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[11 de abril]

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A las 7, una pequeña embarcación vino por los pasajeros de Francia. Salgo a despedirlos y me hielo. Es el verdadero frío, el que se va hasta la médula; no siento la nariz ni las orejas, no siento el apretón de manos con que despido a los amigos y al darle una palmadita en el hombro a uno de ellos, tengo la impresión de que le di con un mazo. Más o menos a las 8 salimos, dejando atrás a Cherburgo, puertecito como todos los mediocres, compuesto de una hilera de casas a lo largo de la playa.

Pintoresco por demás e interesante con sus fortines, sus malecones y sus rompeolas, todo de piedra vieja. En fin: ya vi tierra francesa y vamos navegando, con mar encrespado por el famoso canal de la Mancha. La niebla nos impide ver, en el paso de Calais, las dos costas (Inglaterra y Francia). Me dicen que se ve muy cerca Dover, pero nosotros no vemos más que humos. El mar está muy picado (como dicen los marineros), olas como montañas parecen querer sepultar el buque, suben y bajan y se estrellan unas con otras y contra los costados del buque; pero ya este no se mueve demasiado o yo me acostumbré al movimiento. Voy perdiéndole el miedo al mar. Tarde acordé porque nos faltan solo dos ratos para llegar, y eso, a lo largo de la costa.

Recuerdo que la primera noche que pasé en el mar no me pude dormir en mucho rato temblando al oír los bramidos de las olas y los golpes de estas al quebrarse contra la nave. Hoy miro esto como cosa familiar.

Memorias de viaje (1929)

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