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[10 de abril]

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Son las seis de la mañana. Anoche hubo un gran baile para despedir a los pasajeros que hoy comenzarán a dejar el barco. El baile fue de máscaras a medias: los que menos, nos encasquetamos un gorro de papel de formas carnavalescas y de variados colores. Mi antipatía por las reuniones me hace concebir el propósito de recogerme temprano al camarote, pero los atentos ruegos de los compañeros y la influencia de una gran copa de coñac que ingiero sin gana, me lanzan al ruedo y estoy un buen rato aturdido y contento. Es graciosa la figura de O. Manuel, con un gorro de papel picado, de tres pisos, como entre Mefistófeles y Vulcano (más del primero), sobre sus gafas seculares. Hay gorros chinos, chambergos, cascos de Marte, boinas de grumete, alegorías de póker y dominó, mitras episcopales (la mía era algo mitra) y mil fantasías más. La orquesta, convertida en jazz, hace maravillas… y yo voy hartándome de tanta payasada y me escurro a mi camarote. Bien sé que esto va a terminar en alza grande.

A las tres de la mañana llega don Manuel perfectamente borracho, buscando a tientas la puerta y dándose contra todo lo que hay. Viene hablando bellezas del baile y echando pestes contra Antioquia donde no nos divertimos nunca. Siento por mi compañero una tolerante pena, porque veo que habla como quien ha pasado toda la vida entre el trabajo y una que otra calaverada de mal género, efectivamente sin divertirse nunca. Le llevo el humor un buen rato porque no quiero quitarle la ilusión de que verdaderamente está feliz. Es la única vez que lo veo animado, cuando la alza. Se acuesta casi vestido y pronto ronca. Yo soy el fastidiado porque se me espantó el sueño. Al cabo de algún tiempo de revolverme en la cama, principia a entrar por la ventanilla una claridad; como el reloj marca apenas las cuatro, debe ser la luna lo que alumbra. Pero la claridad se acentúa, me levanto, y mientras me visto y me baño son las cinco y cuarto; salgo a la cubierta y veo que el sol está alto. Entonces caigo en la cuenta de que está avanzada la primavera y que ya tenemos los días más largos en esta latitud (estamos a la altura del Labrador).

Aunque el frío sigue creciendo en intensidad, por la mañana no es tan punzante; es como el de nuestras tierras frías, el mismo que sentía en las mañanas de La Pola. Así es que puedo permanecer mucho tiempo en la cubierta, viendo el hermoso espectáculo de un mar de primavera, con la bandada de lindas gaviotas que siguen el barco, merodeando las migajas que caen al mar, de las cuales se apoderan con graciosa maniobra, en que cree uno que se sepultaron en las olas. Y lo singular es que estamos a más de cincuenta leguas de la costa más cercana y estos animales no se asientan. ¿Cómo pueden sostenerse tanto tiempo en el aire?

Hoy entramos francamente en el canal de Inglaterra y toparemos con muchos barcos. Ya diviso uno que parece muy grande y viene como de Francia. Hoy veré, Dios mediante, tierra europea, por la primera vez en mi vida.

Memorias de viaje (1929)

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