Читать книгу Sodio - Jorge Consiglio - Страница 10
ОглавлениеLos años de la secundaria pasaron volando. Gracias a la mediocridad de mi entorno, egresé sin problemas. Me había acostumbrado al frío, al viento del mar y a los cigarrillos mentolados. De golpe, los cinco amigos que había hecho se iban a estudiar a otra parte. La ciudad se vaciaba y, como si reaccionara al abandono, se cerraba sobre sí misma. Las calles y las plazas eran de nadie, y ese atributo –la más pura ajenidad− las volvía impasibles.
*
Llegué a Buenos Aires y me sentí extranjero. Los edificios eran los mismos, ladrillo por ladrillo, pero también eran otros. Estuve un tiempo desconcertado. Evalué varias carreras hasta que me decidí por algo tradicional. Nunca tuve imaginación, me anoté en Odontología. Mi madre, feliz.
En esa época, ya sabía que el movimiento es vida, pero también que el tránsito debe respetar ciertos límites. Lo mío siempre tuvo que ver con los circuitos. Recorría los mismos lugares: las manzanas que rodean el Hospital de Clínicas y dos o tres cuadras de Villa Crespo, barrio en el que alquilaba un departamento. A veces, como si fuera un recuerdo de infancia, me venía a la cabeza cierta imagen de Mar del Plata: una construcción en la playa cerca del faro, semi hundida en la arena y cubierta de grafitis.
La carrera implicó algo de esfuerzo y mucha verticalidad. Un grupo de amigos me ayudó a estudiar, fui muy productivo. En aquel momento, se me había alargado la cabeza; fue el primer cambio evidente de la adultez. Para disimular esa forma medio ovalada –el mentón casi me rozaba el pecho−, me había dejado unas patillas largas que parecían branquias. Usaba camisas blancas impecablemente planchadas que, cuando empezaba a hacer un poco de calor, despedían olor a almidón.
No me costó conseguir empleo: me contrataron en el mismo instituto en el que había trabajado mi madre. El director, el doctor Lacunza, un panzón de corbata siempre llamativa, cada vez que me cruzaba, decía que jamás había conocido una persona más talentosa que ella y, aunque sus palabras aludían al plano laboral, alcancé a distinguir en el tono de su voz un esmalte de emoción que, a las claras, traducía un vínculo de otra índole. Por supuesto, empecé a pensar en otros términos nuestra abrupta ida a la costa.