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ОглавлениеLas viejas iglesias
Hoy, cuando se ha apoderado de las gentes un anhelo bárbaro de demolición, cuando se ha perdido el respeto a las vetusteces gloriosas y a las viejas reliquias sagradas, cuando en Ypres, en Reims, en Arrás se desmoronan las agujas góticas ante el empuje trepidante de la metralla, y en Cartagena, la nuestra, con una saña incalificable, se derriban los legendarios murallones, testigos de hazañas inconmensurables y guardadores de innúmeros recuerdos, cuando todo lo antiguo, lo empolvado, lo evocativo, lo santo, se hunde ante la impiedad férrea de la pica, y con esa tierra que debía ser inviolable se construyen horribles palacios modernos y arañacielos simétricos, cuando todo eso pasa, Bogotá, que conserva aún incólumes ciertas bellas tradiciones, ha visto con beneplácito la determinación tomada por la Sociedad de Embellecimiento en favor de las obras de arte, de las viejas iglesias y de aquellos edificios que nos unen al pasado por un polvoroso lazo de recuerdos.
Yo adivino, a través de esa proposición aprobada anteayer, el delicado espíritu de Gustavo Santos4 que tantas cosas loables ha hecho ya en defensa del arte nacional. Esa resolución que han tomado varios caballeros de Bogotá de vigilar por que en nuestras antiguas iglesias no se emprendan ciertas reconstrucciones atroces, que son sacrilegios artísticos, sin que una mano guíe y disponga, merece un elogio.
¡Las viejas iglesias! Las dulces iglesitas coloniales, duras, macizas, inarmónicas por fuera, suaves, deliciosas por dentro.
Los que las amamos a ellas, aunque seamos un tanto escépticos, los que vamos allí en las horas tediosas del mediodía, a soñar junto a los lienzos desteñidos de Vásquez, entre el aromado incienso de la mañana que aún flota adherido a los sillares, cuando sólo el solemne rezar de una beata sonoramente aumentado, y el chisporrotear intermitente de los cirios votivos interrumpen el encantado silencio conventual, profundo, conquistador de nuestros espíritus, los que por todo eso y por muchas otras indefinibles cosas, amamos las vetustas iglesias coloniales, sabemos bien lo que vale la iniciativa de estos nobles caballeros, que vienen hoy a proteger los monumentos tradicionales, añoradores, que el olvido ha sepultado, el polvo ha cubierto, y la ignorancia bárbara ha casi destruido.
Vaya un apretón de manos para ellos.
El Espectador, “Día a día”, Bogotá, 14 de marzo de 1918.
4 Gustavo Santos (1892-1967), escritor y músico. En la revista El Gráfico de Bogotá, del 15 de septiembre de 1917, había publicado un artículo sobre el estado de las iglesias coloniales bogotanas.