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30 de agosto de 2018 No hay una de las probabilidades para las probabilidades de la Ley

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Hay una típica pregunta que temo de ciertos clientes (aunque mi respuesta siempre sea la misma): ¿qué probabilidades tengo de ganar mi caso? Cómo buen gallego (de sangre aunque no de nacimiento, gallego de la diáspora) podría contestar con un “depende”. Pero para satisfacer la curiosidad del cliente bien podría añadir eso de que debemos tener razón, saberla pedir y que nos la quieran dar ¿Puro azar, entonces?

En realidad, mi respuesta es que en el Derecho, y particularmente en la Justicia, no existe un cálculo fehaciente de probabilidades (aunque la I.A. y el Big Data algún día puede que desmientan esta afirmación), pues no estamos ante una ciencia exacta, o al menos analítica, sino vagamente especulativa, o ¿qué abogado no ha plan-teado la misma demanda antes órganos judiciales distintos obteniendo fallos contradictorios? A mí al menos me ha ocurrido y en varias ocasiones.

A unas clientas que acudieron conjuntamente a mi despacho por un mismo problema, les respondí por correo electrónico a esa temida pregunta indicando que no podía darles probabilidades, dicho esto con mucha delicadeza porque son médicos (acostumbradas, por lo tanto, a manejar porcentajes de error en los documentos de consentimiento informado para sus intervenciones), pero considerando que había base jurídica para recurrir una decisión administrativa que les perjudicaba, matizando dónde podía estar el riesgo. Lo han entendido a la primera pues ya me enviaron el poder para pleitos.

Otro cliente, que hoy acudió por primera ocasión a mi despacho, me empieza contando su desesperanza ante el caso que me va a plantear, pues tuvo una mala experiencia con su anterior abogado (y tanto que lo fue porque perdió por falta de pruebas y luego se olvidó de recurrir la sentencia), añadiendo que la decepción había sido todavía mayor porque, según me dijo, le había asegurado que el asunto se ganaba por sus atributos masculinos (la expresión real-mente fue otra más coloquial y soez).

Intentando por mi parte quitarle hierro a ese fracaso previo (tampoco conocía a tan varonil compañero, ni quise conocerlo), me puse a leer la documentación que trajo, concluyendo que podía volver a intentarse, que habría que conseguir nuevas pruebas y que si podía conseguirlas (y le expliqué cómo) quizás tendríamos una oportunidad de plantear una nueva demanda con éxito, sorteando el imponderable de la cosa juzgada, que en materia de Seguridad Social es más laxo. El cliente se fue muy agradecido, no tanto por darle una esperanza, sino porque había valorado positivamente mi esfuerzo en explicarle los pros y contras de reabrir su caso. Realmente se trata de empatizar, de ponerse en la piel de quien pide ayuda; no es una cuestión de testosterona, sino de sensibilidad y prudencia.

A otro cliente que acudió con su hijo por segunda vez a mi despacho, con esa misma prudencia que reivindico le tuve que decir que no veía defendible la reclamación por el fallecimiento de su esposa, teniendo a mano un breve informe preparado para la ocasión que les fui leyendo, haciendo una parada en cada párrafo con comentarios añadidos. Tanto el padre como el hijo con educación pero también con indisimulada contrariedad me rebatían insistiendo en lo que consideraban un error médico evidente, citando a otros doctores que habían opinado sobre el caso. Les contradije el argumento con referencias a la historia clínica, pero ante su insistencia tuve que decirles: “hagan esta prueba (lo que yo llamo la prueba del algodón de la honestidad profesional), acudan de nuevo a esos doctores y pídanles que eso mismo lo informen o certifiquen por escrito”. No creo que los clientes vuelvan, pero yo me quedo más tranquilo, aunque entiendo su dolor que lo explica todo, pero no lo voy a incrementar con el predecible resultado de una demanda infundada.

La soportable gravedad de la Toga

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