Читать книгу La soportable gravedad de la Toga - Eugenio Moure González - Страница 16
21 de septiembre de 2018 El proceso o el laberinto del Minotauro
ОглавлениеLos caminos del Señor son inescrutables se dice en la Biblia. Los caminos del proceso judicial, en cambio, sí son escrutables, aunque a veces poco escrutados al relegarse el Derecho Procesal al papel de hermana pobre del rutilante Derecho Civil, del mediático Derecho Penal o del omnipresente Derecho Administrativo.
Encima de mi mesa siempre tengo un código de leyes procesales, que es como el mapa del proceso, con sus salidas y sus peligros. Esa visión obedece a que lo concibo como una carrera de orientación, donde podremos tener el coche más rápido (la Ley material de nuestra parte) pero si nos falla el GPS (el conocimiento del procedimiento) terminaremos perdidos sin remedio.
Hago esta reflexión porque hoy tuve que preparar una audiencia previa en su asunto civil y redactar un escrito para un procedimiento contencioso-administrativo, en ambos casos para evidenciar la mala aplicación de las normas del procedimiento por mis contrarios.
En el primer caso tuve que oponerme a la admisión de una prueba pericial, aportada fuera de plazo sin justificación. La Ley de Enjuiciamiento Civil permite entregar el dictamen del perito en momento posterior a la contestación a la demanda siempre que se justifique que no se pudo recabar antes. Sucede que el contrario se limitó a manifestar que no disponía del informe y que lo aportaría posteriormente, pero no justificó cuál era el impedimento, sin que tampoco se infiriese. Además, se le vio el plumero cuando lo aportó al límite del plazo (5 días antes de la audiencia previa), después de 5 meses desde que fue emplazado para contestar a la demanda. Los jueces pueden ser indulgentes con los errores procesales por una comprensible amplificación del derecho a la tutela judicial efectiva que a veces choca con las rigideces del procedimiento, pero cuando enmascaran una suerte de ventajismo bordeando las exigencias de la buena fe, suelen penalizar el uso espurio que hacen con la pérdida de la oportunidad procesal, en este caso la prueba pretendida.
El segundo caso era más inocente, pero también más burdo, hasta el punto de que incluso movía a cierta benevolencia, pero sin condescendencia, pues lo cortés no quita lo valiente, de ahí que tuviera que poner de manifiesto el grave error procesal. Resulta que el contrario al proponer la prueba y fijar los puntos de hecho de la misma, como ordena la Ley de la Jurisdicción Contencioso-administrativa, por utilizar como plantilla otra demanda dejó escrito lo anterior, con lo cual los hechos que fijaba no tenían relación con el caso enjuiciado (el riesgo del corta y pega). Pero lo peor no era eso, sino que en lugar de proponer los medios de prueba en concreto, los daba por propuestos con la simple aportación con la contestación a la demanda, convencido como estaba de que seguía vigente la redacción anterior de la norma procesal que establecía un doble periodo probatorio, para proponer y practicar respectivamente, cuando la reforma de dicha norma lo dejaba en uno solo, mandando proponer la prueba en los escritos rectores (demanda y contestación), lo que mi contrario omitió. No daba crédito a tales patinazos después del meritorio esfuerzo argumental por contestar a la demanda, pero por tales errores terminará muriendo en la orilla, pues sin prueba la Justicia del caso se convierte en una entelequia.
No quiero con esto que se imaginen a un Mr. Bean con toga (pues todos nos podemos equivocar, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, como también se dice en la Biblia), sino evidenciar hasta qué punto nos olvidamos de que el Derecho es, sobre todo, una cuestión de oportunidad procesal, y que un despiste lamentable puede dar al traste con los intereses de nuestros clientes.
La gente –quizás por una distorsionada imagen proyectada por la televisión– piensa que buen abogado es el que hace gala de una deducción brillante, una oratoria excelsa o una llamativa puesta en escena en la sala de vistas. Buen abogado no es el que más aciertos tiene (aunque lo anterior ayuda), sino el que menos errores comete. Nuestra misión es intentar no cometerlos, percatarse de ellos cuando los cometen otros y ponerlos de manifiesto oportunamente, como hoy. Ahora estos dos asuntos están medio ganados. Pero no nos confiemos, mañana puede pasarnos a nosotros.