Читать книгу La soportable gravedad de la Toga - Eugenio Moure González - Страница 18
26 de septiembre de 2018 Juego limpio procesal
Оглавление¿Existe el “fair play” en la justicia? Pues sí, aunque lo llamamos buena fe y está presente tanto en el artículo 7 del Código Civil como en el 247 de la Ley de Enjuiciamiento Civil. A diferencia de los futbolistas que no están obligados por reglamento a echar el balón fuera en un contraataque cuando un rival se lesiona (aunque a veces lo hacen), o corregir al árbitro al decir que no es penalti cuando le beneficia (jamás lo he visto), los abogados debemos comportarnos siempre guiados por la buena fe, concepto que quizás suena arcaico por desuso en una sociedad en la que imperan otros valores, bajo la máxima maquiavélica de que el fin justifica los medios.
Pero en la abogacía el fin (ganar el pleito) no justifica cualquier medio que se use para conseguirlo, máxime si atenta contra el comportamiento rectamente ajustado no sólo a la norma procesal, sino a los más elementales valores de cortesía, compañerismo e incluso de cierta humanidad.
Cuento esto por lo sucedido ayer en una audiencia previa. Se trataba de un tema que tras recientes sentencias de la Audiencia Provincial estaba fácil de resolver, con lo cual la jueza instó a las partes a ponernos de acuerdo, a lo que contesté que acudía con esa intención, indicando cuáles eran las cantidades que procedía abonar a la entidad financiera demandada. La jueza dio entonces la palabra a la abogada contraria (veinteañera, o eso aparentaba, que sustituía al firmante de la contestación de la demanda), la cual se excusó para hacer una llamada y consultar con sus “superiores”. Al cabo de un breve instante cuelga y dice que se acepta el acuerdo, empezando a recitar las cantidades a las que se allanaba: “450,15 euros en concepto de gastos de notaría”; a lo que respondí: “real-mente son 450,21 pero no pasa nada, perdonamos a la entidad los 6 céntimos”. Siguió mi joven colega: “504,24 euros en concepto de gestoría”. En eso revisó mis notas y veo que eran 202,12, justo la mitad. Sin dudarlo intervine: “Señoría, lamento corregir de nuevo a mi ilustre compañera, pero ha duplicado el gasto reembolsable, pues el resto corresponde a otra operación que no se reclama”. La jueza me mira con gesto de sorpresa, como no dando crédito, a lo que añadí: “es que hoy me he levantado generoso señoría”. Sonrisa de la jueza y rostro azorado de la abogada contraria que siguió sin más errores con el resto de cantidades.
Se recogió en acta los términos del acuerdo y nos despedimos agradeciendo su señoría la actitud de ambos letrados para facilitarle su trabajo, aunque con mirada incluida a mi zona del estrado con inequívoco gesto de aprobación.
Créanme que mi reacción fue espontánea, que no lo dudé ni un instante y que haría lo mismo fueran 200 o 2.000 euros el error de mi contrincante. Quien por cierto no me dio las gracias, creo que más por bochorno que por falta de educación. Pero si yo no hubiese reaccionado así quizás su error frente a sus superiores lo tendría que asumir de su propio bolsillo, o incluso con consecuencias peores.
Trabajamos para ganar, pero no a toda costa. No sé lo que pensaría mi cliente (a quien no pienso contárselo), pero imagino lo que pensó la jueza –su sonrisa le delató–, aunque lo más importante fue mi propia sensación: que eso era actuar de buena fe y que así debería ser siempre.