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[Colonia]

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Poco diré de la ciudad, porque toda mi atención se la llevaron el río y la catedral. Inmediatamente dejamos las maletas en el cuarto, bajamos y derecho a la catedral. Puede uno hacer suposiciones y nunca llegará a imaginarse lo que es esta enorme fábrica, hecha en muchos siglos. Me quedé estático ante ese mundo de relieves, de estatuas de vidrieras, de torrecitas, de altares, de sepulcros de cardenales y de emperadores. Llevo conmigo algunas postales del edificio y su interior, y ellas me revelan del trabajo imposible a mi pluma, de describirla. Me remito los datos que me escribió el guía en un papel. La catedral tiene en su frente principal dos torres, de dos cuadras de altura; atrás tiene otra como cúpula y en todo su exterior ciento cuatro torrecitas de diversos tamaños. Las columnas que separan la nave central de las laterales tienen cincuenta metros de altura, veinticuatro penetran bajo el nivel del suelo y tienen veintiocho de circunferencia; el largo del edificio es de ciento cuarenta y cuatro metros. Tiene setecientos setenta y ocho de gran tamaño y cinco mil de inferior, que decoran muros y columnas por dentro y por fuera; y, en fin, caben cómodamente unas veinticuatro mil personas. Fue comenzada en 1248 y solo se terminó hace unos cincuenta años, en 1880. Vista desde muy lejos, parece un despoblado, porque los altos edificios que la rodean, de cinco pisos o más, apenas se distinguen al lado de esa mole.

Después de comer en un restaurante fuimos a dar un paseo a pie a lo largo de los bellos malecones del Rin. A lado y lado se ven todavía los bares de los viejos castillos, y yo cerraba los ojos al presente para ver en el lejano pasado las flotas normandas entrando a sangre y fuego por aquel río, hoy tan civilizado y tranquilo.

Recorriendo la ciudad encontré con una pila, viejo monumento romano. Según las inscripciones latinas que tiene y los bajorrelieves de finísima piedra, es este el monumento en que, Claudio dedicó la fundación de esta villa a su esposa Agripina, madre de Nerón, nacida allí cuando este era un pueblecito de pescadores. Para honor de la honrada mujer fundó esta colonia romana y por eso su nombre es Colonia.

Por la mañana, el veintiséis, hicimos un agradable paseo a Bonn, patria de Beethoven, el gran músico, y fuimos derecho a la casa donde nació y vivió mucho tiempo el genio de la música. La casa, aunque en el exterior está reformada, en su interior conserva su antigua humildad. El cuarto donde nació el hombre está en un balconcito y parece algo como un gallinero. Sus habitaciones son humildes en extremo y solo tienen la grandeza de los muchos objetos de pertenencia del músico: medallas y condecoraciones, retratos en todas sus edades, mascarillas en barro, vivo y muerto, sus violines, sus cornetas acústicas (¡él era sordo!), dos pianos que suenan muy duro, donde componía, el órgano de la iglesia donde fue organista durante dieciséis años, aparato viejo y ordinario, y para terminar, los originales de la Misa solemne y de la “novena sinfonía” fuera de otros menos conocidos. Salimos; otra vez rodamos hacia Colonia a lo largo del Rin; viendo más castillos y más piedra vieja en todas las formas; llegamos a la ciudad, y después de unas horas más, empleadas en curiosear el comercio, en comprar postales y algunas curiosidades de la vieja villa, tomamos el tren para Bruselas.

Pasamos muchos pueblos, de esos pueblos sin nombre para el viajero de otras regiones, de pronto una estación ostenta un nombre bien conocido, que me alboroza la memoria: Aix-lachapelle, ¡la vieja Aquisgrán de Carlomagno! Allá, a la derecha, sobre intrincadas colinitas se levantan los viejos muros de la viejísima metrópoli del más poderoso monarca que tuvieran estas tierras. Sobre un monte vecino, entre pinares, hay un castillo o algo así; quiero preguntar algo pero ¿a quién? Aún estoy en poder de los alemanes. Es tal el trabajo con esta maldita lengua, que cuando en Colonia vi letreros en latín fue como si viera cosa familiar: tanto, que los traduje si dificultad.

Voy pensando en estas cosas cuando para el tren y entran en nuestro departamento dos hombres de uniforme, que dicen con una educación y cultura exquisitas: “L’adouane. Degrez, messieurs ouvrir les baoulés, s’il vous plait”. Estamos en Bélgica. Se habla el francés, se nos trata con cultura… hemos dejado atrás a los bárbaros, ya puedo hablar, ya entiendo y me entienden. Casi canto el Tedeum.

Otra estación: Lieja, la bella y desgraciada ciudad que recibió el primer bautismo de sangre en 1914. Entra en nuestro departamento una anciana fuerte aún; le hago algunas atenciones y simpatizamos; aludo a la guerra y comienza a contarme con calma los horrores de esos días; va energizándose y acaba con los puños cerrados y llorando.

“Estaban, me dice, esos bárbaros disfrazados y con solo un puñado de hombres y por eso entraron en nuestra pobre tierra, tan rica en trabajo y en valor. Si hubiéramos estado avisados no se entran, por Dios; yo hubiera empuñado un fusil a pesar de mis años”. Y al hablar la vieja tiembla de odio contra el alemán. En estas pláticas llegamos a Lovaina, la que más sufrió de todas las ciudades. No podemos verla sino de la estación. Será lo mismo una cosa que otra pues teatros de guerra nos sobrarán en Bélgica.

Llegamos por fin. Son las ocho y treinta de la noche y está de día. Como ya sé hablar doy instrucciones al chofer para que nos lleve a un hotel barato y confortable. Nos trae al Hotel Pol. Veinte francos belgas vale el cuarto, está central y cómodo y a la altura de mis recursos.

Memorias de viaje (1929)

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