Читать книгу Psicopoética - Raúl Ernesto García - Страница 32
Deseo
ОглавлениеLa razón sensible obliga a un reconocimiento del deseo mismo de conocer y de relacionarse. Quien desea algo es aquel que no posee aquello que busca; el que desea desea aquello que no tiene, desea algo que no coincide consigo mismo. Se alude aquí, una vez más, a la alteridad, a lo extraño del otro y de lo otro y a un sujeto que no se basta a sí mismo y que para ser requiere de la relación y del encuentro con quienes lo rodean. Maffesoli se opone a la figura del pensador experto (poseedor de saber) y propone la figura del contemplador deseante de experiencia mundana, en permanente tensión consigo mismo, pero, sobre todo, no autosuficiente. En consecuencia, habría un distanciamiento respecto de la práctica de un diálogo concebido como ejercicio metódico de expansión dialéctico-científica, en cuanto interrogación incisiva y puntillosa, en cuanto respuesta o afirmación erudita, en cuanto exclusión de terceros para la adquisición de un conocimiento firme.
Parece anunciarse un dialogar que quiere separarse de una libido dominandi, esto es, de un saber vinculado a razones instrumentales y ligado a las relaciones universalizantes del poder para recuperar una libido sciendi, esto es, “un saber erótico que ama el mundo que describe” porque, de ese modo, “purgándose de lo general, de la verdad, de lo que se supone que es lo justo, se puede vislumbrar lo plausible y lo posible de las situaciones humanas”.40 Se trata, en efecto, de una racionalidad amorosa, relacional, conjuntiva y autoconsciente de su propia imperfección e imprevisibilidad.
En semejante experiencia de interlocución, la metáfora jugará un papel fundamental porque ella habrá de integrar –siempre provisionalmente– diferentes sentidos del ejercicio cognoscitivo asociado al encuentro. La metáfora se ubica en la intersección entre el ámbito sensible de la vida social y su codificación en el acto de conocimiento. Constituye algo así como un logos revelado en imágenes, un significado convertido en forma. Pienso, pues, en un diálogo dinamizado por un juego estilístico de imágenes que acentúa poéticamente lo cotidiano y lo simbólico. Un diálogo más o menos inútil que involucra cierta preeminencia de lo aparente y que asume la forma (y no solo el contenido) como una dimensión clave para su realización dispersa. En efecto, con la noción de formismo “Maffesoli indica la preeminencia de la apariencia, evidenciando la forma como seno de todos los fenómenos estéticos que delimitan la cultura posmoderna. Mientras que la modernidad y su dialéctica pretendían ir más allá de lo contradictorio, dando un sentido y finalidad al mundo, el formismo reúne los contrarios y favorece un sentido que se consuma en el presente, en actos, que no se proyecta y que se experimenta en el juego de las apariencias y las imágenes”.41
De hecho, Maffesoli distingue la noción de forma respecto de la noción de fórmula.42 La fórmula como vector cultural propende a buscar soluciones, instala certidumbres, se mueve por una lógica de la respuesta. La forma (es decir, su expresión filosófica denominada formismo), por el contrario, se regodea en el replanteamiento y la multiplicación de problemas y explora, en todo caso, las condiciones de posibilidad que permitan ofrecer respuestas inacabadas, particulares, abiertas y situadas en su momento concreto. Hablar en términos de forma implica reivindicar a cada instante cierta caricaturización de lo real; cierta inadecuación, más o menos deliberada, respecto del tono de objetividad que la prescripción discursiva occidental exige para el intercambio cotidiano. Un hablar compartido que impugna, en acto, la tendencia a relacionarse en términos de fórmula y que, por lo mismo, no es consecuente con el mandato constante de la expresión ilustrada y clara. Se trata de un hablar compartido que llega a fomentar cierto abigarramiento en el decir y que puede tornarse afectivo, exagerado, oscuro y cavernoso, más que diurno y eficaz.