Читать книгу De Berlin a Paris en 1804 - August Friedrich Ferdinand von Kotzebue - Страница 11

LA BERGSTRASSE

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Por primera vez atravesé este jardín de Alemania, en el que el genio del pasado revolotea, como si desde las montañas contemplara la bella apariencia actual del paso de los tiempos. ¡Y cómo cambian las cosas en el mundo! Aquellos castillos de rapiña que antaño aterrorizaban al viandante, hoy le recrean con sus ruinas pintorescas. ¡Ojalá!, pienso yo, pueda sonreír la tranquilidad a nuestros nietos en la segunda parte del siglo que estamos empezando, de igual modo que la naturaleza sonríe hoy al peregrino de la Bergstrasse, y que los horrores de las revoluciones les aparezcan como un débil resplandor del pasado, como hoy se me aparecen, envueltas entre nubes, las ruinas de las escarpadas montañas, y quiera Dios que la memoria de estos terrores les sirva tan sólo para gozar de la comparación con los felices tiempos de que disfruten.

Ya veis, mi querida amiga, que soy incorregible y que me dedico a pensar, cuando solamente debiera expresar lo que viese y sintiera. Ésta es la prueba de que ni siquiera los placeres y encantos de la naturaleza, que aquí rodean al viajero, son capaces de producirme un deleite completo. Pero no existe genuino deleite sin hacer partícipe de él a los demás. Creo que esta virtud es la que nos distingue principalmente de los irracionales, e incluso los placeres de los sentidos, la comida y la bebida, pierden gran parte del agrado que nos procuran, si no van acompañados de la relación social. El hombre normal, virtuoso y bien educado, no se divierte solo. Todo lo que me ha procurado placer y alegría, a través de la vida, ha subido de punto cuando lo he podido comunicar a los otros. Comunicar el deleite a una persona amada es realmente un placer de dioses. Yo, que tan sólo hago una narración, que a cada momento la razón me encadena los sueños, he de abandonar la encantadora Bergstrasse, al igual que un sordo abandona un concierto.

De Berlin a Paris en 1804

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