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[Bruselas]

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Después de instalados, salgo solo por esas calles, porque mi compañero gusta más del reposo, después de cinco horas de tren. Por casualidad emboco el bulevar Adolfo Max, uno de los más hermosos de la ciudad, y me entretengo viendo los escaparates de los grandes almacenes, donde se nota la elegancia francesa, en contraposición con aquella rigidez y grandeza alemanas que acabamos de dejar. Paseo un buen rato entretenido y rehuyendo las propuestas dudosas que hacen con señas y con medias palabras, mujeres bien puestas, pobres criaturas que ofrecen al viajero un poco del honor que nunca tuvieron. Vuelvo al hotel y duermo.

Al día siguiente, sábado, me dedico a conocer un poco la ciudad y a buscar algunas personas que necesito. Encuentro una sola de ellas. Busco la rue de l’Ermitage por si doy con el Dr. Decroly, mi viejo amigo, y un agente de policía me dice que hace un año que murió. ¿Será verdad? Por mucho que busco al Dr. Agustín Govaerts, no doy con él. Tal vez la dirección está errada. Resuelvo informarme de todo en el consulado el lunes venidero.

Memorias de viaje (1929)

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