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La amnesia disociativa específica de la situación atañe a momentos concretos de la realidad que son vividos como traumáticos y que afectan en mayor o menor medida a una persona. Aun sin recordar el episodio en cuestión, éste afecta a su comportamiento. No obstante, a veces se recuerdan escuetos fragmentos de un modo retrospectivo, pero es tarea compleja saber qué información es real o bien inventada por la propia mente.

Tanto Ímogen como su familia ignoraban que ella sufría este trastorno.

Tres años atrás hubo una breve fracción de tiempo, quizá no llegó siquiera a cumplir los treinta minutos, en la que había interaccionado con su vecino, no se sabe de qué modo. Un enigmático suceso del que sólo podía evocar, por un lado, la imagen borrosa de su rostro y, por otro, el convencimiento de que se trataba de una situación harto desagradable; este incidente, fuera el que fuese, quedó grabado en su subconsciente de tal manera que en cuanto le veía, en cuanto oía mentar su nombre, una profunda sensación de recelo se apoderaba de ella.

Por otro lado, la repetitiva pesadilla iba invadiendo de forma paulatina más y más terreno dentro de su mente; aparecía con mayor asiduidad, impidiéndole descansar al mantenerla en vela y provocando agotamiento e irritabilidad visibles durante el día.

Convirtiéndose en una obsesión.

Era como un juego diabólico al que su subconsciente le retaba, permitiéndole vislumbrar más detalles cada vez que aparecía el sueño. Se preguntaba si algún día llegaría la oportunidad en la cual pudiera distinguirlo todo con lucidez, qué hacían, dónde estaban, de qué hablaban, quién era la niña, por qué parecía afligida… Y lo más importante, ¿por qué caray soñaba con eso si no tenía nada que ver con ella? Ímogen no establecía una relación entre su vago recuerdo y el repulsivo sueño recurrente. Aun siendo incapaz de recordar, se había convencido de que una cosa no se correspondía en absoluto con la otra.

Tal y como presagiaba su madre, negación de la realidad.

¿Que qué se consigue con eso? Es un falso consuelo más, como el del victimismo o la autocompasión; el “¿por qué yo?” o “¿por qué a mí?” ofrece un efímero bienestar pero no aporta felicidad, pues no llega al corazón. Negando una realidad antipática estamos jugando al gato y al ratón: escóndete debajo de la cama, detrás de la cortina o entre el sofá y la pared, haz que no lo ves, hazte el dormido… Da igual.

Es cuestión de tiempo. El gato ganará.

La niña más bonita de Alella

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