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Las leyes particulares de la inmunidad

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Los frecuentes cambios que da la vida nos hacen plantear algunas cuestiones como: ¿no resulta sorprendente que las enfermedades infecciosas se encuentren en franco retroceso, mientras aumentan de forma alarmante las muertes debidas a las llamadas «enfermedades de la civilización» y las de causas metabólicas? Es posible que se deba a un incremento de nuestra capacidad defensiva, pero ¿qué hay de las otras enfermedades citadas?

Por más que todo esto nos parezca particularmente enigmático, un estudio reflexivo sobre la experiencia adquirida nos puede llevar a una respuesta aclaratoria.

Cuando estuve en la Amazonia, hizo estragos allí una epidemia de sarampión que costó la vida a miles de indios de la selva. Sin embargo, entre nosotros, prácticamente nadie muere de sarampión, sea niño o adulto. ¿Por qué? No es que la virulencia o malignidad de los gérmenes responsables haya remitido, pero la naturaleza siempre es más sabia que el ser humano. Tanto los profesionales de la medicina como los profanos en la materia deberían aprender a admirar y respetar las leyes biológicas y su adaptable elasticidad. Debemos agradecer a la maravillosa generosidad equilibradora, fruto de la misericordia creadora, el hecho de que las leyes naturales sean, con el tiempo, capaces de oponer una hábil resistencia a todos los ataques, por brutales que sean.

Si bien al principio las bacterias pueden hacer estragos al diezmar poblaciones enteras, en la siguiente generación se han formado ya agentes inmunitarios que nos defienden, hasta el punto de que en unas cuantas generaciones posteriores la enfermedad ha perdido la relevancia que antes tenía. Así sucedió con la tuberculosis, que hace algo más de sesenta años era una de las causas de mortalidad más importantes. También la difteria y otras muchas enfermedades infecciosas han ido perdiendo su peligrosidad para nosotros en los últimos cincuenta años, proceso apoyado por las vacunaciones.

El pequeño doctor

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