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28. Orfeo

a. Orfeo, hijo del rey tracio Eagro y de la musa Calíope, fue el poeta y músico más famoso de todos los tiempos. Apolo le regaló una lira y las Musas le enseñaron a tocarla, de tal forma que no sólo amansaba a las bestias salvajes sino que hacía que los árboles y las rocas se movieran de su lugar y siguieran el sonido de su música. En Zona, Tracia, algunos de los viejos robles de montaña aún se alzan formando la disposición de una de sus danzas, tal como él los dejó.1

b. Después de una visita a Egipto, Orfeo se unió a los argonautas y se embarcó rumbo a Cólquide, y su música les ayudó a sortear muchas dificultades. A su regreso se casó con Eurídice, a la que algunos llamaban Agríope, y se asentó entre los salvajes cicones de Traeia.2

c. Un día, cerca de Tempe, en el valle del río Peneo, Eurídice se encontró con Aristeo, quien trató de forzarla. En la huida pisó una serpiente y murió a consecuencia de la mordedura. Pero Orfeo descendió valientemente al Tártaro esperando recuperarla y llevarla de vuelta. Utilizó el pasadizo que se abre en Aorno, en Tesprótide, y a su llegada no sólo encantó al barquero Caronte, al Can Cerbero y a los tres jueces de los Muertos con su melancólica música, sino que consiguió que se suspendieran temporalmente las torturas de los condenados. Y de tal modo ablandó el duro corazón de Hades, que éste le permitió rescatar a Eurídice y llevarla de vuelta al mundo superior. Tan sólo le puso una condición: que Orfeo no mirara atrás hasta que ella estuviera a salvo bajo la luz del sol. Eurídice siguió a Orfeo por el oscuro pasadizo guiada por los sonidos de su lira, pero cuando llegaron a donde ya había luz solar él se volvió para comprobar si ella le seguía, y entonces la perdió para siempre.3

d. Cuando Dioniso invadió Traeia, Orfeo no le rindió honores, sino que enseñó otros misterios sagrados y predicó la maldad del asesinato ritual entre los hombres de Trada, quienes le escuchaban con reverencia. Se levantaba cada mañana para saludar al sol del amanecer en la cima del monte Pangeo, proclamando que Helios, a quien él puso el nombre de Apolo, era el más grande de todos los dioses. Ofendido, Dioniso envió contra él a las Ménades de Deyo, Macedonia. Ellas esperaron hasta que sus maridos hubieron entrado en el templo de Apolo, donde Orfeo oficiaba de sacerdote, tomaron las armas que los hombres habían dejado a la entrada, irrumpieron en el templo, mataron a sus esposos y a Orfeo le fueron arrancando todos los miembros uno por uno. Tiraron su cabeza al río Hebro, pero, sin dejar de cantar, siguió flotando hasta el mar, que la arrastró a la isla de Uesbos.4

e. Las Musas, llorando, recogieron sus miembros y los enterraron en Leibetra, al pie del monte Olimpo, donde los ruiseñores entonan ahora cantos más dulces que en ningún otro lugar del mundo. Las Ménades habían intentado purificarse de la sangre de Orfeo en el río Helicón, pero el dios fluvial se esfumó bajo el lecho del río y desapareció de la vista en un espacio de casi cuatro millas para volver a aparecer bajo otro nombre, el Bafira. Así evitó convertirse en cómplice del crimen.5

f. Se dice que Orfeo había condenado la promiscuidad de las Ménades y predicado el amor homosexual, por lo que Afrodita no estaba menos irritada que Dioniso. Sin embargo, sus colegas del Olimpo no pudieron estar de acuerdo en que el asesinato había sido justificado, y Dioniso sólo pudo salvar las vidas de las Ménades convirtiéndolas en encinas enraizadas en la tierra sin poderse mover. Los varones tracios que habían sobrevivido a la masacre decidieron tatuar a sus esposas a modo de advertencia contra el asesinato de sacerdotes, y la costumbre sigue vigente hasta nuestros días.6

g. En cuanto a la cabeza de Orfeo, después de ser atacada por una celosa serpiente lemniana (que Apolo convirtió en piedra al instante), fue puesta en una cueva consagrada a Dioniso en Antisa. Allí profetizaba día y noche hasta que Apolo descubrió que sus oráculos de Delfos, Grineo y Claro estaban abandonados, y entonces se plantó delante de la cabeza y gritó: «¡Deja de interferir en mis asuntos! ¡Ya te he aguantado bastante, a ti y a tu lira!». Desde entonces la cabeza guarda silencio.7 La lira de Orfeo también llegó a la deriva hasta Lesbos y fue guardada en un templo de Apolo, por cuya intercesión y la de las Musas fue colocada en el cielo como una constelación.8

h. Algunos cuentan una versión totalmente distinta acerca de la forma en que murió Orfeo: dicen que Zeus lo mató con un rayo por divulgar secretos divinos. En verdad, él había introducido los Misterios de Apolo en Tracia, los de Hécate en Egina y los de Deméter Subterránea en Esparta.9

1. La cabeza cantante de Orfeo recuerda la del decapitado rey de los alisos Bran, la cual, según el Mahinogion, cantaba dulcemente en la roca de Harlech, al norte de Gales. Posiblemente se trate de una fábula basada en los caramillos fúnebres hechos con corteza de aliso. Así pues, el nombre de Orfeo, si se refiere a ophruoeis («en la orilla del río»), puede ser un título del equivalente griego de Bran, Foroneo (véase 57.i) o Crono, y referirse a los alisos «que crecen en las orillas» del Peneo y otros ríos. El nombre del padre de Orfeo, Eagro («de la serba silvestre»), apunta al mismo culto, ya que la serba (alisier en francés) y el aliso (en español) llevan ambos el nombre de la diosa fluvial prehelénica Halys, o Alys, o Elis, reina de las Islas Elíseas, adonde fueron tras su muerte Foroneo, Crono y Orfeo. Aorno es Averno, una variante itálica del Avalón celta («isla de los manzanos»; véase 31.2).

2. Diodoro Sículo dice que Orfeo habría utilizado el antiguo alfabeto de trece consonantes, y la leyenda según la cual hacía que se movieran los árboles y encantaba a las bestias parece referirse a la secuencia de árboles de temporada y animales simbólicos (véanse 52.3; 132.3 y 5). Como rey sagrado fue fulminado por un rayo —es decir, muerto con un hacha doble— en un robledal durante el solsticio de verano, y luego desmembrado por las Ménades del culto del toro, como Zagreo (véase 30.a); o del culto del ciervo, como Acteón (véase 22.i). En realidad, las Ménades representaban a las Musas. En la Grecia clásica la práctica del tatuaje quedó confinada a los tracios, y en la pintura de una vasija sobre la muerte de Orfeo se ve una ménade que lleva un pequeño ciervo tatuado en el antebrazo. Este Orfeo no entró en conflicto con el culto de Dioniso; era Dioniso, y tocaba el tosco caramillo de aliso, no la civilizada lira. Así, Proclo (Comentario sobre la Política de Platón: p. 398) escribe: «Se dice que Orfeo, por ser el director de los ritos dionisíacos, sufrió el mismo destino que el dios». Y Apolodoro (i.3.2) le atribuye haber inventado los Misterios de Dioniso.

3. El nuevo culto del Sol como Padre de Todos parece haber sido llevado al norte del Egeo por los fugitivos sacerdotes del monoteísta Akenatón en el siglo XIV a.C. e insertado en los ritos locales; de ahí la supuesta visita de Orfeo a Egipto. Existen testimonios de esta nueva fe en Sófocles (Fragmentos 523 y 1017), donde se alude al sol como «la llama primogénita, amada por los jinetes tracios», y «el señor de los dioses, padre de todas las cosas». Parece que encontró la resistencia de los tracios más conservadores, y fue suprimida con derramamiento de sangre en algunas partes del país. Pero los posteriores sacerdotes olímpicos, que iban vestidos a la usanza egipcia, llamaron «Dioniso» al semidiós cuya carne cruda de toro comían, y reservaron el nombre de Apolo para el Sol inmortal, diferenciando a Dioniso, el dios de los sentidos, de Apolo, el dios del intelecto. Esto explica por qué la cabeza de Orfeo fue depositada en un santuario de Dioniso, mientras que la lira lo fue en uno de Apolo. Se dice que ambas, la cabeza y la lira, llegaron a la deriva a Lesbos, que era el principal centro de música lírica. Terpandro, el primer músico histórico, procedía de Antisa. El ataque de la serpiente a la cabeza de Orfeo representa, o bien la protesta de un antiguo héroe oracular contra la intrusión de Orfeo en Antisa, o bien la del Apolo pitio que recogió Filóstrato en un lenguaje más directo.

4. La muerte de Eurídice a causa de la mordedura de una serpiente y el subsiguiente fracaso de Orfeo por llevarla de nuevo a la luz del sol figuran solamente en un mito posterior. Parece que estos hechos se dedujeron erróneamente de pinturas en las que aparece Orfeo siendo recibido en el Tártaro, donde su música encantó a la diosa serpiente Hécate, o Agríope («rostro salvaje»), e hizo que concediera privilegios especiales a todas las ánimas iniciadas en los Misterios órficos; y de otras pinturas que muestran a Dioniso, cuyo sacerdote era Orfeo, descendiendo al Tártaro en busca de su madre Sémele (véase 27.k). Fueron las víctimas de Eurídice las que murieron de una mordedura de serpiente, pero no ella (véase 33.7).

5. El mes del aliso es el cuarto de la sagrada secuencia de árboles, y precede al del sauce, asociado con la magia acuática de la diosa Hélice («sauce»; véase 44.7). Los sauces también dieron su nombre al río Helicón que rodea el Parnaso y está consagrado a las Musas —la triple diosa montañesa de la inspiración. De ahí que se muestre a Orfeo en una pintura del templo de Delfos (Pausanias: x.30.3) apoyado en un sauce y tocando sus ramas. El culto griego del aliso fue suprimido en tiempos remotos, aunque quedan vestigios del mismo en la literatura clásica: los alisos circundan la isla de la muerte de la diosa-hechicera Circe (Homero: Odisea v.64 y 239), que también tenía un cementerio con un jardín de sauces en Cólquide (Apolonio de Rodas: iii.220; véase 152.7»), y, según Virgilio, la hermanas de Faetonte fueron transformadas en un soto de alisos (véase 42.3).

6. Con esto no se pretende decir que la decapitación de Orfeo fuera sólo una metáfora aplicada a la poda de una rama de aliso. Todo rey sagrado sufría siempre el desmembramiento, y es muy posible que los tracios tuvieran la misma costumbre que los iban dayaks de la moderna Sarawak. Cuando los hombres llegan a casa después de una exitosa cacería de cabezas, las mujeres ibanas utilizan el trofeo como medio de fertilizar la cosecha de arroz mediante la invocación. Se obliga a la cabeza a cantar, llorar y responder preguntas, y se va pasando por el regazo de las mujeres para acariciarla tiernamente hasta que finalmente accede a entrar en un santuario oracular, donde da su consejo en todas las ocasiones importantes y, al igual que las cabezas de Euristeo, Bran y Adán, repele las invasiones (véase 146.2).

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