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10 de septiembre de 2018 Por la boca muere el abogado

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Hace años que dejé por escrito un consejo para mis abogados: cuando hagáis cualquier escrito procesal hacerlo pensando que pueda ser leído en cualquier momento por vuestro cliente.

Se trata de escribir aquello de lo que no sólo nos sintamos profesionalmente orgullosos, sino también que nuestros defendidos puedan estarlo. Pues bien, a partir de ahora voy a ampliar el consejo a toda conversación que tengamos con ellos, por razón de la siguiente anécdota que paso a contar.

Una cliente tuvo reunión hoy conmigo. La última vez que habíamos hablado había sido casi dos meses antes para plantearle las dos alternativas que teníamos para abordar judicialmente su problema, dándole unos días para que reflexionase. Al cabo de ese tiempo me llamó por teléfono para comunicarme que se decantaba por la opción A (llamémosle así). Tras esa conversación dejé anotado en su expediente tal opción y le preparé la correspondiente hoja de encargo que mi secretaria le mando por email.

Resulta que ahora me pregunta cómo van los trámites preparatorios de la opción B (la que había descartado). Enseguida le corrijo y digo que eso no fue lo que hablamos, pero ella me contradice, a lo que le enseño la hoja de encargo (todavía sin firmar) que ella niega. Entre asombrado y molesto le recuerdo que dos meses antes me había llamado y que su decisión era la contraria. En esto coge su teléfono y me pregunta cuándo fue eso. Repaso mis notas y le digo: el 16 de julio. Desliza con avidez el dedo por la pantalla y al cabo de un par de segundos lo acerca a su oído como si esperase una llamada. Mientras tanto escucho como un susurro mi propia voz y en eso reparo que lo que ella estaba escuchando era una conversación grabada. Arqueando mis cejas (yo creo que hasta me dolió el gesto pues no daba crédito), le pregunté si de verdad me había grabado, a lo que me contestó, sin mirarme, que era una aplicación de su teléfono. Conservé la calma al tiempo que observaba cómo su cara iba mutando a una expresión de incredulidad, para terminar colgando y reconocerme que tenía razón, disculpándose e indicando que no supo expresarse bien pero que la opción deseada era la B.

Todavía molesto mandé a mi secretaria cambiar la hoja de encargo que inmediatamente puse encima de la mesa para que la firmase mi detectivesca clienta, a quien luego despedí amablemente más por educación que por respeto en aquellos momentos.

Visto lo cual es evidente que podemos ser grabados en cualquier momento por un cliente, que es perfectamente lícito e incluso puede ser utilizado legalmente en nuestra contra1, pero esta obsesión actual por captar cada segundo de nuestras vidas (sea en imá-genes o en audios), amenaza con convertirse en una paranoia social.

Como no pretendo cambiar determinados hábitos que patológicamente se instalan en los comportamientos de algunos clientes (a mí me han traído grabaciones obtenidas en consultas médicas), no nos queda otra actitud que ser coherentes con nuestras pala-bras, y para que la memoria no nos juegue malas pasadas anotar siempre aquello de lo que hablamos (me niego a grabarlo, por el momento…)2.

1. Es el caso de la Sentencia de la Audiencia Provincial de Pontevedra 59/2017, de 9 de febrero, en la que un cliente utilizó como prueba de los honorarios pactados con su abogado una conversación grabada sin su consentimiento, prueba que fue considerada lícitamente obtenida al no suponer una intromisión ilegítima en la intimidad del abogado por ser el autor de la misma parte integrante del acto grabado, y no haberla inducido de modo provocado sino que fue una expresión libre y espontánea que además no fue divulgada.

2. Recuerdo, a propósito de la anécdota de hoy, una ocasión en la que asistiendo a una negociación que se estaba volviendo tensa por los exabruptos de mis interlocutores, coloqué mi teléfono encima de la mesa indicando que procedía a grabar para documentar mejor lo hablado, a lo cual el tono de la reunión cambio radicalmente, pasando a comportarse quienes tenía enfrente de burdos energúmenos malsonantes a cándidas monjitas de la caridad; es el efecto micrófono (que generalmente funciona salvo en “Sálvame de luxe” y otros programas semejantes).

La soportable gravedad de la Toga

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