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Efectividad de diversos antibióticos

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El descubrimiento de los antibióticos (penicilina, estreptomicina, auromicina y otros preparados similares presentes en el mercado farmacéutico) ha significado el hallazgo de sustancias especialmente efectivas en la lucha contra las infecciones bacterianas. Estos productos han servido para salvar vidas en numerosas ocasiones, sobre todo en caso de enfermedades infecciosas tropicales. Sin embargo, empleamos estos fármacos ante cualquier pequeñez, como faringitis e infecciones sin importancia que podrían combatirse fácilmente con otro tipo de sustancias. Esta situación puede llegar a ser peligrosa para nuestra salud: en primer lugar, porque nuestro cuerpo se habitúa a estos productos, a la vez que las bacterias se vuelven resistentes a su acción, por lo que ya no podremos obtener resultados satisfactorios cuando se presente una infección grave; y, en segundo lugar, porque el uso de antibióticos deteriora la flora intestinal, que puede llegar a ser destruida.

Del mismo modo que la asimilación de las sustancias nutritivas necesita la presencia de determinadas bacterias en el intestino, también las plantas necesitan de una flora bacteriana concreta para la absorción de sus nutrientes y para poder desarrollarse correctamente. Así, por ejemplo, no conseguiremos una buena cosecha de soja si al sembrar sus semillas no introducimos en el suelo determinadas bacterias que permitan un buen desarrollo de las plantas. Los bosques de abetos no prosperarían sin la presencia en el suelo de las bacterias necesarias. Con nuestro intestino sucede lo mismo: también necesita diversos tipos de bacterias. Por este motivo, el yogur resulta recomendable en los cuidados del intestino, en especial si contiene el lactobacilo acidófilo que protege y fomenta el desarrollo de la flora bacteriana intestinal y, al mismo tiempo, destruye las bacterias perjudiciales presentes. Las bacterias ácido-lácticas nos son provechosas, pues colaboran fraternalmente con las bacterias intestinales. Pero si tomamos antibióticos, como los antes mencionados (penicilina, estreptomicina, auromicina o como se llamen), tendremos que contar con el inconveniente de que también atacan a nuestra flora bacteriana intestinal. A menudo sucede que las bacterias más útiles e importantes para nuestra salud resultan ser precisamente las más sensibles a los antibióticos, mientras que otros gérmenes menos favorables, pero más resistentes, se desarrollan más fácilmente en nuestro intestino, y pueden producir una inflamación intestinal crónica. Al afectarse la flora intestinal, las bacterias recién llegadas pueden actuar de forma intensa y hacerse más peligrosas, con lo que la persona afectada se encontrará más desprotegida.

Al administrar nuevamente estos potentes antibióticos puede suceder que el cuerpo no reaccione más a ellos, lo que nos deja indefensos ante enfermedades más graves porque incluso reducen la eficacia de otros métodos conservativos.

El pequeño doctor

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