, sus primos no estaban decaídos. Hacían ver que no ocurría nada. ¡Nada! ¡Y en realidad sucedía todo!

—Querida —una de sus tías carraspeó no muy lejos de ella, hablando en voz baja—. Deberías hacerlo por tu madre. Le hará ilusión verte más animada.

La niña refunfuñó, pero terminó aceptando la mano de su hermano. Dash la agarró con seguridad. Se miraron a los ojos y Winter vio claramente un mensaje en sus ojos.

Jamás estaría sola.

Sin embargo, ella no le temía a la soledad. Le temía a no tener a su madre al lado. Quería que estuviera el día de su graduación, el día que recibiera la carta de admisión a la universidad; quería sostener su mano el día que se casase y tuviera un hijo.

Dash la guio por el jardín. Lo hizo con ternura, tarareándole al ritmo de la música. Viraban sobre sus pies, abrazados.

—Sonríe, Winter —le pidió—. Mamá necesita que le des fuerza. Y si te ve feliz, todo se le hace menos cuesta arriba.

—Eso no es verdad.

—Te lo prometo —le levantó la barbilla y le besó la punta de la nariz. Ella sonrió un poco. Sus compañeras de clase se quejaban porque sus hermanos mayores ya no se mostraban afectuosos, pero Dash no era así. La tenía en cuenta. Siempre estaba pendiente de ella. Nunca se había pelado las rodillas, pues él siempre había estado dos pasos por delante y la había tomado a tiempo del codo para evitarle la caída—. ¿Ves? Sí, justo. Si sonríes así, iluminas el mundo entero.

—Estás mintiendo.

Dash se rio y le hizo dar una vuelta sobre sí misma.

—No, renacuaja —la volvió a abrazar—. Cuando sonríes, el sol sale tras las nubes aunque acabe de llover. Para mamá, es como si el verano viviera en tu sonrisa.

—Eres un poeta —los ojos de Winter se llenaron de lágrimas—. No quiero que le pase nada, Dash.

—Todo irá bien —pero no fue una promesa solemne. La estaba engañando, más esa mentira piadosa no alivió su dolor.

Winter se apoyó contra su cuerpo.

—Hay cosas que se escapan de mi control —musitó su hermano cuando acabó la música. No la alejó de él. Le peinó el pelo con los dedos. Winter solo oía su voz, no los falsos y pobres aplausos familiares—. La vida es demasiado complicada para alguien como yo, Winter. Pero te juro por mi vida que yo no te fallaré.

—Pero mamá...

—Mamá necesita que estés bien. Intenta ser la de siempre —sus dedos atacaron sus cosquillas y Winter se rio. Dash sabía bien su punto débil—. Eso es. Así. No pierdas esa sonrisa nunca, Winter.

Ella miró a su madre. Hablaba con un amigo de la familia más animada que antes. Incluso parecía tener más color en las mejillas.

Supuso que todos tenían razón. Tenía que fingir, como ellos. Y así, vendándose los ojos ante lo que se les echaba encima, podrían tirar hacia delante.

—De acuerdo.

—Esa es mi hermana favorita —Dash la tomó en brazos.

Siempre es invierno en tu sonrisa

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