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V. REFLEXIONES FINALES

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A lo largo de este trabajo hemos ido desgranando y analizando las raíces de la violencia obstétrica, basadas, de modo evidente, en las relaciones humanas de poder, en las que el género ha supuesto un papel fundamental. De un modo igualmente evidente, la jerarquía médica ha resultado también pieza indispensable en este abusivo mecanismo de invisibilización femenina.

Comenzamos en Roma, donde la cosificación –en este caso– de las mujeres dignas, o matronas, las convertía en venter a ojos de la sociedad y de sus familias. Continuamos con la recepción en el ámbito jurídico español, por un lado, desde la perspectiva de la parturienta y, por otro, desde la de la matrona, figura marginada cada vez más por tratarse de un oficio exclusivamente femenino, lo que nos permite observar una doble discriminación. Finalmente, y aunque no era el objetivo principal de este trabajo, terminamos con un acercamiento a la situación actual, puesto que, de este modo, podemos comprobar cómo los hitos pasados han condicionado la visión actual de esta problemática.

Así las cosas, hemos ido plasmando cómo, y hasta hace apenas unos años, la obstetricia habría considerado el parto como una intervención médica más, en la que las mujeres sencillamente debían “ponerlo fácil”, pues la preocupación principal era la de sacar al bebé, olvidándose, muchas veces, del acto en sí mismo y de la dolorosa vulnerabilidad de la parturienta. Hoy en día, y aunque se cuenta con una Estrategia de Atención al Parto Natural, la mayoría de hospitales siguen sin incorporar dichas estrategias, por lo que, esta cuestión, junto con otras muchas, que también se han recogido, ha sido puesta de manifiesto por el tejido asociativo –surgido en los últimos tiempos–, y que, tras mucho esfuerzo, ha conseguido dar voz a una violencia históricamente silenciada.

Por todo ello, entendemos que, para poder erradicar finalmente este tipo de abusos normalizados durante siglos, debemos enfocar todos nuestros esfuerzos en tres ámbitos concretos: la prevención, a nivel social, y a través de la educación en sensibilización; la formación del personal sanitario de modo específico; y la regulación o penalización, a través de la redacción de una normativa que la tipifique de manera específica –y no dentro de un impreciso cajón de sastre–.

Violencia de género: retos pendientes y nuevos desafíos

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