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HAYDEN

(6 de junio de 2008)

El cielo estrellado era un lienzo precioso sobre el cual la galaxia dibujaba una vida distinta a la que conocían en la tierra. Hayden había aprendido a valorar lo que se apreciaba más allá de las nubes. Había encontrado en observar las estrellas la paz que no hallaba durante el día.

El rumbo que había tomado su vida los últimos años le había hecho aprender que debía aprovechar y disfrutar de esos momentos tan suyos, en los cuales abrazaba la intimidad de la soledad.

Sus compañeros no le permitían tener un minuto para él, por eso se escabullía en cuanto caía la noche y todos se acostaban. Nunca le habían cazado fuera de la cama, si bien no le temía a las consecuencias de salir del dormitorio que compartían varios soldados.

La paz mental era tan necesaria cómo tener el cuerpo fuerte y sano para desarrollar sus tareas.

La enormidad del universo le hacía sentir diminuto, si bien tenía la convicción de que estaba haciendo algo bien. Que iba a dejar algún tipo de huella en el mundo. Aunque fuera nimia, sus acciones servirían de alguna cosa.

Ese era el motivo por el cual soportaba entrenamientos tan duros, enfrentamientos complicados, horarios alocados. Sus ganas de hacer algo bien por la gente se acompasaban con el ansia de que sus padres se sintieran orgullosos de él. Y juntos formaban un equipo perfecto que lo empujaban a querer ser el mejor y no rendirse.

Cerró los ojos y vio tras sus párpados esos puntos blancos, algunos titilaban más que otros. Como las personas. Había conocido muchas hasta la fecha y solo algunas habían brillado más que otras, llamando más su atención, haciéndolas más fáciles de recordar.

Y Hayden, cuando se sentía perdido, cuando creía enloquecer, se agarraba a aquellas estrellas, tan iridiscentes, tan intensas.

Tan blancas como un copo de nieve.

Sonrió al pensar en Winter. La pensaba a menudo. Le hacía recordar que servía a la patria para proteger a personas como ella: bondadosas, generosas y magníficas, con todo un futuro por delante.

Se levantó y se sacudió la ropa. Era el momento de regresar a la cama. Cada vez que el rostro de Winter volvía a su cabeza… sabía que era el momento de retirarse y dejar a la noche sola, con sus estrellas y planetas. Porque la melancolía era un agujero negro que podía consumirlo. Y cerrarlo con Morfeo era la mejor idea que podía tener.

Quién se lo hubiera dicho: ojalá hubiera pasado más de un verano con la familia Lane, si bien dos meses habían sido suficientes para que la vida se interpusiera entre ellos y decidiera por Hayden.

Siempre es invierno en tu sonrisa

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